Fábulas  Completas 

 Dr. Rafael García Goyena

LOS SANATES EN CONSEJO

 

FÁBULA VIII

 

LOS SANATES EN CONSEJO


En el espacioso patio

de mi casa, un ciprés tengo,

y los sanates del barrio

tienen en él sus congresos.

 

En sus respectivas ramas

tomaron ayer asiento,

y en la cúpula del árbol

un Sánate clarinero.

 

Este mismo levantando

su vista y el pico al cielo,

como que implora su amparo

preciso para el acierto,

 

Se volvió después al magno

y respetable colegio,

que le escucha con agrado

 y con los picos abiertos.

 

"Ya se nos acerca mayo,

les dice, y en ese tiempo

de nuestro género claro
se asegura los renuevos.


Con el natural conato

que nos impele este objeto,

trabaja con entusiasmo

el uno y el otro sexo.

 

Por lo que convenga al caso,

me parece proponeros

algunos graves reparos

que me ocurren al intento.

 

Nosotros en propagarnos,

somos activos y diestros,

y se consiguen de facto

los más fecundos efectos.

 

Nuestra especie, sin embargo

no logra sensible aumento,

y en un mismo ser estamos

poco más o poco menos.

 

Juzgo proviene el atraso

de la prole que perdemos,

por los malditos muchachos

en sus criminales juegos.

 

Asaltan los nidos caros:

tiran y rompen los huevos,

y de los pollos acaso

sacrifican los dos tercios.

 

Ni el espinoso naranjo

ni este ciprés por excelso

los defienden de las manos

de los rapaces perversos.

 

Para evitar tales daños,

y asegurar los recelos,

es preciso discurramos

algunos prudentes medios".

 

Así concluyó, esperando

que el consistorio discreto

agradeciese el cuidado y

su patriótico celo.

 

Un susurro sordo y vago

discurre, y turba el silencio

y aumentándose por grados

paró en gritos descompuestos.

 

Algunos chillan: "son vanos

esos temores y miedos,

de los sanates sensatos

no merecen el aprecio".

 

Otros chiflan: "muy despacio

se debe meditar eso,

sobre que el negocio es arduo

y pide maduro acuerdo".

 

Este pita: "Yo de espantos

estoy curado, no temo"

 aquel otro silba: "al amo

matan cuidados ajenos".

 

De manera, que entre tantos

vocales, ni dos hubieron

que con dúo concertado

siguiesen el mismo metro.

 

Después de distintos cantos,

y de tonos tan diversos,

gritó con tiple más alto

un sanatillo moderno.

 

Y dijo: "con todos hablo;

el peligro es manifiesto,
no obstante, también alcanzo

que tiene fácil remedio.

 

Mientras nos multiplicamos

se muda temperamento

en los vecinos barrancos

de las Vacas o el Incienso.

 

Concluidos nuestros trabajos,

alegres nos volveremos

a los lugares urbanos

con los hijos ya mancebos.

 

Así se atan bien los cabos

porque se salvan los riesgos:

se goza el aire del campo,

sin perder el patrio suelo.

 

Este es mi dictamen, salvo

el más conveniente y recto".

Cerró el pico, y se miraron

entre sí, los compañeros.
 

Un sánate, el más anciano,

en tono de magisterio

replica: "siempre fue malo

emprender caminos nuevos.

 

Este mismo vecindario

me vio sin pluma y sin pelo,

aquí también se empollaron

mis ascendientes y abuelos.

 

¿Quién será tan mentecato,

que los acuse de lerdos?

o que piense mejorarlos

y ser más sánate que ellos?

 

Yo por mi parte declaro

que seguiré sus ejemplos,

aunque mire engolillados

morir a todos mis nietos".

 

Aquí todos levantaron

juntos el grito y el vuelo

y cada uno por su lado

tomó el rumbo de su genio.

 

Entonces dijo un Letrado,

esto es, un sánate y medio:

"o estos pájaros son sabios,

o los hombres somos necios.

 

Sentarse en un mismo palo,

mirarse todos muy serios,

gritar en tiple o en bajo,

practicar usos añejos:

 

Seguir cada cual su bando

sin ver el común provecho,

este es el gran resultado

del sanático consejo.

 

En vista de todo fallo:

que este mismo es el suceso

en los concursos humanos

de los políticos cuerpos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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