Fábulas  Completas 

 Dr. Rafael García Goyena

UNA YEGUA Y UN BUEY

 

FÁBULA VI

UNA YEGUA Y UN BUEY

En un soberbio caballo

por el campo se pasea

un joven, haciendo alarde

de su garbo y gentileza.


El diestro jinete pone

su docilidad en prueba

y él corresponde obediente

al manejo de la rienda.
 

Ya sofrenado reprime

contra el pecho la cabeza

formando del cuello un arco,

de largas lustrosas cerdas.
 

Tasca el espumoso freno:

las manos con pausa alterna,

todo el cuerpo equilibrado

sobre las partes traseras.

 

Bufa y la hinchada nariz

con el resoplido suena,

su larga tendida cola

con el movimiento hondea.


Ya soltándole la brida,

y aplicándole la espuela,
tiende el cuerpo, y se dispone

a la rápida carrera.
 

Con ambas manos a un tiempo

el suelo hiere, y con ellas,

y los pies horizontales

describe una línea recta.


Pero al más ligero impulso

del brazo que lo gobierna,

suspende el curso violento

y para haciendo corvetas.
 

Entre otras que allí pacían,

alzó a mirarle una Yegua

y dando un grande relincho

dijo a un Buey que estaba cerca:


"Ese potro tan bizarro

que tanto al hombre deleita

es hijo de mis entrañas,

y bien sus obras lo muestran.
 

¡Qué docilidad! qué brío!

qué índole tan noble y bella!

qué paso tan asentado!

qué bien hecho! qué presencia!

 

De su generosa estirpe

un ápice no discrepa:

bien empleados los desvelos

que tuve en su edad primera".
 

El Buey entre tanto estaba

rumiándole la respuesta,

y así que acabó le dijo

con voz reposada y seria:


"Aunque ese potro gallardo

el nacimiento te deba, -
tú no tienes parte alguna

en sus adquiridas-prendas:

 

Tú sólo alumbraste un bruto

en su física existencia,

que al arte y la industria debe

los lucimientos que aprecias.
 

El derecho que te asiste

es ser madre de una fiera

indómita por carácter,

cerril por naturaleza.

 

Yo soy testigo de vista

de cuánto al hombre le cuesta haber

domado su furia

y adestrado su rudeza".

 

Así, Padres de familia,

la república pudiera

responder por muchos hijos

que su población aumentan.

 

El hombre sin las costumbres

que la educación engendra,

en lo político toca

a la clase de las bestias.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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