FÁBULA VIII
LOS SANATES EN CONSEJO
En el espacioso patio
de mi casa, un ciprés
tengo,
y los sanates del barrio
tienen en él sus
congresos.
En sus respectivas ramas
tomaron ayer asiento,
y en la cúpula del árbol
un Sánate clarinero.
Este mismo levantando
su vista y el pico al
cielo,
como que implora su
amparo
preciso para el acierto,
Se volvió después al
magno
y respetable colegio,
que le escucha con agrado
y con los picos
abiertos.
"Ya se nos acerca mayo,
les dice, y en ese tiempo
de nuestro género claro
se asegura los renuevos.
Con el natural conato
que nos impele este
objeto,
trabaja con entusiasmo
el uno y el otro sexo.
Por lo que convenga al
caso,
me parece proponeros
algunos graves reparos
que me ocurren al
intento.
Nosotros en propagarnos,
somos activos y diestros,
y se consiguen de facto
los más fecundos efectos.
Nuestra especie, sin
embargo
no logra sensible
aumento,
y en un mismo ser estamos
poco más o poco menos.
Juzgo proviene el atraso
de la prole que perdemos,
por los malditos
muchachos
en sus criminales juegos.
Asaltan los nidos caros:
tiran y rompen los
huevos,
y de los pollos acaso
sacrifican los dos
tercios.
Ni el espinoso naranjo
ni este ciprés por
excelso
los defienden de las
manos
de los rapaces perversos.
Para evitar tales daños,
y asegurar los recelos,
es preciso discurramos
algunos prudentes
medios".
Así concluyó, esperando
que el consistorio
discreto
agradeciese el cuidado y
su patriótico celo.
Un susurro sordo y vago
discurre, y turba el
silencio
y aumentándose por grados
paró en gritos
descompuestos.
Algunos chillan: "son
vanos
esos temores y miedos,
de los sanates sensatos
no merecen el aprecio".
Otros chiflan: "muy
despacio
se debe meditar eso,
sobre que el negocio es
arduo
y pide maduro acuerdo".
Este pita: "Yo de
espantos
estoy curado, no temo"
aquel otro silba:
"al amo
matan cuidados ajenos".
De manera, que entre
tantos
vocales, ni dos hubieron
que con dúo concertado
siguiesen el mismo metro.
Después de distintos
cantos,
y de tonos tan diversos,
gritó con tiple más alto
un sanatillo moderno.
Y dijo: "con todos hablo;
el peligro es manifiesto,
no obstante, también alcanzo
que tiene fácil remedio.
Mientras nos
multiplicamos
se muda temperamento
en los vecinos barrancos
de las Vacas o el
Incienso.
Concluidos nuestros
trabajos,
alegres nos volveremos
a los lugares urbanos
con los hijos ya
mancebos.
Así se atan bien los
cabos
porque se salvan los
riesgos:
se goza el aire del
campo,
sin perder el patrio
suelo.
Este es mi dictamen,
salvo
el más conveniente y
recto".
Cerró el pico, y se
miraron
entre sí, los compañeros.
Un sánate, el más
anciano,
en tono de magisterio
replica: "siempre fue
malo
emprender caminos nuevos.
Este mismo vecindario
me vio sin pluma y sin
pelo,
aquí también se
empollaron
mis ascendientes y
abuelos.
¿Quién será tan
mentecato,
que los acuse de lerdos?
o que piense mejorarlos
y ser más sánate que
ellos?
Yo por mi parte declaro
que seguiré sus ejemplos,
aunque mire engolillados
morir a todos mis
nietos".
Aquí todos levantaron
juntos el grito y el
vuelo
y cada uno por su lado
tomó el rumbo de su
genio.
Entonces dijo un Letrado,
esto es, un sánate y
medio:
"o estos pájaros son
sabios,
o los hombres somos
necios.
Sentarse en un mismo
palo,
mirarse todos muy serios,
gritar en tiple o en
bajo,
practicar usos añejos:
Seguir cada cual su bando
sin ver el común
provecho,
este es el gran resultado
del sanático consejo.
En vista de todo fallo:
que este mismo es el
suceso
en los concursos humanos
de los políticos cuerpos.
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