Fábulas  Completas 

 Dr. Rafael García Goyena

LOS ANIMALES CONGREGADOS EN CORTES.

 

FÁBULA XXV.
 

LOS ANIMALES CONGREGADOS EN CORTES.
 

Ya sabes que, por genio o por capricho,

vivo en este retiro, Delio amado,

al trato de las gentes entredicho

en mi sola existencia confinado;

aprendiendo del tiempo las verdades

qué me enseña el presente, del pasado.

 

Interrumpe tal vez mis soledades

uno u otro jurídico negocio

que me hace conocer las sociedades.
Cuando esto no sucede, gasto el ocio

en repasar atento los avisos

de Horacio Flaco, mi perpetuo socio.
 

Evacuados ayer los más precisos

asuntos que ocurrieron en el día,

me puse a leer gacetas y concisos.

Repleta me quedó la fantasía

de cortes, juntas y demás sucesos,

que llenan hoy de honor la monarquía.

 

Revueltos mil fantasmas en los sesos

con la cabeza me acosté tamaña,
y padecí del sueño los accesos.
Dormido me ocurrió la idea extraña

de que te voy a hacer puntual diseño,

porque puede apropiarse a nuestra España

en el difícil, cuanto heroico empeño

que tiene contra el déspota absoluto.
Atiende pues, amigo: va de sueño:

En la trampa sutil del hombre astuto

incauto cayó al fin el fuerte León

del imperio animal monarca bruto.

 

Llevado de su noble condición

no teme los engaños, ni recela

de quien tiene por dote la razón.
Noticia semejante al punto vuela,

discurre por aquel y este hemisferio

y a todos horroriza la cautela.

 

Las bravas fieras de su grande imperio

se enfurecen, alarman y disponen

a redimir al Rey del cautiverio.

 

Entre otros medios muchos se  proponen

celebrar una junta o gran congreso

de cuantas clases la nación componen.

Líbrase circular, mandato expreso

que a todos los cuadrúpedos emplaza

en beneficio del ilustre preso.

 

El reino todo se levanta en masa,

y de ariscos y fieros animales

un individuo va de cada raza.

 

Aun las especies entre sí rivales

se dan y estrechan la amistosa mano

con otras señas de cariño iguales.

 

El audaz, sangriento Tigre hircano

con sus bigotes y manchada piel,

se mira popular y cortesano.

 

Sus garras disimula el Oso cruel

y en el público teatro se presenta

como patriota, ciudadano fiel.

 

La Pantera feroz, siempre sedienta

de sangre de los hombres, allí toma

asiento y a los suyos representa.

 

El Leopardo acudió también; se asoma

erizando la crin o la melena,

y el ligero Cervan de nariz roma.

No dejó de asistir la cruda Hiena,

desamparando su nevado monte.

 

En las cortes también tu voz resuena,

i oh membrudo y sagaz Rinoceronte!

El Búfalo, Hipopótamo y el Huro,

El Reno, la Girafa y el Bisonte,

todos asisten al común apuro.

 

Allá se mira la pintada Cebra,

también la Danta de pellejo duro:

el Unicornio acá, de quien celebra

la fama el cuerno, que aplicado sana

la mortal picadura de culebra.

 

De nuestra ínclita parte americana

allí miro al Cebú, oigo al Coyote

aullar en la junta soberana.

 

El Huanaco, el Espín, el Ocelote,

el Babirusa, el Llama y el Zorrillo,

el tardo Armado, el Corzo y el Pizote:

el bravo Jabalí de cruel colmillo

el gordo Tepescuinte, grato al gusto,

el Onagro también y el Huroncillo.

 

Todos a consultar el común susto

se congregaban de ambos continentes

y forman el congreso más augusto.

 

Por las otras especies obedientes

al duro yugo del dominio humano,

acordaron poner votos suplentes.

 

Como por el Caballo lusitano

la Oveja confinada en vil encierro,

la Cabra y el doméstico Marrano;

y así de los demás; menos el Perro

que por su natural inclinación

hacia los hombres, se le imputa el yerro

de la más alta pérfida traición:

y en cuantas tiene, más de treinta castas,

proscripto lo declara la nación.

 

De los desiertos y regiones vastas

del orbe, vienen en unión social

cuantos usan colmillos, uñas y astas.


Esta ha sido la junta más cabal

que se ha visto de brutos congregados,

desde la del diluvio universal.

 

Reconocidos los poderes dados,

se declara su fuerza por bastante:

y de acuerdo común, los diputados

eligieron, ninguno discrepante,

por medio de sufragios singulares,

por cabeza del Cuerpo, al Elefante.

 

Dando los pasos, pues, preliminares,

el sabio presidente abrió el congreso,

entre vivas y aplausos populares.

 

En un discurso que estudió para eso,

ponderaba la grave, atroz injuria

hecha al Monarca, que lloraban preso.


Exagera también la humana furia

que a todos predomina y avasalla

llenándolos de males y penuria.

 

"Todo el reino animal cautivo se halla;

(dice aquel orador) de todo el globo

se hace dueño absoluto este canalla:

sus satélites son: la muerte, el robo,

no respeta la hacienda ni la vida

del humilde Cordero o fiero Lobo.

 

Contra el hombre, tirano bruticida,

este grave Congreso se ha instalado:

recuperad la libertad perdida,

 

La libertad de nuestro Rey amado,

que en las redes cayó de oculto lazo:

la libertad del Reino y del Estado. ."

 

"Libertad!, grita el Tigre, en todo caso

para que por las plazas y las calles

me pueda yo pasear sin embarazo".

 

Libertad absoluta sin detalles,

al mismo tiempo reclamaba el Oso

para rugir por montes y por valles.

 

Repite libertad el cauteloso

Jakal, poniendo su mirar felino

en el Conejo débil y medroso.

 

Tengamos libertad, dice el dañino

Lobo para dejar la obscura gruta,

y salir a las claras al camino.

 

Demanda libertad la Zorra astuta,

y que mueran el hombre y el Mastín

para que pueda ser más absoluta.

 

Nuestro Gato montes y el Tlacuazín

son de la libertad declamadores:

y todos piden libertad al fin.

 

El Mono entonces dijo así: "Señores,

la amable libertad es el objeto

de las públicas ansias y clamores;

que la conseguiremos me prometo,

si descubre la luz de esta asamblea

el medio de salir de tanto aprieto.

 

El común enemigo se pasea

por nuestras posesiones muy altivo,

mientras la junta libertad vocea.

 

¿Pero qué libertad? Según percibo,

no es la que más conviene a la nación,

ni la que necesita el rey cautivo.

 

Particulares libertades son

las que oigo reclamar a cada uno

conforme a su específica intención:

libertad para hablar sin freno alguno,

libertad para hacer cuanto se quiera,

se pretende en un tiempo inoportuno.

 

"No se consigue el fin de esa manera:

el reino seguirá tiranizado

y el príncipe en poder de aquella fiera.

La salud del monarca y del estado

es el único objeto, el punto fijo,

a que debe atender nuestro cuidado,

y no refiero, por no ser prolijo,

otras muchas razones en abono".

 

Aquí la maliciosa Zorra dijo:

Oigan al charlatán, miren al Mono

como quiere con gestos y parola

imponernos la ley y dar el tono.

 

Pensará que sólo él ha dado en bola

y que sabe pensar como la gente,

sin mirar por detrás su larga cola.

 

¿Cómo tuvo valor el insolente

de acusar al magnífico concurso,

no menos que de necio, impertinente?

 

Que no sabe elegir aquel recurso

que a la necesidad actual conviene,

careciendo de todo buen discurso?

 

Nada ignoro: ya sé de donde viene

esa mordacidad: todo es resabio

del humano comercio que mantiene,

Discurrir como el hombre, con agravio

de nuestra Majestad (injuria atroz!)

es por más parecérsele en lo sabio,

así como en la cara tan feroz

y merecer con él alto renombre...."

 

El señor Presidente alzó la voz,

diciendo así: "NADIE SE ASOMBRE,

SI COMO UN ANIMAL EL HOMBRE OPINA

QUE HAYA BRUTO QUE PIENSE COMO EL                                            HOMBRE.


Aquí, amigo, la fábula termina,

porque quiso un ridículo fracaso

interrumpirnos la sesión fierina.

 

Sabrás que en otro tiempo vi. de paso

leyendo antigüedades en Heinecio

cierta doctrina conveniente al caso....

Así dormido me esforcé bastante

y con voz tartamuda dije recio:

"Ha hablado en su lugar el Elefante,

eso mismo dio causa a cierta ley,

en el juicio de un sabio protestante''.

 

Al escuchar mi acento aquella grey

me reconoce, grita y se agabilla,

diciendo: "El opresor de nuestro Rey",

 

Me cerca la brutal fiera cuadrilla,

me embiste con gran furia y con denuedo.

 

A mí me despertó la pesadilla,

y al escribírtela ahora tengo miedo,

me parece que todo es realidad.

 

Y continuar la epístola no puedo,

considérame solo, a la verdad,

entre aquella furiosa multitud,

que a título de pública salud

me acusaban de lesa-majestad.

 

 

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