La paz se acordó el 22 de enero
por medio del Tratado de Durán, que firmado por los generales
Pedro J Montero, por los alfaristas, y Leónidas Plaza, por los
gobiernistas, garantizaba la vida y bienes de los generales
vencidos y de todas las personas -civiles o militares-, que
hubiesen tomado parte en el movimiento revolucionario.
Al caer la tarde los generales
alfaristas se retiraron a sus hogares a Guayaquil, situación que
fue aprovechada por el Gral. Plaza para capturarlos uno a uno
sin la menor resistencia. Consumada la traición se ordenó el
enjuiciamiento militar del Gral. Montero, quien fue cobardemente
asesinado durante el proceso, en la tarde del 25. Al caer la
noche, de acuerdo a lo planeado, los otros prisioneros fueron
llevados a Durán a bordo de una pequeña embarcación, y luego,
en el mismo ferrocarril que Alfaro había construido con tanto
sacrificio y esperanza, fueron enviados a Quito, al altar de la
inmortalidad.
En las primeras horas del día
siguiente el fúnebre convoy inició su macabro viaje; viaje que
había sido cuidadosamente planeado para que el pueblo quiteño
tuviera los ánimos exaltados en contra de los prisioneros.
Primero llegaron a Quito los soldados placistas con sus muertos
y sus heridos; y luego, cerca del mediodía entraron los
generales vencidos, y entre gritos, vejámenes e insultos
proferidos por los cobardes, malandrines y asalariados de Freile
Zaldumbide y su gobierno títere, fueron conducidos al Panóptico
y encerrados en celdas individuales.
«El coronel Alejandro
Sierra, con su batallón y más un piquete despachado
por el Ministerio de Guerra, condujo a los presos
hasta la penitenciaría misma. Los entregó al
director contándolos: Uno, dos, tres, cuatro, cinco,
y este último, Eloy Alfaro, seis. A ese mismo
coronel se le atribuyen estas palabras pronunciadas
al salir, y dirigiéndose ya al populacho vociferante
que llenaba el atrio del sombrío y pétreo edificio.
-Yo ya he cumplido con
mi deber: lo demás es cuestión de ustedes» (O. E.
Reyes.- ob. cit. tomo II, p. 256)
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Inmediatamente comenzó la
sangrienta faena. La barbarie, el sadismo, el crimen y la
venganza se dieron la mano con el pueblo quiteño en el horrendo
festín, y juntos escribieron una de las páginas más vergonzosas
de la historia del Ecuador. El pueblo, arengado por los
politiqueros, gobernantes y oportunistas, asaltó el presidio e
inició la inmolación de los mártires.
«A Eloy Alfaro, un
desalmado cochero, después de ultrajarle con
palabras soeces le descargó un garrotazo,
tendiéndolo en el suelo y rematándolo después con un
tiro de rifle, para luego ser precipitado por
matones a la planta baja entre puntapiés y
griterías» (J. Pérez Concha.- ob. cit. p. 425)
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Uno a uno todos fueron asesinados,
y sus cuerpos, mutilados y ensangrentados, precedidos por
prostitutas, matarifes, clérigos y cocheros, fueron arrastrados
por las calles de Quito hasta El Ejido. Ahí estaban tomando
parte del festín: José Cevallos, José Chulco, la Pacache, la
Piedras Negras y Las Potrancas; los hampones y los canallas;
mientras en algún rincón de la casa de gobierno, Freile
Zaldumbide simulaba ignorar lo que estaba sucediendo.
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«El espectáculo
superó a las palabras. Sencillamente fue
inenarrable, en el más auténtico sentido.
Prostitutas y matarifes, hampones y chiquillos
desaprensivos, mujeres sedientas de sangre y
paroxismo iniciaron el itinerario que debía
conducir los cadáveres a El Ejido para su
incineración. Los orientadores, los impusadores,
los solemnizadores, no aparecieron en parte
alguna. Tampoco asomaron los fieles servidores
del régimen, los beneficiarios del crimen, los
que imploraban justicia y los que pedían
venganza. Menos aún aparecieron por allí los
escritores de la oposición, los ideólogos, los
malos consejeros de los vencidos. Lo que es más
cruel, no apareció ningún defensor» (G. Cevallos
García.-ob. cit. (1)tomo2,p. 190).
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«Cuando los
despojos humanos de don Eloy y su plana mayor
llegaron a El Ejido, el salvajismo y la barbarie
adquirieron caracteres plásticos de una escena
dantesca. Rociaron los cadáveres con gasolina y
los incineraron mientras ese enjambre de rameras
y gandules, danzaban grotescamente en torno de
la pira en contorsiones hiperbólicas, que
reflejaban instintos bestiales liberados en su
primitivez repugnante» (C. De La Torre.- ob. cit.
(2) p. 608)
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Perpetrado el Asesinato de los
Héroes Liberales, el pueblo, los homicidas, los gestores del
crimen, todos se retiraron pacíficamente a sus casas como si
nada hubiese pasado mientras en El Ejido los martirizados
cuerpos eran consumidos por el fuego de La Hoguera Bárbara.
Fue el 28 de enero de 1912.
Diccionario del Ecuador Efrén Avilés Pino
La Muerte de Alfaro
constituye una de las páginas más luctuosas de la Historia del
Ecuador, muerto el líder, el portavoz de las ideas, se asegura
definitivamente que las llamas de las ideas no iluminen nuevamente
las conciencias, la política no es otra cosa que el dominio de uno
junto
con otros sobre otros y son más crueles cuando la tecnologías son puestas al
servicio del dominio, substituir un rey cívico por otro nunca es el mejor
camino, las ideas combatirlas con otras y recordar es más fácil hacerlo
cuando las tienen ya trilladas. Los personajes históricos me
gustan analizarlos en el contexto de su vida entera, no
perdiendo de vista el futuro, para no caer en las idolatría del pasado, pensar
siempre que la Historia es para forjadores del futuro.
Alfonso Pesantes Martínez
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