11 de Abril de 1725

Aguirre

Padre Juan Bautista Aguirre. S.I.*
libro
Selecciones de Juan Bautista Aguirre."

Juan Bautista Aguirre nació en Daule, y no propiamente en Guayaquil, el 11 de abril de 1725. Fueron sus padres el capitán don Carlos Aguirre y Ponce de Solís (si bien Herrera dice Francisco Aguirre) y doña Teresa Carbo y Cerezo, ambos nativos de Guayaquil.

Vino temprano a Quito, a hacer sus estudios primeros en el Colegio Seminario de San Luís, y a la edad de quince años ingresó a la Compañía, el día mismo en que los cumplía, 11 de abril de 1740. Profesó a la edad de treinta y tres, en 15 de agosto de 1785. Catedrático de Filosofía primeramente, y de teología moral después, ejerció la influencia que hemos anotado, en la Universidad de San Gregorio Magno. Prefecto de la Congregación de San Javier, y desde 1765 socio consultor del provincial de Quito, Padre Manosalvas, brilló en todos esos puestos por su ciencia tanto como por su virtud.

Permaneció en Quito más de treinta años. Años de juventud, fueron sin duda los de más ferviente inspiración poética. Sus estudios ni su cátedra nunca pudieron refrenar su fogosidad de imaginación. De fantasía enfática y elegante, le dio vuelo y auge en la predicación, que tanto se prestaba entonces al ditirambo y al escarceo. De su oratoria tenemos preciosa muestra con la oración fúnebre pronunciada en las exequias del ilustrísimo Juan Nieto Polo del Águila, obispo de Quito. El habérsele designado en ocasión tan solemne es indicio de su fama do orador. Aquel ejercicio retórico, bajo el falso ardor del obligado elogio, cobra en él una fibra, un desembarazo, una rapidez, que están ahí delatando su habitual gusto por el pensar figurado, por la antítesis abundante y su facilidad de moverse en la abstracción metafórica. Nada de tanteo ni apocamientos: expresión valiente, algo torturada de conceptismo, pero mantenida recta por la frase corta, acelerada y ferviente. Guarda resabios de la época, pero a veces son de lo mejor, como en este balanceo, entre discreto e ingenuo: "Ello era cosa admirable, ver a nuestro ilustrísimo prelado en lo mejor de su edad, navegando en el mar del siglo, como en un golfo de leche, todos los vientos favorables a popa, todas las ondas en bonanza, todas las estrellas en aspecto risueño; mas él, tan superior a su grandeza y a sí mismo, que temía como borrasca la serenidad y como escollos del sosiego las insignias de la fortuna".

Lástima es que no quede otra muestra de esta prosa, clausulada como para dicha, enfática todavía, aunque poco numerosa; bastante más certera y rápida que la de sus contemporáneos, quienes la envolvían toda en los pliegues del período incómodo y tardo, cuando no la ahogaban toda en las sinuosidades de un pobre y laborioso alambicamiento. En Italia quizá no volvió nunca a predicar, por falta de auditorio español.

Sus tratados de filosofía, escritos como están en latín, sobrepasan doblemente nuestro dominio. Los tres volúmenes de que consta su manuscrito latino, no son sino la parte muerta de su enseñanza.

Ésta derivó, sin duda, su virtud comunicativa de aquella especie de atmósfera como si dijéramos radioactiva que circunda a personas cuyo prestigio, indiscernible y difuso, no puede condensarse en obras inertes. En el testimonio directo, retransmitido por los que le oyeron, en las noticias de su influjo, que lo comprueban, hemos adivinado cómo obraba aquella, Si el doctor Mera del Nuevo Luciano, en su propósito anticulterano, vio, persistentes en los versos y aun en la enseñanza del Padre Aguirre el mal hábito que combatían, no por eso deja Espejo de dar a entender la superior manera con que el fogoso jesuita, orientado hacia lo más moderno, era una fuerza de vida en la apagada colonia.

Veámosle ejerciendo en mayores centros, desde que partió, expulsado con los de su Orden, el 20 de agosto de 1767.

Hallábase en Quito (González Suárez dice incidentalmente que en Ambato) el día del extrañamiento, Embarcóse en Guayaquil el 3 de octubre del mismo año, en unión de 77 jesuitas más. Llegado a Panamá, al cabo de veinte y cuatro días de navegación a bordo de una mala fragata mercante, llamada Santa Bárbara, no fue la menor de las tribulaciones por las que pasaron los desterrados la muerte del provincial, padre Miguel Manosalvas, natural de Ibarra. Alegando que era el fallecido, puesto que expulso, reo de Estado, el Gobernador prohibió que doblaran las campanas. Escribióle entonces el padre Aguirre, socio del provincial, "una carta muy discreta", y obtuvo que se permitiese tocar a muerto.

De los jesuitas poetas que iban con él, le cupo hacer en compañía de Orozco y de Andrade la travesía hasta Panamá; y en la de Andrade hasta Cádiz, (Viajaron así juntos el poeta que más tiernamente amó a Quito y el que más lo hirió.) Fue de las más penosas la navegación de Cartagena a la isla de Cuba. "Tuvieron recio temporal a la vista de la Jamaica." Dieron fondo en Batabanó, y fueron por tierra a la Habana: "montados en caballos muy ruines, caminando siete leguas de camino montuoso y malo y llegaron con la noche al Bejucal y allí los alojaron". Al Padre Aguirre le alojó en su propio palacio el marqués de San Felipe; y, por más cansado y enfermo, lo detuvo allí, mientras sus compañeros, "montados en viles cabalgaduras, entre guardias de dragones", prosiguieron hasta La Habana, "y sin entrar en la ciudad fueron conducidos por la bahía al depósito o cárcel del palacio del Marqués de Oquendo en Regla, donde (el padre Andrade) experimentó con los demás estrecha reclusión, registros rigurosos, guardas y otras vejaciones sin cuento". El Padre Aguirre con sus compañeros de Quito, y con otros de la provincia de Lima, partió de La Habana, con rumbo a Cádiz en la fragata merchante Venganza, el 22 de abril de 1768. (1)

De Cádiz fue a Faenza, y de ahí pasó a Rávena, como superior del convento de esa ciudad. Fue nombrado en reemplazo del padre Nieto Polo, aquel a cuyo empeño se debe la primera imprenta llevada por Coronado a la Presidencia de Quito como propiedad de los jesuítas, cuando la expulsión de la Orden. El padre Tomás Nieto Polo del Águila había sucedido como provincial al padre Manosalvas, muerto en Panamá, y Aguirre siguió desempeñando en aquel viaje el cargo de socio.

De Rávena pasó a Ferrara. El padre Ricci, tan llorado poco más tarde por los jesuítas del destierro, y en particular por nuestro Viescas, le nombró rector del colegio de esta ciudad. El Arzobispo de la diócesis le nombró luego examinador sinodal.

 El informe del arcediano de Tívoli parte de esta época. "Como sol naciente se manifestó a todos su incomparable doctrina", dice; y aunque la exageración, retórica o de complacencia, de ciertas alabanzas inspire desconfianza, el testimonio es válido en cuanto al resto. Y aun bajando razonablemente el tono del encomio, bien alto queda el fidedigno elogio, como cuando dice: "Diariamente era buscado (el padre Aguirre en Ferrara) por las personas doctas, así eclesiásticas como seculares, para oir su dictamen sobre las dudas que tenían en materias filosóficas, dogmáticas y morales".

Extinguida la Orden de los jesuítas por la bula Dominus ac Redemptor de Clemente XIV (1773), Aguirre anduvo por varios lugares de Italia, hasta que fijó en Roma su residencia, bajo el pontificado de Pío VI. Allí, sea que le precediera la fama adquirida en Ferrara, sea que tuviese desde luego ocasión de mostrar su saber y ejercer su ascendiente personal, ello es que, si hemos de atenernos al citado informe, "los eminentísimos cardenales le buscaban como a teólogo y muchos de éstos se servían de su opinión en las congregaciones del Santo Oficio y de Propaganda Fide: de suerte que para satisfacer a la solicitud de todos, jamás salía de su casa por la mañana."

Cinco años continuos permaneció en Roma. Su salud vino muy a menos, y aconsejáronle cambiar de aires. Fue entonces conducido al castillejo de San Gregorio, en las inmediaciones de Tívoli. Allí, como en todas partes, su trato es buscado y su consejo solicitado. El obispo de la diócesis, monseñor Julián Mateu Natali, lo guardó en palacio como su teólogo. Con entusiasta modestia solía el docto prelado corso repetir los decires de su consultor, y hasta afirmaba que "aprendía más discurriendo una hora con el padre Aguirre, que estudiando un mes." Allí como en Roma, el capítulo de la ciudad, los eclesiásticos y todos, aun los cardenales que moraban en los contornos, gustaban en toda ocasión de provocar el parecer de quien ya, por más de una vez, se había revelado como casuista de los más brillantes, prontos y sutiles, en época que todavía tenía un flaco por esa casta de ingenios. "Los jesuítas españoles, italianos y portugueses —dice el informe— le miraban como a uno de los más doctos de la Compañía en las disputas teológicas y filosóficas, y ocurrían a él y le llamaban para resolver las cuestiones más intrincadas y cedían a su perecer"; resolvía los casos morales "con tanta claridad, que todos quedaban sorprendidos y maravillados".

Fácil es imaginar la manera como este curioso y pulido espíritu, excitado al contacto de hombres de ciencia y posición ilustre, habrá dado de sí todo su resplandor. Consultando libros de que en América había carecido, tomando de labios de autores vivos nuevas doctrinas e interpretaciones, consultado él mismo como una de las mejores autoridades, su nativa riqueza de ingenio se acrecentaba al par de su probada fama. El mismo padre Zacarías —cuyas ideas había seguido Aguirre en Quito, a punto de habérsele acusado, según el Nuevo Luciano, de imitación y plagio al entonces célebre autor— "no cesaba, hallándose en Tívoli, de consultarle las materias más oscuras, y aseguraba públicamente no haber conocido jesuíta más docto" que su antiguo secuaz y discípulo.

Monseñor Gregorio Barnaba Chiaramonti, que catorce años después de muerto el padre Aguirre fue elegido Papa y reinó bajo el nombre de Pío VII, tuvo también largo trato con nuestro compatriota. Sucesor del obispo Natali en la sede de Tívoli, continuó distinguiendo, como su predecesor, al Padre Aguirre; nombróle asimismo su teólogo consultor, y "a menudo le retenía en su estancia, conferenciando con él largamente." Elevado a la dignidad cardenalicia el futuro Papa, le sucedió en la sede tiburtina monseñor Manni. No dejó el padre Aguirre de serle acepto como a los demás: diole este prelado la cátedra de Teología Moral en el Colegio público.

Reanudó así, al ocaso, la tarea de sus comienzos. Y como de sus primeros años quedó el tratado de filosofía que aún guarda inédito la biblioteca del colegio de los jesuítas de Quito, quedó, hoy tal vez ya mezclado al polvo de la antigua Tibur, Un tratado polémico dogmático, fruto de sus colmados años postreros.Murió en Tívoli, a los sesenta y un años de edad, el 15 de junio de 1786. Fue enterrado en la iglesia de los jesuítas.La santidad de su vida parece haber sido ejemplar, y en los últimos tiempos, llevada a excesos; encontrósele metido en la carne anciana un tenaz cilicio."Gonzalo ZaldumbideEnlaces relacionados:  
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Notas del autor
1 Los datos de este viaje e itinerario fueron tomados por el suscrito, en Madrid, de la Historia Moderna del reino de Quito y crónica de la provincia de la Compañía de Jesús en el mismo reino, del Padre J. Velasco, todavía inédita. A la hora de hoy, 1947, y posterior a este estudio, publicado en 1917 y reproducido como introducción a las poesías inéditas del padre Aguirre, por mí halladas en Buenos Aires el año 1937 —véase el volumen tercero de la colección de Clásicos ecuatorianos, Quito, 1943,— ha comenzado a aparecer en Quito una edición de aquella extensa crónica, pero sin llegar todavía al volumen que nos concerniría, pues, el tomo 1, hasta aquí el único editado— sólo abarca la historia de la Compañía de Jesús durante los primeros años: 1550 a 1685. Sigue, pues, inédita la parte que nos toca, la relativa a la expulsión de los jesuitas (1767) y a su residencia en Italia.

Nota del Editor
* Tomado de Biblioteca Clásica ecuatoriana: Tomo 7, Los dos primeros poetas ecuatorianos. pág 352, 358, edición 1989

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