En el amanecer del mundo fue el Dios
sanador, mezcla de sueño y realidad, mezcla de ciencia y
ficción, pariente de los dioses hasta donde no llegan las leyes
de los mortales.
Es la época perdida en la bruma de los
tiempos, cuando allá en Tesalia la bella Coronis, hija del Rey
Flegias, que mientras guerrea en el Peloneso, ella se aburre en
palacio.
Mas el divino Apolo pasa por allí y se
enamora de la bella princesa . .. Ahora lleva en su vientre el
fruto sagrado de sus divinos amores.
Mas la princesa se sigue aburriendo y
comparte su lecho con generosa hospitalidad. Apolo se irrita,
envía a su hermana Diana a castigar a la traidora, la cual
sucumbe a las flechas de oro de la divina cazadora.
Cuando el cuerpo inanimado va a ser
incinerado en la pira funeraria, el irritado Apolo decide salvar
a su hijo y ordena a la resplandeciente llama ejecutar el
milagro, la misma que abriendo el vientre maldito permite al
Dios que arranque al niño del vientre materno, inventando en
este instante el alumbramiento por vía abdominal.
Así nació hacia el año 3.000 A.C. ASKLEPIOS,
siendo abandonado por su padre en el monte Titeión, descubierto
por un perro, amamantado por una cabra y educado por el centauro
Quirón en el difícil arte de curar las dolorosas enfermedades de
los hombres. Representa el Dios mitológico de la medicina para
los griegos. Los latinos lo llaman ESCULAPIO.
Forma parte de la legendaria expedición de
los Argonautas, llega a ser soberano de Tesalia, se dedica a
curar mediante la palabra, las plantas y el cuchillo, recomienda
escuchar música para las enfermedades graves.
Pero no contento con curar a los enfermos,
quiere también resucitar a los muertos, devolviéndole la vida al
virtuoso Hipólito, hijo de Teseo.
Desde el Olimpo, Zeus, que ha observado
todo, se irrita y lanza un rayo justiciero contra el osado y
contra Hipólito.
Pero el padre de los dioses no es rencoroso
y abre las puertas del Olimpo a Esculapio, que se convierte así
en el Dios Sanador. Se lo representará bajo la forma de un
hombre cuyas manos se apoyan en un bastón o vara que tiene
enroscada una serpiente y a cuyos pies descansa un perro. La
serpiente simboliza la prudencia que debemos observar para
enfrentar al dolor y a la muerte.
He ahí, hermanos, la raíz más profunda de
nuestra estirpe.
Será necesario esperar tres siglos para
encontrarnos que Hammurabi, Rey de Babilonia, postrado en
oración ante Shamash, el Sol, Dios de la Justicia, le hace
entrega a la posteridad de 3.000 artículos que componen su
Código, el que por primera vez somete el ejercicio de la
medicina a disposiciones legales.
Se hace mención del origen de nuestra
estirpe y el médico clínico es perteneciente a la clase de los
sacerdotes y, como ellos, escapa a toda reglamentación, puesto
que ello equivaldría a ofender a los dioses todopoderosos.
Buscando en la bitácora del tiempo, ha sido
necesario que pasen siglo y medio saber de otro de nuestros
antepasados. Me estoy refiriendo a HIPÓCRATES el Grande, hijo de
Heráclito, sacerdote médico del Asclepión de Cos. De su madre
sólo se sabe que desciende de Hércules. Representa la
décimo—novena generación de los Asclepiades, descendientes de
Esculapio.
Viaja mucho y aprende mucho y su fama se
hace universal. Y por si esto fuera poco, hace amistad con
Sócrates y Platón.
Con Hipócrates, la medicina comienza a
dejar de ser sacerdotal y mágica para transformarse
esencialmente en clínica, porque la observación y la crítica han
sustituido a las concepciones religiosas.
El año 346 antes de Cristo, cerca de Larisa,
en Tesalia, unos pastores encuentran a un viejo al borde del
camino, con el brazo derecho replegado bajo la cabeza y un
extremo del manto cubriéndole el rostro. Hipócrates de Cos, el
Gran Hipócrates, muere a la edad de 109 años.
Hipócrates escribió:
"Hay que
distinguir dos cosas:
Saber y creer
saber.
Saber es la
ciencia,
creer saber es
la ignorancia".
Tan sólo hacen falta 25 años para entrar en
nuestra era y nuestra familia tiene un nuevo miembro; ha nacido
CELSO, Aulo Cornelio Celso, escritor romano llamado el Cicerón
de la Medicina y el Hipócrates Latino.
Respetuoso de sus antepasados, declara: "No
vacilaré en apoyarme en la autoridad de los antiguos y de
Hipócrates en particular".
De él conservamos un aforismo que dice: No
hay que ocultar los errores, porque
son enseñanzas para los demás.
Podemos decir de él que lo sabía todo.
Ha llegado el Mesías. Ha nacido el médico
de cuerpos y almas. Es más que un antepasado nuestro, es el
Maestro. Veinte siglos no han sido suficientes para explicarnos
sus milagrosas curaciones ni sus profundas reflexiones ante el
lecho del enfermo.
Desaparecido el Maestro, nuestra estirpe se
nutre con la figura inmensa de Pedanio Dioscórides, el médico
personal del romano Nerón.
Este antepasado nuestro rutila en su época
y 1.600 años después sigue siendo su obra De Universa Médica,
texto de consulta obligada por griegos, latinos y árabes. Se
rebela en absoluto de las ideas supersticiosas de la época.
Y en plena época romana aparece GALENO,
nombre que significa "tranquilo", filósofo de formación pero
médico por disposición de su padre. Nos deja de herencia para
tratar a nuestros pacientes, el tiro de escopeta, que aún en
nuestra época, nos empecinamos en seguir.
Sus éxitos y su carácter intransigente le
hacen ganar muchas enemistades y de tanto esconderse y cambiar
de domicilio, acaba siendo acogido en el palacio imperial.
Entre los aplausos de toda la ciudad,
recibe una cadena de oro con una medalla que lleva grabadas
estas palabras: ANTONIO, emperador de los romanos, a GALENO,
emperador de los médicos. Reconoce a Hipócrates como su
maestro, pero Dios dice de él lo siguiente:
"Como fue el primero en encontrar la vía de
la Medicina, dio unos pocos pasos. Anduvo un poco a la ventura,
no se detuvo en los lugares importantes, olvidó algunas
indicaciones esenciales, algunas distinciones necesarias.
Deseando ser breve, fue a veces oscuro. Dice solo pocas cosas
sobre las enfermedades complicadas. En una palabra, él empezó,
es necesario que otro acabe. Abrió un camino, hay que hacerlo
practicable".
En las postrimerías de nuestro primer
siglo, nuestra estirpe se ve complicada con la presencia del
renombrado AVICENA, por no mencionar su verdadero nombre, médico
y político. Viaja y huye mucho y escribe mucho dentro o fuera de
la prisión; nos lega su CANON, codificación definitiva de la
medicina grecolatina.
En el Universo, dice Avicena, hay un
ser absolutamente necesario, en el que coinciden esencia y
existencia: DIOS.
Tiene 50 años cuando, sintiendo cerca su
muerte, hace distribuir sus bienes entre los pobres y espera la
muerte escuchando la lectura del Corán. Y un mes de Ramadán, el
año 428 de la Hégira, a la hora del crepúsculo, un discípulo le
cierra los ojos.
Estamos a medio siglo de nuestra era,
cuando la medicina tiene un nuevo vastago, Felipe Aurelio
Teofasto Bombasí von Honenheim, pero su padre, el noble y médico
Wilheim von Honenheim decide que tiene que ser también médico y
que será tan famoso como Celso, por lo que decide también que se
llamará PARACELSO. Felizmente no pensó que sería superior.
Paracelso decía de sí mismo:
"Qué me importa la vida errante, el
cansancio de mi cuerpo, la fatiga espiritual. He sido fiel a mi
ideal y durante toda mi vida he respetado mi divisa: QUIEN PUEDE
SER SU PROPIO DUEÑO NO PERTENECE A NADIE.
Ha pasado el ano 1578, cuando aparece
Harvey, el fisiólogo inglés, el apasionado de la circulación de
la sangre que se trenza en apasionada contienda contra el
francés Rielan.
Y porqué no mencionar al inglés Alexander
Wood, que nos legó la aguja hipodérmica, aunque muere creyendo
que para nada ha servido su invento.
Y Fleming, que nos pone en las manos esa
poderosa arma de doble filo que son los antimicrobianos, ¿Cómo
no recordarlo, aunque sea de paso?
¿Y Claudio Bemard, Buchheim,
Schmiedeberg, J.J. Abel, y los Premios Nobel Banting y Best,
para insistir en unos pocos?
Porque nuestra familia es numerosa. Porque
nuestra actividad apasiona y aprisiona, porque la medicina es
eso precisamente, pasión y dolor, novelería y ciencia, mitología
y realidad. Fundamentalmente realidad, como lo dejara expresado
nuestro antepasado Hipócrates: "Buena prueba de que el arte de
curar existe y de que sigue estando pujante, es el hecho de que
llega a salvar incluso a los que no creen en él".
Porque la historia del mundo está sembrada
de una estirpe de médicos de todas las tallas, que debe hacernos
recapacitar esta noche, para emularlos en la magnitud de sus
mejores acciones y en sus más cristalinos sentimientos, que el
médico tiene ancestro divino y después de esta vida terrenal se
reunirá con ellos.
Seamos dignos ahora para merecer tan
evidente origen.
Dr.
Eduardo de J. Vargas Tobar.
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