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Juan María Vianey,.
Catedral de Guayaquil
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En este día celebramos a San
Juan María Vianney, el Santo cura de Ars. Fue un sacerdote,
diocesano Francés, plenamente dedicado al servicio pastoral de los
fieles, en Francia, después de la revolución. Actualmente ha sido
declarado modelo y patrono de todos los sacerdotes, especialmente de
los párrocos.
Algo de su historia:
San Juan María de Vianney, inició sus estudios ya mayor y le
resultaron un poco difíciles. Pero un sacerdote amigo lo ayudó y lo
tuvo como coadjutor durante los primeros años que siguieron a su
ordenación.
Luego pasó a ser el párroco del pequeño pueblo rural de Ars, hasta
su muerte a los 63 años de edad, en 1859.
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Algunos de sus méritos
Este hombre Santo llevó una vida de gran profundidad interior y
austeridad. Tuvo gran voluntad para superar las innumerables pruebas
que se le presentaron en su vida, algunas particularmente difíciles.
Supo vencer la pobreza, la falta de educación y la desconfianza de
muchas personas.
El cura de Ars fue un sacerdote lleno de sentido pastoral,
organizador y buen consejero espiritual. Sus fuentes eran el amor y
la oración.
Algunas preocupaciones que llenaban
su vida:
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Su abnegada entrega al
sacramento de la reconciliación, destacando a sus fieles la
bondad y el perdón de Dios. Así despertaba en ellos el deseo de
arrepentirse de sus faltas. Siempre estuvo dispuesto a confesar.
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La Eucaristía, sin lugar
a dudas, era el aspecto central de su ministerio sacerdotal, la
celebraba con gran piedad y gozo. Además tenía una actitud
especial ante Jesús sacramentado y enseñaba a los fieles cómo se
debe adorar a Dios.
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El ministerio de la
Palabra el cual nunca descuidó. Con valentía denunciaba el mal,
pero prefería presentar la cara más atractiva de la virtud que
la fealdad del vicio y lograr así la conversión de sus
feligreses. La catequesis fue también tarea privilegiada en su
vida.
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La oración fue lo
fundamental en su vida, lo más eficiente de su trabajo, la
alabanza al Dios Bueno y Creador, la confianza en el Padre de
misericordia, la oración silenciosa ante el sagrario, la
petición solemne y tranquila, todo eso unido a una vida de
pobreza, austeridad y obediencia a su obispo, lo hace un hombre
realmente Santo. Como muestra de su fecundidad apostólica, se
puede decir que cuando llegó a su parroquia había solamente 230
personas, y que un año antes de morir lo visitaron alrededor de
85.000 fieles. Sus feligreses, sin duda, lo amaron e impidieron
que se fuera del pueblo para dedicarse, como era su anhelo, a la
vida religiosa y a la contemplación.
Eduardo Cáceres, Instituto de Catequesis de Santiago
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