La Moral de la Abogacía.

 

 

MORAL DE LA ABOGACÍA.1

Mayo de 1951

Por Dr. Leonidas Ortega Moreira.

Señores:

Honrosa designación, la que me hizo el Consejo Universitario de esta ilustre Universidad, de que dicte una conferencia científica en esta sesión que abre solemnemente el Curso Lectivo de 1951-1952.

Recomendable habría sido a tal entidad que escogitara persona más caracterizada por su talento y conocimientos, para este acto, dada la trascendencia de la sesión y la relevante personalidad de los asistentes y por ello, cuando fui notificado con la designación, mi primera intención fue la de excusarme de aceptar el encargo, mas como estos mandatos son por naturaleza indeclinables, me vi en la forzosa situación de aceptarlo y realizar todo mi esfuerzo para que ésta, mi conferencia, no desdiga de la magnífica elevación académica, que ha sido la tradición característica de las sesiones inaugurales de cursos en esta, por mil títulos, doctísima Universidad de Guayaquil.

Fácil habría sido desempeñar mi cometido, disertando sobre cualquier tema de las disciplinas científicas que he enseñado y enseño en la Universidad, más probablemente ésta mi conferencia, sólo habría despertado el interés de los estudiantes de Derecho y Jurisconsultos aquí presentes, mas no del resto de la concurrencia, no menos distinguida que aquellos y por eso busqué afanosamente un tema que, siendo de interés general, me brindara el placer y honor de cautivar la atención de todos Uds.;  y resolví tratar sobre la Moral de la Abogacía, porque los postulados de esa Moral, son aplicables, más o menos con las correspondientes modificaciones de detalle, a la generalidad de las actividades humanas, concernientes por tanto a todos los que me escuchan; y, porque, habiéndose expresado públicamente por cierto distinguido orador en funerales realizados hace pocos días en esta ciudad, que según Vaz Ferreira, la profesión de la Abogacía es intrínsecamente inmoral, juzgué de mi deber salir por los fueros del honor y moralidad que tiene esa profesión que con cariño la abracé y con orgullo la ejerzo, no obstante de que fueron salvados virtualmente por el orador, al hacer la afirmación de que el homenajeado durante su vida profesional ejerció la abogacía con la limpidez de una conducta sin mácula y una conciencia sin vacilaciones, ya que si un solo individuo, que los hay muchísimos, fue capaz de ejercer la profesión de la abogacía, con manos y conciencia inmaculada, ello demuestra que la profesión es intrínsecamente moral y no inmoral; y lo que habría que hacer es luchar porque se rectifique el incorrecto ejercicio de la profesión que hubiera podido dar margen al principio de la cita o referencia y eregir en paradigmas de la majestad y elevación con que debe ejercerse la profesión de la Abogacía a las personas que la desempeñaron o desempeñan con probidad, abnegación y pureza de conciencia.

Las exigencias de la vida, cada día más imperiosas y la clamorosa competencia profesional, librada, incluso, subrepticiamente por personas que no tienen la facultad legal de ejercer tal profesión, pero que encuentran frecuentemente el patrocinio y apoyo de los que sí la tienen, ha venido plasmando en la conciencia de algunos Abogados el concepto pane lucrando de que para triunfar en esta profesión, entendiendo el triunfo como el obtener de ella lo necesario para vivir, hay que servir irrestrictamente los intereses y aspiraciones del cliente, cualquiera que sea la moralidad o justicia de ellos o medios que pudieran ejercerse para su consecución, concepto que es estimulado por el público mismo, que a la postre sufre sus consecuencias, porque día a día ese público abandona los bufetes en donde se rinde culto a los dictados de la moral y de la Ley, para ir a engrosar la clientela de aquellos en que el interés y aspiración del cliente, no siempre justos, ni morales, encuentran la energía y conocimientos de un hombre, que por las 30 monedas de Judas,que con escarnio se atreve a recibirlas con el nombre de "honorario", vende su conciencia y prostituye la excelsitud de una profesión, tan estricta y elevada, que le exigió para admitirlo en ella, que demuestre la probidad y buena conducta de su vida.

Y es este aberrado concepto de la profesión y ejercicio de ella, el que ha dado margen para que eminentes pensadores como Vaz Ferreira y el ilustrado orador que lo citó, afirmen el denigrante concepto de que la Profesión de la Abogacía es intrínsecamente inmoral, concepto que está en pugna con la real esencia de dicha Profesión.

Instintivamente el hombre es impelido por una fuerza interior a defender al débil, al que es injustamente atacado, vilipendiado, etc. ¡Cuántas veces al ver atacada una mujer o un niño, no nos hemos apersonado vehementemente a la defensa de ellos, haciendo de causa ajena, causa propia! En los pueblos antiguos como Grecia y especialmente entre los Hebreos, el reo era conducido a través de las ciudades, rumbo al lugar de su pena y cualquier ciudadano tenía el derecho, en ejercicio de ese instinto piadoso, de defender al débil, de izar su pañuelo, en señal de que deseaba verificar la defensa del sindicado y acto inmediato éste era retornado, para dar lugar a la realización del propósito del ciudadano, que sobre sí quería tomar la dignidad de la defensa.

Cuando la vida social se complicó y el derecho devino consiguientemente más complejo, la cuestión relativa a la defensa, ya no pudo ser relegada a la espontaneidad de cualquier piadoso ciudadano y surgió entonces la institución de la Abogacía, como profesión estable y remunerada. En Atenas, el primer Abogado que se estableció como tal, en forma regular, exigiendo honorario a los clientes por sus servicios fue Pericles, iniciándose con él, la costumbre de hacerse asistir ante el Areópago y los demás Tribunales por oradores especializados, habiendo Solón reglamentado el ejercicio de la profesión, dándole tan grande importancia, que la revistió hasta de caracteres religiosos.

En Roma, durante mucho tiempo, la defensa del derecho de las personas estuvo a cargo de los Patronos y fue Tiberio Coruncano, el que por primera vez estableció en esta Ciudad, en forma regular y pública el servicio de la Abogacía, para todos cuantos quisieran ocuparlo y el que así mismo por primera vez, en esta Ciudad, admitió cobrar honorarios por sus defensas. La Profesión en Roma fue severamente regulada por las Leyes, al igual que lo realizado por Solón en Atenas.

Tanto en Grecia como en Roma, la profesión de la Abogacía, por la dignidad de su ejercicio y la elevación moral de los que la ejercieron, llegó a concitar el respeto y consideración de los pueblos; y, en Roma se llegó a establecer que el nombramiento de los Pontífices debería recaer sobre los Abogados y fue tan elevada, imparcial y sabia la obra de los Jurisconsultos Romanos, que por decisión de Adriano y una Constitución de Teodosio, sus opiniones o dictámenes llegaron a tener fuerza de Ley, constituyendo fuente del Derecho Romano, bajo el nombre de "Responsa prudentum", que debía ser acatada por los Jueces, a quienes no les era permitido separarse en sus fallos de tales respuestas.

Si la situación de la Abogacía, en los pueblos que constituyen la cuna de nuestra civilización, fue majestuosa, respetable y considerada, la que tiene esta Profesión en los pueblos modernos, no va a la zaga y antes por el contrario va a la delantera. El Estado moderno establece Universidades, muchas de ellas gratuitas, con el objeto de preparar a la juventud, en el arduo y difícil papel que debe desempeñar el Abogado; establece por regla general el exclusivismo de la defensa judicial de los derechos a favor de los Abogados, profesión que en su ejercicio es rodeada de toda clase de garantías y todo ello porque considera que las funciones del Abogado, no son intrínsecamente inmorales, sino que por el contrario tienen una esencia eminentemente moral y de derecho público, de igual naturaleza que las temporánea, que sobre ella Carnelutti ha dicho:

"Cuando los Abogados son verdaderamente buenos, si no excluyen atenúan la necesidad de los Jueces, temo en cambio que los Jueces, aunque sean excelentes no sirvan casi nada en lugar de los Abogados. En todo caso la obra de los Abogados es requerida y debe penetrar donde no puede seguramente llegar la acción del Juez. Lo cierto es que el Abogado constituye una especie de insubstituible órgano periférico de la administración de justicia. Representa algo así como el tacto de la Justicia".

Y, los Abogados son buenos, dignos de llamarse tales, cuando al interpretar la Ley se constituyen en órganos de la conciencia social, como dice Federico de Savigni, cumpliendo los preceptos de probidad, desinterés y moderación: trípode de cualidades morales sobre el que descansa el honor, grandeza y majestad de la profesión de la Abogacía y de las cuales se deducen las reglas concretas de moral profesional.

La probidad o sea la bondad, rectitud de ánimo, hombría de bien, integridad y honradez en el obrar, obliga al Abogado a lo siguiente:

En primer lugar, a considerar que desde que decidió arrumbar su vida por los campos de la jurisprudencia, hasta el final de ella, se obligó a estudiar constante y perpetuamente la totalidad de los fenómenos o hechos que la realidad de la existencia social pudiera presentar, porque siendo el derecho según Jhering una especie de manto de garantía que cubre y protege todas las instituciones y hechos que surgen en la vida social, la probidad ordena que quien públicamente ofrece sus servicios de defensor del derecho, esté preparado para poder hablar y escribir a título de Abogado de sus clientes, sobre todo cuando, constituyendo materia del derecho, pudiera ser objeto de litigio; por tanto el Abogado debe prepararse en las más variadas disciplinas científicas y vincularse con intensidad a la complejidad de la vida social, a fin de estar en aptitud de defender a cabalidad la variedad de derechos que pudieran presentársele y no dar margen a lo que frecuentemente sucede de que muchos derechos se sacrifican por la falta de visión o preparación de sus defensores.

En segundo lugar el Abogado debe caracterizarse por poseer una exquisita y fina sensibilidad moral, tan grande como su talento, pues la capacidad intelectual y la preparación científica ajenas a los dictados de la moral, son el peor don que la vida pudiera otorgar,tanto al individuo como a la sociedad en que vive, por los grandes daños que esa inteligencia y preparación, sin las fuerzas controladoras de la moral, pudieran producir.

El Abogado debe recordar constantemente en su actuación profesional, que en ella debe ser órgano de la conciencia social y que funciones de los Jueces y Magistrados de quienes son auxiliares en la Divina Misión de hacer Justicia sobre la tierra y es tan grande y majestuoso el papel que la Abogacía desempeña en la vida social con su destino primordial es defender el derecho y la justicia y no los intereses, no siempre justos, ni morales de sus clientes.

Cuando un cliente demanda los servicios del Abogado, éste debe tomar el caso como base para meditar sobre la solución justa y moral del caso, comunicársela al cliente y comprometerse con éste a poner todo su esfuerzo y energía profesional para que triunfe esa solución concebida por él; y, si el cliente no la admitiera deberá preferir que éste lo abandone, antes que irse contra su propia conciencia; pues, como dice Ángel Osorio, el Abogado no debe jamás pasar sobre un estado de conciencia personal, porque la conciencia y pensamiento del Abogado son para su cliente y no las de éste para aquel.

En tercer lugar: La probidad aconseja al Abogado a observar estrictamente el secreto profesional y en el ejercicio de su ministerio debiera cumplir el juramento de Hipócrates, que prestan y cumplen los Médicos en el ejercicio de su profesión:

"Mi boca no dará a conocer lo que mis ojos hayan visto y lo que mis oídos hubieran percibido. Mi lengua callará los secretos que me hubieren confiado'' porque sin ese secretismo absoluto los clientes no tendrían la confianza de revelarles plenamente los detalles circunstanciales de sus problemas, tan necesarios para determinar la solución justa y moral, única cosa a la que deberán comprometerse en el ejercicio del augusto ministerio de la Abogacía.

En esta forma el secreto profesional, tendiendo a facilitar el ejercicio correcto de la Abogacía, es una institución de derecho público, con el doble carácter de derecho y de deber: de derecho en cuanto facultad y deber en cuanto es una obligación, con las circunstancias de que como derecho no puede ser renunciado por su carácter público y como deber no puede ser dispensado ni por sus propios clientes, porque no ha sido establecido en interés de ellos únicamente, sino también en el de la sociedad y de la Abogacía, como institución que interesa que esta profesión esté siempre rodeada de las garantías y prestigio necesarios para su correcto ejercicio.

Y, el secreto profesional, no sólo está circunscrito a lo que el cliente le hubiera expresado o enseñado mediante sus documentos, pues se extiende a todo aquello que terceros, o la parte contraria, le hubiera manifestado con motivo de las conferencias tendientes a realizar una transacción que fracasó o se llevó a cabo y aún más a lo que el Abogado hubiere sorprendido a través de involuntarias o indiscretas declaraciones de la parte contraria o de su defensor.

Y, es tan absoluta y estricta la obligación del secreto profesional que el Consejo de Disciplina de Caen, con motivo de cierta consulta que se le hizo, resolvió que no es lícito al Abogado denunciar a su cliente que le hubiera consultado sobre el propósito de cometer algún delito, ni aún con el objeto de salvar a la posible víctima, pues lo único que le cabe hacer en tal caso, es influenciar en el ánimo de su cliente para conseguir privadamente que desista de su propósito criminoso.

En cuarto lugar, el Abogado, ya sea en su papel de defensor o Magistrado del Poder Judicial, frecuentemente tiene que juzgar de la moralidad de los actos de su cliente y por ello en su vida pública y privada debe ser modelo de honestidad y corrección, porque sin estas características, no pudiera estar en aptitud de verificar tal juzgamiento y si por excepción lo estuviera, sus juicios carecerían de la necesaria autoridad moral, siendo la razón por la cual se exige como requisito para ser admitido al ejercicio de esta profesión, que el postulante compruebe su buena y acrisolada conducta, características que deberán ser las eternas compañeras de su vida, sobre todo mientras ejerza el sublime y majestuoso apostolado de la Abogacía.

La segunda característica moral del ejercicio de la abogacía, es el desinterés o sea el desapego al provecho personal, próximo o remoto, que pudiera producirse como consecuencia de su intervención, pues la razón de ser de esta profesión y de los privilegios que le otorga el Estado, es el servicio y realización primordial del Derecho y de la Justicia.

Si en esta profesión se permite el cobro de honorarios, es con el objeto de asegurar la continuidad y permanencia de los abogados en el servicio de la Abogacía, porque sin tales honorarios tendrían que obtener los medios de subsistencia en el ejercicio de otras actividades, con perjuicio de la especialización, necesaria en profesión, tan compleja como es la defensa del derecho, honorarios que, de ninguna manera deben ser tomados como objetivo primordial de la profesión, como el "locatio rei conductio", del derecho romano y constituir finalidad en el ejercicio de esta profesión, cuyos miembros no deben tener como ideal el destacarse en la vida por la cuantía de los bienes de fortuna, sino por el altruismo de su existencia, en el servicio de los altos intereses de la justicia.

Lo relativo a honorarios es tan secundario en esta profesión, que hay países como Bélgica y Japón, en que no constituye un derecho del abogado su percepción, sino acto espontáneo del cliente, una donación que le hace el cliente, que honra a quien la otorga, en la misma forma en que se honra quien la recibe.

Como el interés por lo regular nubla la conciencia y la razón, en algunos países las Codificaciones de Moral profesional del Abogado, preceptúan que cuando el abogado es interesado directo en lo que es objeto del litigio, debe confiar la defensa de su derecho a un colega, de la misma manera que el Médico cuando su propia persona o un familiar suyo enferma, llama a un colega para que lo atienda, por estimarse que el interés, como decía hace un momento, obnubila la conciencia moral y ofusca el entendimiento y porque la firma de un abogado en un escrito judicial debe ser la presunción de la justicia de la causa, presunción que no existiría si es la firma del propio interesado en el juicio o demanda, la que autoriza la petición al Juez.

En virtud del mismo principio moral de desinterés en la causa, muchos países del orbe prohiben el pacto de "quota litis", conservándose así la tradición romana de honestidad en el ejercicio de la profesión.

En nuestro país, se ha suprimido recientemente la prohibición legal de ese pacto, pero todo Jurisconsulto debe recordar las palabras del ilustre Paulo del Derecho Romano "Non omne quod licet honestum est" (no todo lo que es lícito es honesto), para no celebrar pactos de esta naturaleza que se oponen a la moral profesional, porque allí donde el Abogado espera un porcentaje o cuota de lo que se obtenga en el litigio, lejos de defender la realización de la justicia, frecuentemente se irá contra ella para servir su propio interés.

La tercera cualidad moral que debe caracterizar el ejercicio de la Abogacía es la moderación, porque el Abogado es rueda intermediaria de la administración de la justicia, colocada entre el cliente, lleno en muchísimas ocasiones de ese arrebato y pasión que el interés produce y que impide el imperio de la razón, que es justicia y moralidad y la majestuosa serenidad de magistrado que fría y desinteresadamente y sin pasiones pronunciará la voz del derecho.

El Abogado debe ser prudente en sus juicios y en sus actuaciones profesionales, moderando constante y permanentemente su acción o voluntad y sujetándola a la voz de la razón, que es como decía, justicia y moralidad.

Debe tener presente que en el ejercicio de su augusto ministerio la única arma que tiene a su disposición y puede esgrimirla, en el cumplimiento de su excelsa finalidad de ser órgano de la conciencia social, en la divina función de producir y alcanzar la justicia en la tierra, es la palabra hablada o escrita con las sublimes características preceptuadas "Suaviter in modo, fortitum in re" (Suave en el modo y fuerte en el argumento) y concisión del discurso eludiendo la vana palabrería, porque las palabras generalmente son como las hojas, que cuando abundan poco fruto hay entre ellas, no siendo en consecuencia lícito para el Abogado, descender a efectuar por sí   mismo los actos coercitivos, que el derecho reconocido por la magistratura requiere para su realización, por incompatibles  con la majestad y dignidad de la profesión de la Abogacía.

Debe en su práctica profesional observar el sabio precepto aristotélico de portarse con moderación en próspera y adversa fortuna, sin ensalzarse, ni humillarse; sin alegrarse del éxito, ni apesadumbrarse por el fracaso; sin importarle que le alaben ni vituperen, ya que su único respaldo debe ser su propia conciencia, la convicción personal de la justicia de la causa que defiende.

Debe observar los preceptos del Poeta: Conservar la calma en la borrasca; confiar en sí cuando todos duden de él; disculpar con magnanimidad los exaltados errores; esperar sin cansarse en la espera; y, perdonar las injurias sin mancharse en ellas.

Debe tener presente que para la realización de sus funciones o sea en la lucha por el imperio del derecho y la justicia, ninguna ventaja significa la sátira mordaz, la invectiva, el insulto y si actitud de esta naturaleza se realizara por parte contraria, no debe retaliarla porque como Esteban Douglas lo dijo en el Congreso Norteamericano, una persona no debe responder expresiones que, como caballero, no fuera capaz de proferirlas. ..

Y, finalmente, debe recordar que si todos y cada uno de los que ejercen el augusto ministerio de la Abogacía, cumplieran con los principios morales de probidad, desinterés y moderación, enunciados en esta conferencia, el público lo consideraría como por naturaleza, es intrínsecamente moral y nadie se permitiría denigrarlo, calificándolo de inmoral.

He dicho

 Fuente: Un hombre para recordar. Leonidas Ortega Moreira: Su trayectoria y  Obras 1911-1987 Edit. Artes Gráficas Senefelder 1988

 

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