27 de Febrero

27 de Febrero Día del Ejército el Ecuador

 

"REY DE LOS ANDES, LA ARDUA FRENTE INCLINA QUE PASA EL VENCEDOR"

Oda a Miñarica J.J.O.

Discurso pronunciado por el Dr. Gustavo Noboa B. Presidente Constitucional de la República del Ecuador, el 27 de Febrero del 2002 1

 

Rey de Los Andes, la ardua frente inclina, que pasa el vencedor”, cantó José Joaquín Olmedo al general Juan José Flores, vencedor en la batalla de Miñarica, que salvó la unidad nacional del Ecuador. Como ciudadano, Presidente de la República y máxima autoridad de la Fuerza Pública, quiero rendir mi homenaje a Las Fuerzas Armadas del Ecuador en este Día del Ejército Ecuatoriano y de conmemoración de los 173 años del triunfo de las tropas colombianas sobre el ejército peruano, en Tarqui, provincia del Azuay.

Evocaré brevemente el histórico triunfo de Tarqui.

Motivaré mi homenaje al Ejército y a las Fuerzas Armadas basándome en la propia Constitución de la República y en la contribución del soldado a la supervivencia de la Patria desde los lejanos días del 10 de Agosto de 1809 y del 9 de Octubre de 1820 hasta el día de hoy, en que una nueva circunstancia internacional impuesta por el destino histórico y geográfico impone sobre los hombros del militar ecuatoriano la pesada y grave tarea de vigilar la frontera norte y velar por la seguridad nacional.

Haré un llamamiento a todos los ecuatorianos, militares y civiles, para cerrar filas como un cuerpo sólido y firme a fin de superar la crisis, afrontar los retos de esta hora y prepararnos juntas a continuar en la tarea de hacer de nuestra patria una nación enteramente dedicada a mejorar la calidad de vida de todos los ecuatorianos y en especial de aquella mayoría que hoy vive en la pobreza, y la desesperanza.

Que la presencia eterna de Bolívar y de Sucre, de Flores y de Illingworth nos infunda coraje para no declinar en nuestra lucha por un Ecuador justo y grande.

Nuestra patria formó un solo Estado con Colombia y Venezuela desde mediados de 1822 hasta mediados de 1830. Nosotros éramos el Departamento del Sur. En 1828 y 1829 Perú hizo la guerra a la Gran Colombia e invadió los departamentos de Azuay y de Guayaquil. Según el historiador peruano Jorge Basadre, los antecedentes de la invasión fueron, la expulsión de las tropas colombianas del Perú tras la revolución de Lima en 1827; la invasión peruana a Bolivia gobernada por Sucre para eliminar de allí el influjo colombiano y la expulsión del agente diplomático designado por Bolívar.

Entre los motivos, uno principal fue la intención de los asesores y del propio mariscal José de La Mar, cuencano de nacimiento, primer presidente del Perú, de ocupar a Guayaquil, arrebatada según ellos por la influencia de Bolívar.

Ya en noviembre de 1828 dos buques de guerra peruanos avanzaron hasta Guayaquil y bombardearon con metralla las casas y calles de la ciudad. Guayaquil resistió y repelió la presencia de la escuadra peruana.

La Goleta “Guayaquileña” y La Corbeta “Pichincha” terminaron con el bloqueo del golfo de Guayaquil. Pero Colombia contaba con fuerzas insignificantes en Guayaquil. Una nueva acometida peruana obligó en enero de l829 al general Juan Illingworth, a firmar un convenio con los peruanos, que condicionaba la suerte de la ciudad a los resultados de la guerra terrestre.

Guayaquil fue ocupada por los peruanos el uno de febrero de 1829. Illingworth al mando de 800 hombres estableció el gobierno a su cargo en Durán. Desde el comienzo, el Departamento del Sur, aislado por mar y por tierra del cuerpo de Colombia como consecuencia de la acción de La Mar en el sur, de los barcos peruanos en el Pacífico, y de los rebeldes Obando y López en el Cauca que actuaban en traidora complicidad con La Mar, solo pudo contar con sus propias fuerzas y recursos.

El general Juan José Flores concentró tropas en la base de operaciones de Cuenca el 21 de enero de 1829. Él y el general O'Leary planearon atraer el Ejército peruano al Portete de Tarqui, como campo de batalla favorable. Mientras tanto el mariscal Antonio José de Sucre, había recibido en Quito órdenes del Libertador de ponerse al frente del Ejército como Jefe Superior del Sur y Director de la Guerra, quedando el general Flores como Comandante en Jefe. En Cuenca, Sucre lanzó una breve proclama: “Colombiarnos: una paz honrosa o una espléndida victoria son necesarias a la dignidad nacional y al reposo de los pueblos del Sur. La paz la hemos ofrecido al enemigo. La victoria está en vuestras lanzas y bayonetas”.

Sucre previó que el Ejército peruano proseguiría su avance por el Valle de Yunguilla, por lo que ordenó al general Flores un ataque sobre Saraguro a fin de sorprender a las tropas peruanas de retaguardia. La operación fue encomendada por Flores al general Luis Urdaneta. Los soldados peruanos abandonaron abastecimientos, armas, municiones, caballos y dejaron sesenta prisioneros. La Mar escapó también con sus hombres, pero las fuerzas colombianas no pudieron perseguirlos en regla, por impedirlo la oscuridad de la noche.

Sucre retrocedió de Oña haste Nabón, se situó en Girón para evitar que el enemigo tomara contacto con sus fuerzas de  Guayaquil y con los rebeldes de Pasto. Se colocaba así cerca del campo de batalla elegido.

Según propia confesión, los peruanos invasores que libraron la batalla a más de 200 kilómetros al norte de la frontera con Macará, perdieron dos mil quinientos hombres entre muertos, heridos y prisioneros. Las pérdidas colombianas ascendieron a ciento cincuenta y cuatro muertos y doscientos seis heridos. Sucre invitó a su adversario a nuevas conversaciones. El mismo 27, Sucre emitió la orden de erigir en el campo de batalla una columna conmemorativa de cuatro caras, en las que se debía inscribir los nombres de las unidades del Ejército del Sur y de los soldados muertos en acción. En la cara que daba hacia el Sur, se debía colocar la siguiente inscripción: “El Ejército peruano de ocho mil soldados, que invadió la tierra de sus libertadores, fue vencido por cuatro mil bravos de Colombia, el 27 de febrero de 1829”.

Bolívar dirigió al general Flores una carta fechada en Cumbal el 12 de marzo: “Diez mil millones de gracias, mi querido Flores, por tan inmensos servicios a la Patria y a la gloria de Colombia”. A la batalla siguió el Convenio de Girón. Mientras Bolívar sometía a los rebeldes de Pasto, situó su cuartel general en Buijo para recuperar Guayaquil, que fue entregada a Bolívar el 21 de julio de 1829. Luego vino el Tratado de Guayaquil, un Tratado de Paz, el 22 de septiembre de 1829, que ratificó la voluntad de mantener la paz y acordó que los límites entre los dos Estados serían Los que habían tenido los virreinatos de Nueva Granada y del Perú antes de su independencia, con las variantes que se admitieran para conseguir que la línea divisoria fuera “lo más natural, exacta y capaz de evitar competencias”. Bolívar entró en Quito el 20 de octubre, nombró a Flores Prefecto General Superior de los departamentos del Ecuador, Guayaquil y Azuay. Flores conservó, además, el mando del Ejército del Sur y la jurisdicción militar sobre el departamento del Cauca.

Era necesario recordar estos hechos a fin de comprender la importancia del triunfo en Tarqui para la defensa del Departamento del Sur y para apreciar la entereza de las Fuerzas Armadas del Ecuador en esa campaña decisiva que impidió que nuestra Patria quedara desmembrada para siempre sin Guayaquil ni Machala, sin Loja ni Cuenca. “Rey de los Andes, la ardua frente inclina/ que pasa el vencedor”.

Con estos magníficos triunfos se inició la trayectoria del Ejército y de Las Fuerzas Armadas ecuatorianas. Trayectoria que llega a la definición conceptual y jurídica en la Constitución Política de 1998: “Las Fuerzas Armadas tendrán como misión fundamental la conservación de la soberanía nacional; La defensa de la integriciad e independencia del Estado y la garantía de su ordenamiento jurídico”....

De esta concepción jurídica se sigue que la grandeza de las Fuerzas Armadas se deriva de su cuádruple misión: conservar la soberanía nacional, defender la integridad e independencia del Estado, garantizar el ordenamiento jurídico y colaborar en el desarrollo social y económico del país. A mi parecer estas funciones son intangibles y eternas, como la Nación misma.

Largo sería recordar aquí cómo las Fuerzas Armadas han cumplido con estas finalidades. Si Ecuador ha sobrevivido, en gran medida se debe al sacrificio y profesionalismo del Ejército y de las Fuerzas Armadas en general. Si el Ecuador ha progresado económica  y socialmente, ellas contribuyeron a este desarrollo. Si la soberanía nacional se ha mantenido a ellas se lo debe.

En la historia política, militar, económica, social y ética del Ecuador, ellas estuvieron presentes y a ellas se deben algunos de los adelantos más innovadores. También tuvieron días sombríos, también se apartaron de su misión de defender el ordenamiento jurídico, pero aun en estos casos - la mayor de ellos entendibles por las particulares circunstancias de la historia nacional y de lento proceso de maduración democrática-, las Fuerzas Armadas, al menos a lo largo del siglo XX y hasta nuestros días, cumplieron patrióticamente con el empeño de salvar la República y el Estado de mayores y graves males. En verdad, fueron pocas las intervenciones en que las Fuerzas Armadas rompieron, por pasión ideológica y por ambiciones personales de los jefes, el orden constituido. En la balanza de la historia nacional, el peso de lo positivo, constructivo, progresista y patriótico aportado por las Fuerzas Armadas es mayor que el peso de lo negativo.

De aquí que la relación entre lo que hoy se llama la sociedad civil y las Fuerzas Armadas haya sido de ordinario positiva y cordial. Y a partir de la restauración de la democracia en 1979 y de la indeleble victoria del Cenepa, esta relación llegó a niveles excelentes de respeto y de confianza. Nunca desde Tarqui, las Fuerzas Armadas, el Ejército, habían sido tan profesionales, tan respetadas y tan queridas por los ciudadanos y por la sociedad civil en su conjunto. Varias veces en círculos internacionales nuestras Fuerzas y nuestro Ejército fueron propuestos como modelo de lo que debían ser las Fuerzas Armadas dentro del Estado y en su relación con la ciudadanía.

La crisis que ha sacudido a las Fuerzas Armadas en el último año, se activó por la globalización. En una Tierra mundializada por el comercio y los medios de comunicación, la forma democrática de gobierno ha venido a ser un imperative categórico; el mercado, una condición insalvable; la defensa de los derechos humanos, el clima ideal; la lucha contra el terrorismo, la obligación histórica del momento. La sociedad civil ha madurado y ha ido asumiendo, en virtud de los avances y del vigor de la democracia, un papel fiscalizador y de guardiana de la Constitución. Este es un progreso notable. De ahí que la relación fuerza pública, Fuerzas Armadas, Sociedad Civil se plantee en nuevos términos y dé pie a nuevas exigencias.

Tal evolución democrática es buena y conveniente. Sin embargo, al emprender un camino nuevo y desconocido y quizás opuesto a la tradición militar, habrá que asumir la presencia de tanteos, desconciertos y desorientación. El progreso material, espiritual, democrático, y de maduración personal y de las instituciones es un proceso lento, lleno de tentativas y errores y aciertos.

En este contexto, es menester leer la última crisis de las Fuerzas Armadas y las críticas de la sociedad civil, que se vuelven más sonoras por la importancia y rapidez y universalidad de los medios de comunicación, y en ocasiones por el solo afán morboso de auto infringirnos daño. Y en esta materia, la sociedad civil debe obrar con prudencia y sin hipocresía. Cuando los militares, al menos en el siglo XX y XXI han intervenido en la política, lo han hecho o porque los políticos golpearon las puertas de os cuarteles, con adulo e intrigas, o porque los presidentes elegidos por el pueblo avergonzaron al país o lo llevaron a la ruina por su indecisión. Es absolutamente necesario que la sociedad civil y, más específicamente, los políticos, respeten la función de las Fuerzas Armadas y no les tiendan trampas para después con deslealtad acusarlas de intromisión política. La sociedad civil debe cumplir con la obligación constitucional de prestar el servicio militar, escuela de disciplina y de conocimiento del país real. Algunos críticos de las Fuerzas Armadas fueron los primeros en sacar a sus hijos del Ecuador cuando estalló el conflicto del Cenepa; con excepciones, solo los hijos del pueblo regaron su sangre generosa, sus angustias y vigilias, en defense de la integridad territorial. Hay que ser justos, no obrar con hipocresía y, si se exige a los militares, deben también cumplir los civiles con sus obligaciones.

Los jueces competentes determinarán la inocencia o culpabilidad de los oficiales denunciados en el último trimestre. Para mí, como ciudadano, como profesor universitario, como persona respetuosa de la condición humana y la norma constitucional, serán inocentes y contınuarán siéndolo, hasta que los jueces competentes dicten su veredicto. Pero como Presidente de la República debo velar por la armonía de la relación entre la sociedad civil y la sociedad militar y por este motive solicité la disponibilidad de la cúpula de las Fuerzas Armadas, salvo de la del Ejército que acababa de cumplir su designación legal.

Esta disposición de prudencia política, no me impide que exprese mi agradecimiento al Comando de las Fuerzas Armadas que acaba de ser relevado. El Comando fue leal al gobierno, obediente a sus autoridades, respetuoso de la Constitución en la esfera de lo político, y estuvo constituido por oficiales serios y honestos en el cumplimiento de llas obligaciones castrenses y responsables al montar una línea de vigilancia en la frontera Norte, en la Costa, en las selvas y en las aguas continentales e insulares. Mi agradecimiento para ellos y también mi admiración. Que hayan surgido acusaciones en su contra, júzguenlas los jueces correspondientes.

Lo que nos importa y obliga a todos es mirar el futuro, prepararse para servir mejor a la Patria, redefinir las relaciones castrenses para con la sociedad civil, aprender de los errores y responder con altura y heroísmo en estos momentos de vigilancia de la Frontera Norte.

Hago, por lo mismo, un llamado cordial pero muy serio a la sociedad civil para cerrar filas con las Fuerzas Armadas, de modo responsable y prudente, fraternal y afectuoso, a fin de formar un frente monolítico y solidario ante las amenazas de la frontera Norte, ante los amagos a la seguridad interna, ante los desafíos de la crisis económica, ante la injusticia de los retrasos sociales. Juntos, civiles y militares, con patriotismo, con decisión, con confianza mutua, con transparencia, con madurez para analizar las críticas, asimilarlas sin escandalizar y corregirlas, podemos construir una democracia real y marchar adelante en lo que todos buscamos: un Ecuador grande, libre, seguro, justo y próspero.

Al imponer la Orden Nacional de San Lorenzo, creada en ofrenda a los patriotas de 1809, la más antigua de América, conferida en el grado de Gran Cruz al Pabellón del Ejército nuestro, rindo mi homenaje al Ejército ecuatoriano en este su día clásico. Mi homenaje a las Fuerzas Armadas. Mi homenaje a la fuerza pública. Confío plenamente en las Fuerzas Armadas y estoy seguro de que, como acontece a las instituciones sólidas, grandes y vitales, saldrán mejoradas de la crisis descrita, para bien de las Armas de la República y para bien de todos y cada uno de los ecuatorianos. Repitamos, entonces, con orgullo y fervor patriótico el verso de Olmedo: “Rey de los Andes, la ardua frente inclina/ que pasa el vencedor”. El vencedor de Tarqui, del Cenepa, del desafío constitucional, de las exigencias de la sociedad civil. “Salud, oh claro vencedor

Fuente: http://www.fuerzasarmadasecuador.org/espanol/publicaciones/revistamdnmayo2002/art.reydelosandesmayo2002.htm

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