“Manifiesto del Pueblo de Quito”:

Bicentenario del Grito Libertario de Quito 1809-2009
Quito, Agosto 10 de 1809.
“Manifiesto del Pueblo de Quito”

“Cuando un Pueblo, sea el que fuere, muda el orden de un gobierno establecido por largo tiempo; cuando las imperiosas circunstancias le han forzado a asegurar los sagrados intereses de su Religión, de su Príncipe y de su Patria, conviene a su dignidad manifestar al Público sus móviles y la justicia de su causa.

Quito, pues, conquistado trescientos años ha por una Nación valerosa, protegido por los Númenes de sus Soberanos, con Leyes Justas, un clima benigno, un terreno fecundo, medianamente poblado de hombres industriosos y aptos para todo, debía ser feliz; pero sin tener de qué quejarse ni de sus Soberanos ni de sus Leyes, ha sido mirado por los españoles que únicamente lo mandaban, como una Nación recién conquistada, olvidando que sus vecinos son también por la mayor parte descendientes de esos mismos españoles; han sido mirados con desprecio; tratados con ignominia, ofensa la más amarga a la dignidad del hombre; han visto todos los empleos en sus manos; la palabra criollo en sus labios ha sido la del insulto y del escarnio, y para elevar al Trono sus quejas, han tenido que dar vuelta a la mitad del globo, y de esta inmensa dificultad han abusado siempre sus opresores.

Los dulces y pacíficos preceptos de su Religión Santa, el innato amor a sus Reyes y una larga costumbre los ha conservado sumisos y obedientes, en medio del despotismo subalterno más ignominioso, sin atreverse a registrar sino temblando sus profundas heridas y precisados a manifestar en sus semblantes un contento que no podía estar en sus corazones.

La Nación Española, devastada, oprimida, humillada y vendida al fin por un indigno Favorito, vio arrebatar de entre sus brazos a un joven Monarca, sus delicias y sus esperanzas por un Soberano que después de haber asolado la Europa, preparaba en secreto cadenas a su Huésped, a su aliado, a su amigo, a una Nación fiel y valerosa y a la América entera. Despertó al fin de su letargo; se armó para defender sus imprescriptibles derechos, y ha resistido al Tirano con una energía, con una constancia, con un tesón, digno de mejor suerte.

Mas no siempre corresponden los sucesos a la justicia de la causa; y el vicio muchas veces triunfa de la virtud.

La América, entre tanto, fiel a su Religión y a su Príncipe, lloraba su suerte a más de dos mil leguas de distancia, y por estos motivos sagrados hacía ardientes y continuos votos, con el más profundo dolor; las esperanzas la consolaban alguna vez; prodigaba sus tesoros para salvar a la Madre Patria; deseaba derramar su sangre por ella, y bañada en llanto levantaba sus manos al Cielo.

Quito, retirado en un rincón de la tierra, no tenía quien sostuviera sus esperanzas, quien disipase sus temores, ni quien tomase medio alguno para defenderlo. Vio de repente encarcelar con el mayor escándalo a cinco de sus más nobles y leales hijos; llamar delito de Estado el pensamiento de no sujetarse nunca a Bonaparte y el haber hecho planes para este digno objeto.

Sabe que el Regente de su Audiencia había dicho que era preciso degollar catorce de sus vecinos nobles.

Ve con la mayor sorpresa -denunciado por un Oidor- el deseo de lograr en América a Fernando VII y al Santo Padre, como si este dulce deseo fuese un delito.

Considera que la mayor parte de los que le mandan son hechuras del infame Godoy; la execración del género humano.

Nota las desconfianzas de la Junta Suprema, manifestadas públicamente, y tomar medidas a dos mil leguas para salvarla de Bonaparte; pero al mismo tiempo no ve empleo alguno concedido al fiel americano, que ella misma elogia.

Le consta que en casa del que acaba de gobernarla y el Jefe de un temible partido se había dicho que si la España se sujetaba a Bonaparte, sería preciso que la América hiciese lo mismo.

Cuando nuestros corazones oprimidos no encontraban más consuelo que rogar al Dios de los Ejércitos, protector de la inocencia, por la libertad de Fernando, no sólo no se permitían por este gobierno rogativas públicas, sino que hacían corridas de toros decretadas por esos mismos, que lo debían todo a su Rey; con estos antecedentes y con otros que se omiten, ¿qué pueblo, por estúpido que fuese, no habría temido su próxima esclavitud y el ser vendido, cargado de cadenas, al atroz enemigo de su Religión, de su Príncipe, de su Patria y de todo lo más sagrado que el hombre tiene sobre la tierra?

Resolviose al fin a asegurarlo todo; mudó en un instante la forma de su gobierno con sólo la prisión de nueve individuos; con el mayor orden, el mayor silencio y respetando las vidas y los intereses aún de sus propios enemigos.

Juró por su Rey y Señor a Fernando VII; conservar pura la Religión de sus padres; defender y procurar la felicidad de la Patria, y derramar toda su sangre por tan sagrados y dignos motivos.

Juramos a la faz de todo el mundo la verdad de lo expuesto.
Hombres buenos e imparciales, de cualquier Nación que seáis, juzgadnos.
No os tememos ni debemos temeros.
Quito, Agosto de 1809.

Fuente: Comisión Nacional Permanente de Conmemoraciones Cívicas

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