
| "Una luz que se va apagando en el humilde candil de barro que le dio la vida" El 31 de agosto de 1988, el día en que Leonidas Proaño murió tras una lenta agonía, una voz de la Iglesia comunicaba así el suceso a un Ecuador conmovido, especialmente al Ecuador indígena.Aquel, quien sería reconocido, respetado y amado como el "obispo de los indios", nació en San Antonio de Ibarra, Imbabura, el 29 de enero de 1910. De niño trabajó tejiendo sombreros de paja toquilla, como parte de la actividad comunitaria de su modesta familia. |
Fue ordenado sacerdote en 1936 y desempeñó su ministerio durante 18 años. Su más largo peregrinaje y su magisterio se iniciaron el 29 de mayo de 1954, cuando fue nombrado obispo de Riobamba.La sacrificada acción pastoral que ejerció, a lo largo de 31 años como obispo de esa ciudad, ha sido calificada como "la revolución del poncho": una Iglesia de pobres para un Cristo pobre. Una lucha por la liberación de los pueblos indios que hizo que los hacendados de la provincia de Chimborazo y de otros sectores de la Sierra se refirieran a él como "el indio Proaño".Ilustrativamente, monseñor Agustín Bravo cuenta que, en cierta ocasión, en una pequeña comunidad indígena de Nitiluisa, se hacía una celebración para inaugurar una escuelita. Estaban allí altas autoridades, entre ellas el ministro de Educación, el director provincial de Estudios, el gobernador... El "discurso de orden" fue pronunciado por el alcalde de la comuna, que saludó a las autoridades, una por una y denunció con sus nombres a las personas que se habían opuesto a la creación de la escuelita. "Antes de que viniera taita Leonidas -dijo el alcalde- estábamos en tinieblas, aplastados, pisoteados. Eramos como ovejitas sin pastor, como perros con cadena. Pero vino taita Leonidas y dijo: ¡Carajo, levántense! Todos aplaudimos calurosamente -relata Agustín Bravo- y monseñor Proaño, sonriente y emocionado, se volvió a mí, y dijo en voz más o menos baja: bueno, yo no he dicho precisamente así, pero me gusta que se levanten..."La observación atenta y crítica de su grey lo orientó hacia la pastoral comunitaria, como medio para construir una Iglesia viva. Por ello organizó equipos de trabajo y de misión con sacerdotes, seglares y religiosas. También formó las Asambleas Cristianas y las Comunidades Eclesiales de Base.El 12 de agosto de 1976, en unión de 55 personas, entre ellas 17 obispos de América Latina, fue apresado y conducido a la cárcel por la dictadura militar que, para ello, lo había acusado de participar en una supuesta conspiración política.El 18 de julio de 1985, la Universidad Central le concedió el doctorado Honoris Causa. Un reconocimiento similar fue hecho en 1987, por la Universidad de Saarbrueken, Alemania. En esa oportunidad dijo: "No tengo título de sociólogo ni de antropólogo, no he ido a los colegios y universidades grandes para poder conocer el mundo indígena. Mi colegio, mi universidad, han sido las comunidades indígenas. Los indígenas fueron mis maestros, ellos me han enseñado y por lo mimo este premio se lo debo a ellos".Un año después fue nominado candidato al Premio Nobel de la Paz, como reconocimiento a su infatigable defensa de los derechos humanos, particularmente de los pueblos indígenas.Desde el 31 de agosto de 1988, permanece abrazado por la tierra, en la comunidad indígena de Pucahuayco, cerca de su pueblo natal.(Fragmento tomado de la Historia del Ecuador de Alfredo Pareja) |