PARTE DE LA BATALLA DE TARQUI

Sello conmemorativo "Sesquicentenario de la Batalla de Tarqui". Aérea. D 2.278 (21.2.78) R.O. 539 (6.3.78). 1

República de Colombia.

El Jefe Superior del Sur. Cuartel General en Tarqui a 2 de marzo de 1829.—19°.

Al Excelentísimo señor Ministro Secretario de Estado del Despacho de la Guerra.

 

Mi último despacho para V. E. con detalles sobre movimientos militares, fue el diez y ocho del próximo pasado desde Guaguatarqui. Allí participé a V. E que el 21 de enero recibí las decisivas órdenes del gobierno para tomar el mando del Sur: que el 27 me incorporé en Cuenca al ejército, compuesto de seis batallones y seis escuadrones, con la fuerza disponible de tres mil ochocientos infantes y seiscientos caballos: que fui. reconocido en mi destino el 28: y que el 29 marcharon las tropas en busca del enemigo, cuyos cuerpos avanzados en escalones hasta Nabón a trece leguas de Cuenca, replegaron sobre Saraguro, donde nos encontrábamos el 4 de febrero, sin que ocurriera mas que un ligero encuentro de dos compañías nuestras, contra un batallón peruano, que fue obligado a pasar el río, y apoyarse del ejército enemigo, situado en impenetrables posiciones. Que en virtud de la autorización que recibí del gobierno, había entrado desde el 28 de enero en comunicaciones con el General La Mar, Presidente del Perú, y Comandante en jete del ejército invasor, con el objeto de entablar una negociaión, que pacíficamente terminara la guerra.: que para ello se reunieron comisionados el 11 y 12 en Saraguro y Paquishapa, los cuales nada arregaron por las exhorbitantes y ridiculas demandas del jefe peruano. Que el mismo día 12 supe que una columna de doscientos cincuenta infantes y cincuenta caballos conducidos por la vía de Yunguilla y Girón, ocuparon a Cuenca el 10 dispersando allí nuestros hospitales, a pesar de la vigorosa resistencia del General intendente a la cabeza de sesenta convalecientes: que sospechando por las observaciones en el campo contrario que se hacía algún movimiento, previne al señor General Flores, Comandante en Jefe, de hacer por la noche un reconocimiento; y que ejecutado por veinte soldados de Yaguachi, protegidos de la compañía de Granaderos del Cauca, y 4a de Caracas, lograron aquellos dispersar completamente los dos batallones peruanos 1° de Ayacucho, y No 8 que cerraban la retaguardia de su ejército, el cual marchaba en la  dirección de Yunguilla a Girón; y que por resultados de este triunfo, se le tomaron la mitad de sus municiones de repuesto, una porción de sus bagajes, algún armamento, y prisioneros, y destruídole dos piezas de batalla.

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Informé también a V. E. los motivos que tuve para no ejecutar un ataque por la espalda del enemigo, aprovechando tan importante suceso; y porque preferí al amanecer del 13 un movimiento retrógrado  sobre Oña y Nabon para salir el 16 a Girón, donde  debíamos  encontrarnos con la cabeza del ejército peruano, que se dirigía por nuestra derecha a Cuenca, a ponerse en contacto con sus tuerzas en Guayaquil, cortar nuestras comunicaciones, molestar al Departamento del Ecuador, y facilitar su correspondencia con los tumultuarios de Pasto. 

Monumento a la Batalla de Tarqui.

Le dije en fin, que sintiendo el enemigo nuestra llegada a Girón se detuvo en Lenta, a cuatro leguas, y corriéndose luego más sobre nuestra derecha, se situó entre aquel  punto y San Fernando, cortando los puentes del Ricay y Ahillabamba, lo cual lo colocaba en difíciles posiciones : que notando que excusaba combatir o precipitarnos a un encuentro sumamente desventajoso para nosotros, resolví ocupar la llanura de Tarqui, como lugar de donde podía observar sus maniobras; y que con estos motivos quedábamos el 18 en Guaguatarqui.

El 21 tuve avisos de que todas las fuerzas peruanas se concentraban en San Fernando, y que hacían reconocimientos sobre Baños a una legua de Cuenca, mientras nos distraían con otros reconocimientos por Girón. EL  señor General Flores se encargó de examinar el intento de éstos, y con una ligera partida atacó el destacamento que había venido, tomando prisionero a un oficial, matando algunos soldados, y dispersando el resto. En tanto ordené que el ejército retrogradase dos leguas más hacia Cuenca, v se situase en Narancav cerca de Baños, teniendo en este movimiento mayor consideración a las bajas que nos causaba el frío de Tarqui, que temores del enemigo; bien que nos importaba cubrir la ciudad de nuestros depósitos, y estorbar la comunicación de aquel con Guayaquil.

Permanecimos así a diez leguas distantes uno de otro, sin más novedad que la venida de un parlamentario con pretextos insignificantes y con el objeto de examinar nuestra situación: se lo noté, y lo devolví haciéndolo pasar por nuestros cuerpos, para que se convenciera de que apenas teníamos la mitad de fuerzas que el ejército peruano. El 24 supe que una columna de dos batallones, y un escuadrón enemigo al mando del General Plaza estaban en Girón: juzgué que sería un fuerte reconocimiento, porque no me persuadí que se avanzara sola esa división: pero el 25 hallándome con el General Flores, examinando por Tarqui la verdad, me informaron nuestras espías, que aún permanecía en Girón, y su ejército en San Fernando. El 26 resolvi atacarla, y nuestros cuerpos todos se pusieron en marcha a las tres de la tarde con tres mil seiscientos hombres de combate. Al comenzar nuestro movimiento sobrevino una fuerte lluvia, que apenas nos permitió llegar a Tarqui a las siete de la noche.

Dando un descanso a las tropas, tuve partes que la división del General Plaza estaba en el Pórtete de Tarqui a tres leguas de nosotros, y que el resto del ejército peruano llegaría en aquella tarde a Girón. Determiné dar una acción general, y el señor Comandante en Jefe dispuso que en lugar de las compamas de cazadores, que debían precedernos, lo hiciese un destacamento de ciento cincuenta hombres escogidos de todos los batallones, al mando del Capitán Piedrahita, apoyado del escuadrón Cedeño, para que preparase la función por una sorpresa: en esta forma continuamos la marcha a las doce de la noche.

A las cuatro y tres cuartos de la madrugada del 27 tuvimos que hacer alto a las inmediaciones del Portete, con. la primera división de infantería compuesta de los batallones Rifles, Yaguachi y Caracas, para esperar a la segunda y la caballería, que se habían retardado sobre manera, cuando una descarga del enemigo sobre el escuadrón Cedeño fue el primer aviso de que Piedrahita se había extraviado y perdido su dirección.

La posición del Pórtete de Tarqui es una alta colina con una quebrada a su frente que no permite el paso sino hombre a hombre: a su derecha (izquierda nuestra) unas breñas escarpadas del más difícil acceso, y a su izquierda un bosque todo cortado, por entre el cual está el desfiladero para Girón, y que es lo que propiamente llaman el Portete. La división del General Plaza ocupaba la colina y las breñas de su derecha, dejando como impenetrable el bosque de su izquierda por la dificultad del paso de la quebrada. Comprometido el escuadrón Cedeño en esta peligrosa situación, fue necesario sacarlo y protegerlo con el pequeño batallón Rifles constante apenas de trescientas cincuenta plazas. La falta de suficiente claridad y las dificultades naturales, redujeron a este cuerpo a entrar al combate sin el orden debido y a quedar sólo más de un cuarto de hora: el mal se aumentó con la llegada del destacamento del bizarro Piedrahita, porque nuestros soldados sin conocerse se hicieron algunos fuegos: mas disipada un poco la obscuridad, pudo reconocerse la posición, y destinarse la compañía de cazadores de Yaguachi por nuestra izquierda, mientras el señor General Flores con el último resto de este batallón y el de Caracas penetraba por el bosque de la derecha y formalizaba el ataque.

El batallón Yaguachi había pasado la quebrada reforzando a Rifles, y batido ya la división del General Plaza, cuando apareció sobre la colina una fuerte columna conducida personalmente por el General La Mar que restableció instantáneamente el combate. En este momento mataron el caballo del General Flores y al remontarse se reunió conmigo, cuando disponía el paso del batallón Caracas. Entrando éste al fuego, se presentaron subiendo a la colina los batallones peruanos Pichincha y Sepita de la división de Gamarra. con este General a su frente; y ya fue comprometida totalmente la batalla, entre mil quinientos soldados de nuestros tres batallones y un corto escuadrón, contra cinco mil hombres de la infantería enemiga. La resistencia de esta se hacía fuerte sobre las breñas de nuestra izquierda, cuando apareció la cabeza de nuestra segunda división bastante distante del lugar del combate. Se le ordenó abreviar su marcha; y que de paso reforzara con una compañia de cazadores a la de Yaguachi, lo cual ejecutó con el más grande acierto el Coronel Manzano, Comandante del Cauca.

Reunidos Caracas y Yaguachi con Rifles, y dominando ya nuestros cazadores las breñas de la izquierda, se precipitaron simultáneamente a la carga, a la vez que lo hacía el escuadrón Cedeño bajo la dirección del Coronel O' Leary. A este ataque violento todo plegó; y a las siete de la mañana no habían más peruanos sobre el campo de batalla: la fuga fue su única esperanza, y arrojándose por el Portete al desfiladero de Girón hallaron allí su sepulcro. El Comandante Alzuro a la cabeza de Yaguachi los perseguía infatigablemente, y encontrando en su tránsito al General Cerdeña con un fuerte cuerpo rehecho, lo cargó solo con sus gastadores, y los destruyó en el acto. Del batallón Caracas, una parte con su denodado Comandante Guevara, siguió a Yaguachi, imito con el pequeño escuadrón Cedeño, conducido ya por el Coronel Braun, mientras que el resto con Rifles recogía ios fugitivos de la colina por los bosques y pantanos de su espalda.

Destruido ya el ejército peruano, y mientras se aclaraban nuestros flancos, mandé un oficial de E. M. donde el General La Mar (que con sus restos de infantería, con toda su caballería y artillería se hallaba situado en la llanura al salir del desfiladero) a ofrecerle una capitulación que salvara sus reliquias, por que satisfecha la venganza y el honor de Colombia, no era el deseo del gobierno, ni del ejército derramar más sangre peruana, ni combatir sin gloria. El General La Mar contestó pidiendo las concesiones que se le harían y los comisionados, que estipulasen la negociación. Fueron a ello el General Heres y Coronel O' Leary.

Se suspendió en tanto la persecución, cuando el enemigo había perdido entre muertos y heridos, prisioneros y dispersos, más de dos mil quinientos hombres, inclusos sesenta Jefes y Oficiales; y dejado por despojos, multitud de armamento, cajas de guerra, banderas, vestuario, etc. El campo de batalla era un espectáculo de horror: mil quinientos cadáveres de soldados peruanos han expiado en Tarqui las ofensas hechas por sus caudillos a Colombia y al LIBERTADOR ; y talvez los crímenes del 2 de Agosto de 1810 en Quito. Llenando las órdenes del gobierno de no abusar en ningún caso de la victoria, reduje mis instrucciones a los comisionados, a las bases que en tres de febrero se propusieron en Oña al General La-Mar, cuando me pidió las condiciones sobre que Colombia consentiría en la paz. Juzgué indecoroso a la república y a su Jefe, humillar al Perú después de ' una derrota, con mayores imposiciones que las pedidas cuando ellos tenían un ejército doble en número al nuestro; y mostrar que nuestra justicia era la mismo antes, que después de la batalla.

Los comisionados peruanos observaron al cabo de muchas discusiones, que su Jefe declaró en las contestaciones de Saraguro, "que las bases de Oña eran las condiciones que un ejército vencedor impondría a un pueblo vencido, y que no podrían convenir en ellas".  Ya era tarde cuando se me dio esta respuesta ; y la devolví con el ultimátum, de que si no las aceptaban al amanecer del día siguiente, no concedería luego ninguna transacción, sin que a las bases de Oña, se agregara la entrega del resto de sus armas y banderas, y el pago efectivo de todos los gastos de esta guerra.

A las cinco de la mañana del día 28 se apareció en nuestro campo un Coronel del E. M. peruano, solicitando de parte de su General la suspensión de toda hostilidad; y que para comprobar su anhelo de una transacción, me pedía que yo que conocía todos los Jefes de su ejército nombrase los dos que más me inspiraran confianza de su buena fe, para que fuesen sus comisionados. Contesté que cualesquiera eran para mí iguales; pero que en Paquishapa había indicado mi deseo de que el General Gamarra fuera uno de los negociadores.

A las diez de la mañana se reunieron en una casa intermedia de los dos campos los SS. General Flores y Coronel 0'Leary con amplios poderes, por nuestra parte; y los Generales Gamarra y Orbegoso por la del Perú. Después de largos razonamientos en que sobre todo se reclamó la indulgencia y generosidad colombiana, y los intereses y fraternidad de americanos, se firmaron los tratados que ayer incluí a V. E. en copia, y de que acompaño ahora uno de los originales habiendo remitido el otro al Ministerio de Relaciones Exteriores, por cuyo órgano he recibido algunas comisiones relativas a las cuestiones con el gobierno del Perú.

Esta mañana se han puesto en retirada desde Girón, como dos mil quinientos hombres del ejército peruano, resto de ocho mil cuatrocientos que ellos mismos confesaron espontáneamente haber introducido en el territorio de Colombia; y no vacilo en asegurar a V. E. que en el estado de desmoralización e indisciplina en que esta derrota va poniendo las reliquias de nuestros invasores, apenas mil soldados repasarán el Macará.

En tanto nuestras pérdidas en la espléndida victoria de Tarqui, y a quienes lloramos como los mártires de la venganza nacional, consisten, en cincuenta y cuatro muertos y doscientos seis  heridos: entre los primeros están el Comandante del escuadrón Cedeño José María Camacaro, y su segundo el bravo Comandante Nadal, que murió cargando con su cuerpo contra las fuerzas de la colina: el Comandante Vallarino, segundo del Yaguachi, que persiguiendo con admirable audacia se adelantó solo, y tomado prisionero fue luego degollado por los enemigos junto con el Comandante Camacaro: los tenientes Pérez, Avila y Santa Cruz; y los subtenientes Pinto, Carrillo y Triana, que con sus vidas han sellado su patriotismo y su arrojo en los combates. Entre los segundos se hallan los capitanes: Bravo, Méndez y Hernández: los tenientes Sotillo y Silva y los subtenientes Alvarez, Gil y Casanoba que son dignos de un especial nombre.

Es inútil hacer recomendaciones por la conducta del señor General Flores, gallardo en todas ocasiones y señalado siempre. Yo aproveché del mejor momento de la batalla para nombrarlo sobre el mismo campo General de División, y para expresarle la gratitud de la República y del gobierno por sus servicios. El señor General Heres se ha recomendado por una admirable serenidad en los riesgos de esa jornada. Los Generales Sandes y Urdaneta han desempeñado sus deberes en toda la campaña. Los Coroneles Cordero, 0'Leary, Brauun, León y Guerra, se han distinguido, el primero y último por la escrupulosa exactitud, el uno como J. de E. M. G., y el segundo como J. de E. M. de la primera división, y los otros, tres por un valor eminente. Los Comandantes Alzuru. y Guevara han mostrado un arrojo y entusiasmo singular. Mis ayudantes el Coronel Wright y los comandantes Rivas y Montúfar desempeñaron sus funciones al tanto de mis deseos, y el último recibió una fuerte contusión. Los del General Flores, comandantes Pacheco, Bravo, Sucre y Capitán Portocarrero merecen una expresa mención. Es adjunta la relación nominal de todos los oficiales recomendados por los cuerpos y a los cuales como a los demás que lo han merecido por sus trabajos en la campaña, he dado a nombre del Libertador Presidente las recompensas debidas. Si estos guerreros han derramado su sangre por la Patria, y sufrido gustosamente todas las penalidades por vengar a Colombia de los ultrajes de sus enemigos, no ha sido menos su entusiasmo por sostener el honor del ilustre Bolívar, insultado por ingratos y desleales.

Treinta días de campaña del ejército del Sur, han hecho desaparecer los aprestos de dos años, y las amenazas con que el Gobierno peruano invadió a Colombia; y dos horas de combate han bastado para que mil quinientos de nuestros valientes hayan vencido todas las fuerzas militares del Perú. Ojalá que esta lección dolorosa sea motivo para que concluyamos una paz inalterable, y para que el respeto a la independencia de cada estado, sea la base fundamental en política de los gobiernos americanos.

Al ofrecer al gobierno los frutos de esta victoria, réstame manifestar las protestas del ejército del Sur, de conservar por sobre todos los riesgos el honor y la integridad nacional; y que los  batallones Cauca, Pichincha y Quito, y los escuadrones 2°, 3° y 4° de Húsares, el de Granaderos y el del Itsmo, que sólo han sido testigos de la batalla de Tarqui, ansian por ocasiones en que justificar con su sangre este sentimiento de fidelidad a su patria. Los pueblos del Sur merecen una encarecida recomendación del gobierno, por sus sacrificios para llevar al cabo esta guerra, en que estaban comprometidos los intereses y el decoro de Colombia; pero la provincia de Cuenca es digna de un recuerdo particular, por sus esfuerzos generosos y heroicos sosteniendo el ejército.

Los resultados de la batalla de Tarqui y de la campaña de treinta días, son importantes a la República ; y excede de toda expresión el placer de mi alma, tributando una victoria como mi homenaje, al momento de pisar la tierra patria, después de seis años de ausencia, sirviendo a la gloria y el lustre de sus armas.

Dios guarde a V. E.

Antonio José de Sucre.

 

 

1 Fuente foto: http://www.correosecuador.com/paginas/1979.htm  

2 Fuente foto http://www1.ecua.net.ec/batalladetarqui/htm/galeria.htm      

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