Fábulas  Completas 

 Dr. Rafael García Goyena

EL DOGO FALDERO Y EL MASTÍN.

 

FÁBULA XXVIII.
 

EL DOGO FALDERO Y EL MASTÍN.
 

Tuvieron no sé qué riña

y sobre no sé qué cuento,

un arrogante Mastín

con un Doguillo faldero.

 

Este, aunque diminutivo

de las castas de los perros,

de su astucia y elocuencia

vivía muy satisfecho.

 

Contaba con cierta audacia

y con cierto atrevimiento

de carácter, en ladrar

y gruñir en todo tiempo.

 

Y siendo tan degradado

en su talla, y en sus miembros,

se imaginaba un Goliat

en la materia de pleitos.
 

Ya había el animalito

dado en concursos muy serios,

pruebas de ser bullicioso

y ladradorcillo necio.

 

Pero en esta vez estaba

sostenido con empeño

por el favor de sus amos

y esto lo tenía engreído,

porque es constante que algunos

le halagaban con esmero,

le daban en sus estrados

y en sus sofaes asiento.

 

A veces se le admitía

en los corros más secretos,

y entonces se le batía

el chocolate estupendo.

 

Todo, bien .se deja ver,

por interés .manifiesto

de que sirviera- el Doguillo

con su insaciable gargüero.

 

Con las alas de los amos

creció su orgullo y empeño

y en ciertas desavenencias

se decidió a echar el resto.

 

Para salir con su idea

fraguó ciertos embelecos

con que obligar al Mastín

a venir a cierto pleito.

 

Debía este decidirse

por trámites de derecho

y por fórmulas forenses

en que el Mastín era lego.

 

En esta satisfacción

y con grande atrevimiento

el doguillo le retó

señalando Juez y tiempo.

 

El flemático Mastín,

que de lejos vio el enredo,

sin inmutarse admitió

el desafío propuesto.

 

Preséntase al tribunal

donde el Dogo leguleyo

hizo el exordio estudiado

que convenía a su intento.

 

Allí usó de sus ardides

y trampas, a todo riesgo,

seguro de conseguir

el triunfo del vencimiento.

 

Era empeñado el combate;

y en sacar al Mastín reo

se cruzaban intereses

de odio y venganzas a un tiempo.

 

Mas el Mastín socarrón

que había entendido el juego,

con oportuna ocurrencia,

pone el Doguillo en aprieto.

 

Luego le obliga a que jure

y con bizarro denuedo

sobre este golpe le oprime

con otro, no menos diestro.

 

Por fin y postre declara

el locuaz Perro faldero,

que ya nada pretendía

y se apartaba del pleito.

 

Salió con rabo entre piernas,

maldiciendo sus proyectos

con mil votos y mil vidas

a estilo de carretero.

 

Si este el éxito final

ha de ser de los enredos,

y si en vez de triunfo sacan

público deslucimiento;

¿quién los meterá a los dogos

en estos graves empeños

con los valientes Mastines

que les llevan pelo y cuerpo?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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