FÁBULA XVIII.
EL PIOJO, LA PULGA Y LA NIGUA.
En el vestido mugriento
de
un pordiosero andrajoso,
que existe para argumento
comprobante y vergonzoso
del humano abatimiento,
estaba un Piojo asqueroso
y con él, allí contigua,
una Pulga y una Nigua.
Cada bicho de los tres,
con el aguijón que tiene,
defiende que sólo él es
quien con el hombre
mantiene
más amistad y
estrechez:
La disputa se
sostiene
con raciocinios agudos
que conocen los más rudos.
El Piojo dice: "yo soy
su más allegado amigo,
por donde va siempre voy:
a todas partes le sigo,
y
él está donde yo estoy:
en
prueba de lo que digo
me
pone, por más fineza,
sobre su misma cabeza".
Brincando la Pulga inquieta
dijo: "soy su amiga amada;
sin cumplidos de etiqueta
tengo con él franca entrada:
no tiene cosa secreta
ni para mí reservada,
por el paso más estrecho
tengo lugar en su pecho".
"Confieso, dice la Nigua
que en todo dices verdad;
pero si bien se averigua
es más grande mi amistad,
pues la experiencia atestigua
la mayor intimidad:
por unión constante y
fiel
soy uña y carne con
él".
Hasta este punto llegaba
la interesante cuestión;
y
el pobre que la costeaba,
sintiendo la comezón,
alarga el brazo y la
acaba,
dejando con el rascón
maltratados y dispersos
a
los amigos perversos.
Se presentan en el día
amigotes a manojos,
como el pobre los tenía
de Pulgas, Niguas y
Piojos,
que publican a
porfía,
pero en su interés se
ocupan
amarnos como a sus
ojos;
y nuestra sangre se
chupan.
Cuando esto, lector, suceda,
la receta de aquel pobre:
rascarse cuanto se pueda
sobre el amigote, y sobre
la comezón que nos queda;
y aun esto, Dios quiera que obre,
porque los amigos dichos
son peores que aquellos bichos. |




|
|