TOMA DE GUAYAQUIL


"RECUERDOS DE (LA) CAMPAÑA" DE GUAYAQUIL EN 1860.1

Obra Inédita del Dr. Julio Castro que tomó parte en ella. De ahí tomamos el capítulo referente a la toma de Guayaquil, págs. 100-107 que se halla en copia en el archivo de los PP. Jesuitas de Cotocollao.

TOMA DE GUAYAQUIL

 SÁBADO 22

Llegó por fin el momento en que había de salir de Mapasingue para no volver atrás. Hoy lleno las últimas páginas de mi diario dentro de la deseada Guayaquil, que, por medio de un brillante hecho de armas, fue tomada al fin por el Ejército Libertador el "24 de septiembre", día que será memorable en los fastos de la República.

El día 22 se pasó todo en los preparativos para la marcha, y ésta principió a las siete de la noche, quedando en Mapasingue el Coronel Dávalos para escaramucear en la llanura y el Comandante Auz para defender el cerrito o colina de la hacienda. Nada hubo de particular durante la pausada y silenciosa marcha, y a las dos de la mañana, los Cerritos con todas sus fortificaciones habían quedado a retaguardia, y el Ejército reposaba (descansaba), siquiera por un instante en la Lisa (en las orillas del Estero Salado). Al contemplar la dulzura de su sueño con los primeros albores de la aurora, experimenté nuevamente la indefinible y honda sensación de tristeza y melancolía que había sentido en los campos de Cacharí, y exclamé otra vez conmovido: "¡Cuántos de los que en este instante gozan de sueño dulce y sosegado, abrirán por última vez sus párpados a la luz del día, para que los cierre muy luego y para siempre otro sueño, el de la muerte!"

La voz ¡Alza Arriba! me anunció que bien pronto debía principiar ese drama terrible y sangriento que se llama una batalla.

DOMINGO 23

En la madrugada del 23 el General en Jefe se puso a la cabeza de una guerrilla de volteadores de Babahoyo y la condujo hasta el Estero; mas esta vez no lo encontró sin defensa, sino que (fue) saludado por una descarga cerrada proveniente de dos esquifes enemigos que defendían el paso. La primera impresión de nuestros rifleros fue de sorpresa, y se arrasaron (echaron) contra la tierra; mas animados con el ejemplo del General en Jefe y del Sr. Piedrahita, que mojaban (ya) sus plantas en las aguas del Estero, avanzaron con denuedo, se adelantaron hasta un banco (de tierra) que la marea había dejado en seco, redoblaron sus fuegos sobre los esquifes, y al fin les obligaron a huir precipitadamente. Entonces el Comandante Salazar colocó un obús, enfilando (o dirigiendo la boca del cañón hacia) el lado superior del Estero por donde habían huido los esquifes; nuestros rifleros atravesaron (o pasaron) a la margen opuesta en las dos primeras canoas que alcanzaron a llegar, y se desplegaron en guerrilla sobre las raíces de los mangles; y en fin el Capitán Vivas, con algunos de esos rifleros, se embarcó en las canoas y se colocó en un recodo del Estero. Con esto quedó perfectamente protegido el paso de las tropas, el cual no tardó en comenzar.

Presto dejó el Estero el aspecto melancólico y sombrío, propio de la soledad de la enmarañada selva de manglares por la que atraviesan sus aguas, y por donde quiera ofrecía la animación más extraordinaria. Por la angosta vereda que conduce al puerto (Liza) rodaron (cuesta abajo) conducidos (empujados) por las tropas los palos de balsa, cañas y canoas hasta hacerlos flotar sobre las aguas; se formaron (luego) balsetas improvisadas y embarcaciones de formas extrañas, y todos querían arrojarse a ellas con Impaciencia, deseando ser los primeros en atravesar la onda salada y encaramarse sobre los mangles.

Recién se había perdido entre los mangles el batallón "Babahoyo" y comenzaba a internarse el "Vengadores", cuando resuenan cien y cien tiros repercutidos con estruendo por los ecos del bosque solitario. El toque de ataque de nuestras cornetas anuncia que se había principiado el combate; y poco después el bullicioso toque de diana revela que había sido volcado (arrollado) cuanto se opusiera el paso de nuestros valientes. He aquí lo sucedido.

Los primeros soldados del batallón "Babahoyo", que encabezaban la marcha por el interior de los mangles, con el Coronel Veintimilla a su cabeza, se hallaban ya cerca de pisar tierra firme para desembocar en la llanura, cuando fueron recibidos a balazos por dos compañías de rifleros de la Artillería de Franco, que defendían la salida del manglar. Nuestros valientes, en número de veinte a lo más, casi todos de Ventanas, contestaron los fuegos; y con la seguridad de que irían sucesivamente llegando sus compañeros continuaron avanzando con denuedo y dirigiendo sus tiros, siempre certeros, sobre las filas del enemigo.

Los soldados de Franco, sufriendo el fuego mortífero que salía del fondo de la selva, sin alcanzar siquiera a ver al enemigo que los hería, y esperando a cada Instante ser envueltos por todo nuestro ejército, no osaron resistir y se entregaron a una fuga vergonzosa dejando algunos cadáveres en el campo y llevando mortalmente herido al Capitán Vera. Tuvimos, además, cinco pasados (desde el campo enemigo a nuestras filas) en el acto del combate. Entonces el Coronel Veintimilla y sus veinte compañeros pisaron tierra firme y desembarcaron en la llanura, haciendo resonar sus dianas por toda la extensión de la selva hasta las márgenes del Estero; con lo cual quedó esa llanura despejada y expedita para que se formaran en ella nuestras columnas, a medida que los soldados fuesen saliendo desde el fondo del manglar.

'El General en Jefe (Flores) con el Jefe Supremo (García Moreno) y todo el Estado Mayor se embarcaron en pos (a continuación de haberlo hecho) la primera División, y luego se hallaron luchando con la naturaleza y probando (con su paso a través de los manglares) que nada es imposible para una voluntad firme y decidida. El que nunca hubiese atravesado ese Intrincado laberinto de raices, troncos, ramas y lodazales que se llama un manglar, jamás podrá formarse una idea de las dificultades casi insuperables que el ejército ha tenido que vencer para verificar tan difícil tránsito. Baste saber que los mangles forman una enmarañada selva sobre el fango de las orillas del Estero, y que hemos atravesado el profundo pantano sobre las raíces de esos árboles. Nuestros soldados unas veces subían hasta el follaje y otras se metían en el fango; unas veces se arrastraban por debajo de las raíces, y otras se pasaban de rama en rama sufriendo golpes continuados, cayendo y levantando a cada instante, y haciendo esfuerzos cada vez más desesperados por salir cuanto antes de aquel intrincado laberinto. Semejante gimnástica violenta y no interrumpida, en un clima tan ardiente como Guayaquil, debía causar naturalmente extremada fatiga y sed devoradora. Nuestros soldados, unas veces removían con desesperación el fango para encontrarse sólo con el agua salada del Estero, y otras Imploraban por piedad, siquiera una sola gota de agua del suspirado elemento; mas todos se hallaban con sus cantimploras vacias, y entre tanto se sentían desfallecer de fatiga, pegárseles al paladar la lengua, faltarle el aliento y morir cien y cien veces. Aquello era horrible y desesperante. Mas al fin lo venció todo la constancia del soldado, y hasta las dos de la tarde todo el ejército, exceptuando la Artillería, se hallaba en la llanura. Y no se crea que entonces traten de descansar después de tantas fatigas, i No! Una necesidad más imperiosa les anima, y es la de buscar algo con qué mitigar la desesperada sed que les devora. Todos se miran con avidez, salen al encuentro de cada soldado que desemboca (del) manglar para ver si hay algún afortunado cuya cantimplora no esté completamente vacia, y muestran la mano llena de dinero, ofreciendo cuanto poseen por una gota de agua, un gajo de naranja, algo en fin con qué humedecer sus labios secos y palpitantes. Hubo un momento en que corrió el rumor de que a corta distancia habla una albarrada o abrevadero de ganado, y al momento desapareció el ejército como por encanto, corriendo en pos del elemento de vida. Fue entonces necesaria toda la energía de los oficiales para que los soldados volvieran a sus puestos, como lo hicieron más sedientos aun con la carrera, y se arrojaron el suelo como con despecho para ver si en el reposo calmaban algún tanto esa sed devoradora que les hacia desfallecer.

Precisamente en el punto por donde salían los soldados a la llanura estaba tendido un cadáver. Ese cadáver tenía su historia, y el héroe de ella se hallaba a poca distancia luchando con la sed, aumentada aún más con la herida que había recibido. Era el sargento José de Inés, natural de Ventanas. Había sido uno de los primeros que rompían la marcha, cuando el encuentro con los artilleros de Franco, en el que recibió la herida. Bamboleó el ventanero (nativo de Ventanas) al sentirse herido; mas se incorporó, apoyándose a un árbol acechó por entre la espesura, alcanzó a distinguir al que le había herido, dio fuego a su rifle con el punto infalible (del oficio de su vida) de tirador de pavas (silvestres), y al momento vio a su adversario revolcándose en el fango entre las convulsiones de la agonía. El placer de la venganza le dio fuerza, y fue uno de los primeros en pisar tierra firme y contemplar el cadáver de su enemigo.

Mientras nuestros soldados reposaban (descansaban) abrumados de sed y de fatiga, la Artillería, ayudada de una compañía de León, bregaba brazo a brazo por pasar los cañones por aquel enmarañado tejido de raíces quebradizas. SI los soldados que no llevaban otra cosa que un fusil habían tenido que hacer esfuerzos desesperados para salir de aquel laberinto ¿qué harían los pobres artilleros, que intentaban llevar sobre sus hombros obuses del calibre de a doce, ruedas, cureñas, gualdrapas, cajas de pertrecho y en fin lo que constituye el pesado tren de artillería? La empresa parecía de todo punto Imposible; pero merced a la constancia y firmeza del Comandante Salazar, al heroico sufrimiento del soldado y a la constitución hercúlea de algunos de los extranjeros empleados en la artillería; al fin se llevó a cabo y el tren (de artilleros y sus cañones) comenzó a salir a la sabana, a las cinco de la tarde, con gran sorpresa de todos, que no lo creían hasta palpar la rueda de los cañones.

Nos hallábamos por fin en la sabana de Guayaquil, colocados entre la victoria y la muerte, como lo deseaba el Jefe Supremo (García Moreno), quien, al internarse en el manglar y ver éste que después de atravesarlo (quedarían) con el Estero Salado a la espalda haciendo Imposible toda retirada, había besado con fervor la raíz del primer mangle. (Ahora hubiera) sido un delirio el que intentásemos volver atrás; y sólo al imaginarlo sonreía con desdén el soldado, que hacía propósito de hacerse despedazar en el puesto antes que poner otra vez el pie en la enmarañada y fragosa selva del manglar. (García Moreno debió sentir el gozo de Cortés después de haber quemado sus naves para lanzarse a la conquista de México). (Ahora) todos esperábamos (ya) con impaciencia el momento en que debíamos atravesar las dos leguas de llanura que nos separaban de Guayaquil, donde encontraríamos el elemento de vida que todos codiciaban para humedecer sus labios marchitos y mitigar la sed que les hacia desfallecer. (Soldados con sed que tenían que ir en busca del agua en el campo enemigo y hallaban cortada la retirada, tenían que ser invencibles animados como se hallaban de patriotismo y con el Jefe Supremo al frente sufriendo sus mismas penalidades).

A las cuatro y media de la tarde (media hora antes de que la artillería acabase de pasar el manglar) se formó el ejército en batalla, para atravesar la llanura. La primera División, compuesta de los batallones Babahoyo, Vengadores y Colombia, al mando del Coronel Salvador, formaba la primera linea, en columna de seis filas; y la 2a. División, compuesta de los batallones Imbabura. León y Pichincha al mando del Coronel Darquea formaban la 2a linea, a bastante distancia de la primera y en el mismo orden de columnas. Los Lanceros del 2° Regimiento y del de "Manabí" flanqueaban por mitades las dos líneas; y dos guerrillas que formaban martillo a uno y otro lado, completaban el Inmenso cuadrilátero que ofrecía nada menos que once compañías de frente. Una guerrilla de "Vengadores", al mando del Capitán Juan N. Navarro, formaba la avanzada, y la artillería que no acababa todavía de salir (del manglar) y que se nos unirla en la marcha, debía colocarse a la derecha del "Babahoyo",

Era magnifico, imponente y majestuoso el aspecto que presentaba ese cuadrilátero que avanzaba por la llanura, marchando con la precisión y regularidad con que pudiera hacerlo en una evolución militar ejecutada en medio de una plaza. Una nube de tiradores circundaba el cuadro y el General en Jefe (Flores) y el Jefe Supremo (García Moreno), unas veces al centro del cuadrilátero y otras encabezando la marcha, recorrían en silencio las filas e infundían con su presencia, aliento y confianza en el soldado.

Hasta las diez de la noche nada hubo de particular en esa marcha ordenada y silenciosa, a no ser algunos altos con el fin de que se incorpore la artillería, como se verificó. A las once tuvimos el anuncio que el enemigo nos aguardaba con toda su artillería tras una cerca de cañas (guadúas) que está a corta distancia de la población, por lo que el ejército se inclinó a la derecha y siguió la orilla del rio. A las once y media nuestra guerrilla de avanzada rompió los primeros fuegos, al mismo tiempo que se oía a nuestra izquierda el galope de algunos caballos, y al instante toda la primera linea hizo una descarga prolongada, que resonó en medio del silencio de la noche como el bramido de un volcán. Entonces el vapor peruano "Túmbez", sin previa declaratoria de guerra, enfiló (apuntó) a nuestras columnas y las ametralló causándonos muchas pérdidas; pues los tiros, dirigidos con mucho acierto, pasaban sobre la primera columna y herían de rebote a la segunda. A cada disparo del "Túmbez" contestaban nuestros soldados con un enérgico ¡Viva el Ecuador!, y continuaban avanzando hasta ponerse al abrigo de las (balas peruanas en) las primeras casas de la población (Guayaquil). Al acercarse a ellas recibieron nuestros soldados el fuego de una guerrilla situada en la casa de la nieve; mas dos compañías del "Babahoyo" a las órdenes del Comandante Yépez y conducidas por el Capitán del vapor "Bolívar" la atacaron con denuedo, la desalojaron de la casa, la hicieron casi en su totalidad prisionera y ocuparon el edificio hasta que avanzó el ejército, dando la primera línea frente a la ciudad y la 2a frente a la llanura, en la cual continuaba formado el enemigo. Un columna del Colombia, a las órdenes del Comandante Barredo y los obuses mandados por el Comandante Salazar, le atacaron de frente, rechazaron la caballería, arrollaron cuanto encontraron al paso, tomaron un cañón y muchos prisioneros, hicieron caer algunas granadas en medio de las aterradas filas de Franco, que creían Imposible que nuestros obuses hubiesen pasado (a través de los manglares), y despejaron completamente la llanura. En este ataque fue herido entre los nuestros el Capitán Balbín, Ayudante Mayor de la artillería. Desde entonces el ejército de Franco, enteramente desconcertado, sólo trató ya de replegarse al otro extremo (norte) de la ciudad y refugiarse en las fortificaciones del cerro (de Las Peñas).

La casa de la nieve ofrecía entonces un cuadro Interesante y animadísimo. Los empresarios de aquel establecimiento, que como todos los demás extranjeros residentes en Guayaquil, habían simpatizado en extremo con nuestra causa, franquearon a la tropa toda la nieve para que mitigara su sed devoradora. Grandes trozos caían de lo alto de la casa (de la nieve) y al instante eran despedazados a culatazos y los soldados (se) los disputaban con avidez, y volvían a sus puestos abrazados de un pedazo de nieve a devorarlo con desesperación, sintiendo reanimarse (sus fuerzas corporales) a medida que humedecían sus labios y garganta. Algunos soldados salían de la casa (de la nieve) con su morrión lleno de agua y uno que otro también de vino, de algunos toneles que habían encontrado; y entonces era de ver el entusiasmo y la alegría con que se hacia pasar el morrión de mano en mano hasta agotar el líquido codiciado, que a todos parecía celestial, sin que hubiese uno que se arredrara por lo asqueroso de la copa.

 

Nuestras guerrillas avanzadas se habían adelantado hasta el centro de la ciudad, sin obstáculo alguno, y sólo una que condujo el Sr. Piedrahita habla tenido que hacer fuego sobre un destacamento numeroso hasta dispersarlo. El General en Jefe y el Jefe Supremo reposaban tranquilamente en una hamaca, en una casucha cerca a la de la nieve, conferenciando sobre los medios de completar cuanto antes el triunfo, y nada ocurría de particular, a no ser la Incesante presentación de prisioneros que remitían nuestras guerrillas.

A la una de la mañana se presentó el Capitán (Juan) Navarro conduciendo al General Robles, último Presidente del Ecuador, que había sido tomado en una chata (especie de canoa grande y ancha). El señor García Moreno mandaba ya que fuese conducido al depósito de prisioneros, pero Flores oyó que ese General deseaba hablar y mandó que subiese (a la casa donde estaban García Moreno y él), a fin de tratarle con las consideraciones debidas a un hombre que, cualesquiera que hubiesen sido sus faltas, había sido un día primer magistrado de la República. El General Robles anunció que venia del Morro a Guayaquil con toda su familia y pidió permiso para seguir (adelante), pues lejos de haber tomado parte alguna en la actual contienda había permanecido indiferente en el dicho pueblo (del Morro). Tuvo un rato de conversación con S. S. E. E. (los Generales García Moreno y Flores) en la que manifestó que era un hecho que apenas podía creerse el paso de nuestros cañones .a través de los mangles, y luego el permiso de continuar tranquilamente la marcha (a Guayaquil).

El hecho siguiente manifestará cual era el desconcierto del enemigo, y el ningún conocimiento que tenía de nuestra posición. Un oficial había sido tomado por una de nuestras guerrillas en el centro de la población y (como) no podía ni aun imaginar que hubiésemos avanzado tanto, creyó que se les arrestaba de orden de sus Jefes y continuó al centro de la guerrilla, echando bravatas contra los Provisorios a quienes prometía hacer trizas. Los nuestros nada le contestaron, a fin de gozar con su sorpresa. Cuando fue presentado al General en Jefe y éste le preguntó qué andaba haciendo, creyó sin duda que era algún Jefe que le reconvenía por no haber estado en su puesto, y le contestó que había salido a colocarse en el primer cañón para dar mucho palo a los provisorios. Entonces los soldados soltaron una carcajada, y le hicieron notar que estaba prisionero y hablando nada menos que con el General Flores en persona. El aturdido oficial dio un salto de susto, balbuceó algunas palabras ininteligibles, se restregó los ojos y no acabó de comprender lo que pasaba sino cuando se vio al centro de un batallón y en medio de otros muchos compañeros de infortunio.

La noche avanzaba con lentitud para la Impaciencia de nuestros caudillos, que deseaban ver cuanto antes el último refugio del enemigo para completar su derrota, y entre tanto hacían mil preguntas a los prisioneros, sobre la posición y fuerza de cada uno de los batallones de Franco. Poco podían descubrir; pues casi todos eran sólo de la artillería y lo único de que podían dar razón era que la Guardia de Honor de Franco, a las órdenes de su hijo político Comandante Ribera, al oír nuestras descargas había volteado rienda y corrido a todo escape, sin atender a que venia atrás la artillería, que fue pisoteado, originándose una Indescriptible confusión, en medio de la cual se habían ellos dispersado.

Entre los que cayeron en nuestro poder en esta noche memorable se hallaba el célebre Comandante Cavero, autor de la Inmoral sublevación de Riobamba, el que había estado desempeñando las funciones de Jefe de día. Este Jefe, astuto como él solo, conociendo lo peligroso de su situación, trató de captarse la voluntad del Jefe Supremo, y desplegando toda su actual viveza daba noticias importantes, trazaba planes, hacia indicaciones oportunas, y en fin tomaba el más vivo interés en el triunfo de nuestra causa. Según Cavero, casi ninguno de los grandes cañones de la Legua y la Atarazana eran giratorios y todos estaban dando todavía el frente a Mapasingue; por lo que podían ser fácilmente tomados por atrás, antes que los volteasen. El General en Jefe, sin dar mucho crédito a las noticias de Cavero, mandó que el Comandante Barredo avanzase con el batallón Colombia hasta donde le fuere posible, con dirección a la batería de la Atarazana, la que atacaría luego que creyere oportuno. Daba estas disposiciones, cuando se presentó un disperso de la artillería de Franco, muchacho de quince años a lo más, que parecía sobremanera experto. El General en Jefe le ganó la voluntad con el halago y le comisionó para que fuera a la batería de la Legua, que estaba defendida por el cuerpo a que pertenecía, y regresara a dar cuenta del número de soldados que la defendían y la posición de sus cañones. El muchacho se desempeñó cumplidamente y volvió a comunicar que no era crecido el número de artilleros que guardaban la batería y que algunos cañones daban todavía el frente a Mapasingue. Casi al mismo tiempo vino el parte de que la columna del Comandante Barredo había avanzado hasta el cuartel de la artillería, del que había tomado posesión, apoderándose de todo el parque y maestranza del enemigo.

El Coronel José Veintimilla recibió entonces la orden de marchar con el batallón Babahoyo y atacar la batería de la Legua. Eran las tres y media de la mañana cuando marchó el intrépido Jefe y media hora después resonó el vivísimo tiroteo que sostenía el bravo batallón, cuyos fuegos en medio de la oscuridad se veían, siempre ascender (sobre la colina) hasta cesar completamente, señal segura de que nuestros valientes habían escalado el cerro y obtenido una victoria. Al primer ¡quién vive! del centinela contestó con ¡Franco! que era la seña de campo del enemigo; al segundo contestó ¡artillero! el muchacho que servia de guía, y al tercero fue la contestación una descarga. Resonaron entonces los cañones, nuestros bravos se abalanzaron a ellos, dispersaron a balazos y a la bayoneta a los que los defendían y quedaron dueños de la batería.

Acabó por fin de aclarar el día Lunes 24, y el General en Jefe, que aún no sabía el éxito que hubiese obtenido el Coronel Veintimilla, montó en un caballo que se le pudo proporcionar y atravesó la sabana enteramente solo, deseando saber el resultado del ataque. Presto vuelve el osado jinete con el anuncio del triunfo obtenido por el Coronel Veintimilla y fue recibido con vivas entusiastas. Al momento hizo formar las tropas en columnas y las condujo a paso de ataque hasta la plazuela de San Francisco, en medio de las aclamaciones Se los habitantes que vitorean con entusiasmo al ejército libertador, a ese ejército cuyos uniformes pobres y desgarrados manifiestan cuanto había sufrido hasta completar el triunfo de la causa nacional. Mientras nosotros avanzábamos por las calles de Guayaquil, el Coronel Dávalos que con su Regimiento pugnaba desde el día anterior en la llanura de Mapasingue, procurando abrirse paso a través de las fortificaciones del Cerro, al ver tomada la batería de la Legua, desfiló con gallardía frente a las fortificaciones, despreciando la metralla que surcaba la llanura, escaló la Legua sin más pérdida que dos caballos, penetró en la ciudad y se unió al ejército en la plazuela (de San Francisco).

Las tropas enemigas habían desocupado enteramente la ciudad refugiándose en las fortificaciones del Cerro, a fin de hacer allí su última y desesperada resistencia, abandonadas de todos sus Generales que se habían puesto ya en salvo. Era, pues, necesario tomar estas (fortificaciones) para quedar en pacífica posesión de la ciudad. El General en Jefe se puso a la cabeza de una guerrilla del Vengadores, al mando del Capitán Navarro, atravesó Ciudad Vieja, llegó a medio tiro de fusil de la batería de la Planchada, se dio a conocer y exhortó a los soldados a dejar las filas del que les había abandonado en el momento del conflicto. Muchos fueron dóciles a las palabras del General y bajaron a recibir un abrazo de éste; mas otros que veían lo reducido del grupo, descendieron del Cerro con intenciones siniestras. Un mulato que encabezaba la partida, sin reconocer la gravedad del acto que emprendía, pronunció el nombre de Franco, y Flores le arrancó la lanza de las manos. Entonces confundidos amigos y enemigos, nadie se conoce, se hacen tiros a discreción, se convierte el sitio en un saco de fuego, el Comandante Moreno cae atravesado de un lanzazo junto al General, y éste evade providencialmente de en medio de aquel laberinto, seguido por mi y unos cuantos de su comitiva.

En aquella espantosa confusión el Subteniente Cortázar repetía a grandes voces las palabras amistosas y de perdón del General en Jefe, y llamó a los soldador amigos agitando su sombrero con entusiasmo mientras cruzaban balazos por todos sus costados. Entre tanto el Capitán del vapor pugnaba en vano por subir a caballo el Cerro con una bandera blanca en señal de amistad, pues cada vez que lo intentaba era recibido a balazos.

El General en Jefe volvió a San Francisco, regresó con el impetuoso batallón Vengadores hasta la plaza de Santo Domingo, a cuyo frente estaban las baterías (de Franco) en forma de herradura, desde la de la Legua a la izquierda hasta la de la Planchada sobre la orilla del rio, y entonces principió el combate. El batallón Colombia, casi desde la madrugada combatía con denuedo en una de las bocacalles, y la Compañía del Capitán Navarro, que quedó batiéndose después del escape del General en Jete, había acabado ya sus municiones y se replegaba paso a paso hasta que (recibiera) el refuerzo que éste debía llevarle.

Una columna del Vengadores con el General en Jefe y el Coronel Aparicio a su cabeza, desemboca en la plazuela y se para al recibir las primeras rociadas de la metralla del enemigo; el Capitán Ramón Aguirre anima y empuja al primer soldado; la columna se lanza con denuedo, apaga y toma los cañones y continúa subiendo al Cerro hasta el hospital. El Coronel Salvador a la cabeza de otra columna, ataca con tesón a la batería de la Planchada, se apodera de sus cañones y hace muchísimos prisioneros. Mientras se verifican estos ataques,  el vencedor de la Legua marcha con su bravo batallón por la cortadura del Cerro, a pesar de los fuegos del bergantín Guisse y los que sucesivamente se le hacían en toda la extensión de la angosta vereda, cae sobre el hospital, secunda el ataque de nuestras columnas y corona la parte culminante del expresado cerro. Entonces los soldados del enemigo atacados por todas partes y sin poder resistir a este triple y brillante empuje tuvieron que entregarse o arrojarse al agua, ofreciendo el espectáculo más horroroso. El ejército y el pueblo guayaquileño contemplaron el río Guayas cubierto de multitud de infelices arrojados al agua a balazos y a la bayoneta, y haciendo desesperados esfuerzos por alcanzar alguna embarcación. Aquello era un espantoso naufragio. Los botes del Tumbes  y del Guisse y del Megere se ocuparon en salvar más de 800 desventurados; pero muchos hallaron su sepulcro en el fondo del caudaloso río. Hasta las diez del día ya no resonaba un solo tiro, y los batallones vencedores entraban en la plazuela de San Francisco conduciendo la multitud de prisioneros que habían hecho.


1 Fuente: Cartas de García Moreno, Wilfrido  Loor, Segunda Edición Pág 263

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