![]() | MONTALVO Y GARCÍA MORENO1
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Por Oscar Efrén Reyes El 16 de septiembre del año de 1860 inicia Juan Montalvo sus reparos a la política violenta de García Moreno. Es una carta, suscrita en la Bodeguita de Yaguachi, altiva y comedida, a la vez. Por cierto, no toda ella es una enumeración de principios o de realidades nacionales capaces de ser atendidos en el acto. Persiste el romántico y, al plano áspero de la política pretende llevar la impresionabilidad del adolescente. Reconoce Montalvo en la carta que lo que acaba de ser extinguido y dispersado no era sino una: "banda" de "gentes sin Dios ni ley". No defiende ni a los Tauras de Urbina y Robles, ni a los peruanizantes de Guillermo Franco, ni a los miserables e incapaces que él ha visto en la vida nacional. Lo que pide es la "rehabilitación" del país y la rehabilitación del propio García Moreno mediante los siguientes hechos principales: defensa de la dignidad nacional, que acababa de ser ofendida gravemente por la expedición del Presidente del Perú al Golfo de Guayaquil; y, "orillado el asunto principal, digo la guerra, como lo ha sido ya, la dimisión de García Moreno ante la República del poder absoluto que tiene en sus manos". "Guerra al Perú!, aconseja. Si Ud. perece en ella téngase por muy afortunado: no hay muerte más gloriosa que la del campo de batalla, cuando se combate por la honra de la patria... En cuanto a : mí, la suerte me ha condenado al sentimiento sin la facultad de obrar, una enfermedad me postra, tan injusta como encarnizada, para siempre talvez,. talvez de modo pasajero; mas por ahora me asiste el vivísimo pesar de no poder incorporarme en esa expedición grandiosa" ... "Empero si Ud. tiene no sólo el poder y el valor para abrir esa campaña, sino también el deber de hacerla, por qué no se " haría?" ... Y la verdad, en tanto, solamente era que, una vez emprendida la "expedición grandiosa" contra el Perú, este pobre país, desangrado y exasperado, habría tenido pleno derecho para volverse contra los que trataban de enviarle al degolladero y fusilarlos. En cambio, podían anotarse en la carta de Montalvo observaciones propias solamente de un temperamento viril, en medio del silencio general con que se aceptaban los hechos despóticos. "Ud. se ha manifestado excesivamente violento, señor García —escribíale ... El acierto está en la moderación, y fuera de ella no hay felicidad de ninguna clase . . . Que el poder no lo empeore señor; llame usted a la razón en su socorro... Déjeme hablar con claridad: hay en Ud. elementos de héroe y de ... suavicemos la palabra, de tirano. Tiene Ud. valor y audacia, pero le faltan virtudes políticas, que si no procura adquirirlas a fuerza de estudio y buen sentido, caerá, como cae siempre la fuerza que no consiste en la popularidad": Y al pedido de la dimisión del poder, para dejarle en libertad a la República, agregaba: "Si los pueblos en pleno uso de su albedrío quieren confiarle su suerte, acéptelo, y sea buen magistrado; si le rechazan, resígnese y sea buen ciudadano". García Moreno sabía muy bien que se trataba del hermano menor de uno de los partidarios y amigos de Urbina, a quien perseguía activamente. Sin embargo, reconociéndole ingenuidad y talento, le perdonó las frases enérgicas de la carta, limitándose a sonreír. El Jefe Supremo operaba, como un cirujano, en la carne viva de las realidades del momento. Montalvo debió de parecerle, tanto por la iniciación para marchar contra el Perú en "expedición grandiosa", como por los consejos del "pleno uso de su albedrío por los pueblos" —donde García Moreno no veía sino una mayoría inmensa de masas analfabetas y apolíticas,— o un romántico o un retórico. Arrinconó la carta y olvidóla. Montalvo, por su parte, retiróse y calló, cumplido su deber y atendida la voz de su conciencia. | ||
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| Fuente: Vida de Juan Montalvo, Oscar Efrén Reyes Pág 139, 143 | ||