28 Enero

 

 

Inmolación de Eloy Alfaro

La paz se acordó el 22 de enero por medio del Tratado de Durán, que firmado por los generales Pedro J Montero, por los alfaristas, y Leónidas Plaza, por los gobiernistas, garantizaba la vida y bienes de los generales vencidos y de todas las personas -civiles o militares-, que  hubiesen tomado parte en el movimiento revolucionario.

Al caer la tarde los generales alfaristas se retiraron a sus hogares a Guayaquil, situación que fue aprovechada por el Gral. Plaza para capturarlos uno a uno sin la menor resistencia.  Consumada la traición se ordenó el enjuiciamiento militar del Gral. Montero, quien fue cobardemente asesinado durante el proceso, en la tarde del 25. Al caer la noche, de acuerdo a lo planeado, los otros prisioneros fueron llevados a  Durán a bordo de una pequeña embarcación, y luego, en el mismo ferrocarril que Alfaro había construido con tanto sacrificio y esperanza, fueron enviados a Quito, al altar de la inmortalidad.

En las primeras horas del día siguiente el fúnebre convoy inició su macabro viaje; viaje que había sido cuidadosamente planeado para que el pueblo quiteño tuviera los ánimos exaltados en contra de los prisioneros. Primero llegaron a Quito los soldados placistas con sus muertos y sus heridos; y luego, cerca del mediodía entraron los generales vencidos, y entre gritos, vejámenes e insultos proferidos por los cobardes, malandrines y asalariados de Freile Zaldumbide y su gobierno títere, fueron conducidos al Panóptico y encerrados en celdas individuales.

«El coronel Alejandro Sierra, con su batallón y más un piquete despachado por el Ministerio de Guerra, condujo a los presos hasta la penitenciaría misma. Los entregó al director contándolos: Uno, dos, tres, cuatro, cinco, y este último,  Eloy Alfaro, seis.  A ese mismo coronel se le atribuyen estas palabras pronunciadas al salir, y dirigiéndose ya al populacho vociferante que llenaba el atrio del sombrío y pétreo edificio.

-Yo ya he cumplido con mi deber: lo demás es cuestión de ustedes» (O. E. Reyes.- ob. cit. tomo II, p. 256)

Inmediatamente comenzó la sangrienta faena. La barbarie, el sadismo, el crimen y la venganza se dieron la mano con el pueblo quiteño en el horrendo festín, y juntos escribieron una de las páginas más vergonzosas de la historia del Ecuador. El pueblo, arengado por los politiqueros, gobernantes y oportunistas, asaltó el presidio e inició la inmolación de los mártires.

«A Eloy Alfaro, un desalmado cochero, después de ultrajarle con palabras soeces le descargó un garrotazo, tendiéndolo en el suelo y rematándolo después con un tiro de rifle, para luego ser precipitado por matones a la planta baja entre puntapiés y griterías» (J. Pérez Concha.- ob. cit. p. 425)

Uno a uno todos fueron asesinados, y sus cuerpos, mutilados y ensangrentados, precedidos por prostitutas, matarifes, clérigos y cocheros, fueron arrastrados por las calles de Quito hasta El Ejido. Ahí estaban tomando parte del festín: José Cevallos, José Chulco,  la Pacache, la Piedras Negras y Las Potrancas; los hampones y los canallas; mientras en algún rincón de la casa de gobierno, Freile Zaldumbide simulaba ignorar lo que estaba sucediendo.

 

 

«El espectáculo superó a las palabras. Sencillamente fue inenarrable, en el más auténtico sentido. Prostitutas y matarifes, hampones y chiquillos desaprensivos, mujeres sedientas de sangre y paroxismo iniciaron el itinerario que debía conducir los cadáveres a El Ejido para su incineración. Los orientadores, los impusadores, los solemnizadores, no aparecieron en parte alguna. Tampoco asomaron los fieles servidores del régimen, los beneficiarios del crimen, los que imploraban justicia y los que pedían venganza. Menos aún aparecieron por allí los escritores de la oposición, los ideólogos, los malos consejeros de los vencidos. Lo que es más cruel, no apareció ningún defensor» (G. Cevallos García.-ob. cit. (1)tomo2,p. 190).

«Cuando los despojos humanos de don Eloy y su plana mayor llegaron a El Ejido, el salvajismo y la barbarie adquirieron caracteres plásticos de una escena dantesca. Rociaron los cadáveres con gasolina y los incineraron mientras ese enjambre de rameras y gandules, danzaban grotescamente en torno de la pira en contorsiones hiperbólicas, que reflejaban instintos bestiales liberados en su primitivez repugnante» (C. De La Torre.- ob. cit. (2) p. 608)

Perpetrado el Asesinato de los Héroes Liberales, el pueblo, los homicidas, los gestores del crimen, todos se retiraron pacíficamente a sus  casas como si nada hubiese pasado mientras en El Ejido los martirizados cuerpos eran consumidos por el fuego  de La Hoguera Bárbara.

Fue el 28 de enero de 1912.

Diccionario del Ecuador Efrén Avilés Pino

La Muerte de Alfaro constituye una de las páginas más luctuosas de la Historia del Ecuador, muerto el líder, el portavoz de las ideas, se asegura definitivamente que las llamas de las ideas no iluminen nuevamente las conciencias, la política no es otra cosa que el dominio de uno junto con otros  sobre otros y son más crueles cuando la tecnologías son puestas al servicio del dominio, substituir un rey cívico por otro nunca es el mejor camino, las ideas combatirlas con otras y recordar es más fácil hacerlo cuando  las tienen ya trilladas. Los personajes históricos me gustan analizarlos en el contexto de su vida entera, no perdiendo de vista el futuro, para no  caer en las idolatría del pasado,   pensar siempre que la Historia es para forjadores del futuro.

 Alfonso Pesantes Martínez

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