Lectura Valiosa para animar a leer


DIARIO  EXTRA

Miércoles 17 de Diciembre del 2002

El inmenso placer de leer

Vicente Leví Castillo

Baudelaire escribió “Los auténticos viajeros son los que viajan por viajar”, y estos auténticos viajeros descritos por este insigne poeta francés son los que se atreven a desafiar a los sueños y lanzarse a la aventura de algo que consideran su razón de ser, de su existir, escapar de la monotonía cotidiana, buscar en los libros la razón de las cosas, aprender a pensar, razonar, hacer juicios de valor basados en el conocimiento para no dejarnos engañar; esto y además de las aventuras se aprende a través del deleite de la lectura de los libros.

Recuerdo mis años mozos del colegio con los jesuitas, quienes nos hicieron adictos, viciosos por la lectura. Nos sentaban una hora por la mañana y otra por la noche obligatoriamente con el padre Llovet cuidándonos. No sé por qué razón no se aplica ahora esta costumbre en los colegios. Entonces conocí a extraordinarios escritores que me enseñaron a pensar y amar las cosas que me rodean; me enseñaron a descubrir lo esencial que siempre se lo guardan los inefables con mentalidad de bikini, que aparentan enseñar todo, pero esconden lo más esencial. Ahí descubrí a Antoine de Saint Exúpery dándole “Un sentido a la vida” o volando en el “Correo Austral” en “Un vuelo de noche”; por él aprendí que “los valientes esconden su coraje como los enamorados su amor” o como los bravos esconden sus temores con una intrínseca y ferviente oración.

Conocí también a Jorge Issac y su “María” que aún la recuerdo toda frágil, blanca y bella, pura como la virginidad que la conservó hasta su prematura muerte; y esa Flor de Durazno, de Henry Wath, que aún no deja de florecer en mi mente; La Iliada y La Odisea, de Homero, que fantasió las noches marinas entre ninfas, libélulas, cíclopes y sirenas; y luego las novelas cortesanas con Sir Lancelot, de Cristian de Troyes, peleando con bandoleros en medio de monstruos y tempestades. Robinson Crusoe fue nuestra primera novela de aventuras de Daniel Defoe, aquel personaje que pasó 28 años en una isla desierta, tratando de hacerlo todo por sí mismo.

Jamás olvidaré las escenas descritas por Víctor Hugo en “Nuestra Señora de París”, donde un una esquina de la catedral observaba Frollo, un cura maléfico; Quasimodo, un jorobado más feo que un guijarro, pero más bueno y sensible que un santo, y la bella Esmeralda, a quien pugnaban por enviar al patíbulo. Luego será Alejandro Dumas con sus Mosqueteros, El Conde de Montecristo; Papillón, de Henry Charriere y sus sueños de libertad, cada día más difíciles, pero no imposibles. Julio Verne y sus Veinte Mil Leguas de Viaje Submarino; Ian Fleming y su Agente Secreto 007, todo él seductor, imperceptible, cínico, frío, justiciero, con licencia para matar.

Los Miserables, de Víctor Hugo; El Quijote, de Miguel de Cervantes y Saavedra; La Biblia, nuestro primero y más respetable libro que aún lo leemos; y los más modernos: Montalvo, García Márquez, Vargas Llosa, Rulfo, Charpentier, Eric From, Anatole France, Leo Buscaglia, Norman Vincent Peale, André Maurois, Jean Dominique Bauby, Luis Alberto Machado, Alberto Acosta, Carlos Cuauthemoc Sánchez, Sthepen Hawkin, Susana Tamaro, etc., etc.

Esta es parte de una vida llena de alegría y de noches sin insomnio, ocupadas en leer la historia de un tiempo que para la inteligencia es indefinida y para el alma es infinita.

 

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