Cartas  Riobambeñas  Carta Octava

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Dr. Eugenio  Francisco Xavier De Santa Cruz y Espejo.

Sobre mi inocencia oprimida

 Riobamba y Marzo veintisiete de mil setecientos ochenta y siete. Dilectísimo Petrimetre:   Con sangre en vez de tinta debía escribirte el asunto de esta carta.

 Cada vez que vuelvo los ojos a los felices días de mi infancia, a los cultos instantes de mi pubertad, a los años floridos de mi juventud, compadezco mi suerte, y la lloro con despecho. Nací hermosa, me creí discreta, viví entendida, y admiré en la inocencia. No la he perdido, la mantengo, y ella me asiste con constancia. La gracia bautismal me rodea por todas partes, sus aguas de salud todavía me tienen mojada la cabeza. La sal que me introdujeron en la lengua aun se mantiene en la sabiduría de mis labios; y el crisma santo no ha padecido la menor alteración en mí. Con toda esta mi santidad, ¿yo vivo oprimida, y mi inocencia padece los inventos de mis molestos adversarios? Estoy por adivinar la causa que los incita a este furor, y no hallo otra sino la que Dios quiere dar realce y méritos a mi virtud, poniéndola a la prueba de las contradicciones, y en el crisol del padecer! Alabada sea su Providencia! Bendita para siempre su misericordia! Quizá mi bondad padecería sus quiebras, en el curso de una virtud aplaudida; quizá la vana gloria sería entonces el cruel ladrón que robase el tesoro de mis virtudes y de mi mérito. Bien haya la vida ¡nocente, que es oprimida: ella se asegura sus triunfos, ella vive en la paz de su Dios consolador. Bástame aún, no haber dado motivo a los susurros públicos, a las murmuraciones del vulgo, a la maligna observación del pueblo. He vivido sin dar escándalo, y antes he edificado a mi Patria con mi inocencia. Nada basta; ella está oprimida, y los que la oprimen convierten en vicios mis virtudes !

 Oh gente esta tan de mal juicio, y tan malvada! El amor al prójimo, me lo quieren hacer pecado.

Dónde vivimos muy dilecto? Unos paseos de caridad, una comunicación de llaneza, un trato de amable sociedad, un gusto depurado de la amena conversación, y el uso honesto, pero dulce de una mesa, y un mismo lecho: cata allí lo que me imputan a mal. Estos herejes, bien se ve, que no saben lo que es virtud; y por eso son tan rígidos y la pintan áspera, desapacible y cruel. Con razón hay tan pocos que la sigan. En medio de esto confieso, que aunque es grande la que tengo, es mayor la de mi Vargas. La consecuencia se infiere de que si por la mía ha sido mi inocencia, medianamente oprimida, la de mi Vargas lo ha sido más; o para hablar como se debe, en grado heroico. Debe de ser él mucho más inocente que yo, y por eso padece más. Antes sí, yo nada padezco, y él todo lo padece. Los celos, los temores, y otras cosas más domésticas y de virtud. ¡Oh inocencia perseguida! ¡Feliz el que vive distante de los ojos que la emponzoñan! Con todo eso, no son todas las inocencias, ni todos los ¡nocentes oprimidos. Ve allí la inocencia de nuestro amable Cabrera sin atribulación alguna, y por decirlo así, en el seno de la paz. Ve allí al mismo Cabrera: ninguno más inocente que él, y nadie se acuerda para perseguirle. Ah! No es fortuna para todos. No se ahora si sucediese lo mismo, si Lucero iluminase aquella inocencia, como vida mata los alegres ratos de la mía. Oh! qué diversa suerte corremos las dos Manuelas! Yo por las recomendaciones de mi sexo, de mi alto nacimiento, de mi discreción v de mi hermosura, soy desgraciada. Ayl pero a Dios tenemos las buenas e ¡nocentes! Además de eso, mi inocencia es amparada por ti, mi amable Porote. Excita con ella la piedad de los jueces, evita que se sorprenda la Religión de los Magistrados; obten un más glorioso triunfo, y enseña moderación y buena fe a todos los que componen la cébala unida contra mí. Sobre todo te pido, para que luzca mejor mi inocencia, recabes el que me dejen aquí en Riobamba, y mucho más, el que manden los jueces que Vargas no se aparte ni un momento de esta villa. Entonces por más que grite, la cabala, ya me dijo Cabrera lo que ella era, se verá cuál es mi inocencia oprimida a todas luces. En este caso daré pruebas constantes de que Vargas no es bueno, ni para mi cocinero, en calidad de amasio; pero que es óptimo para todo en virtud de cortejo; pues que según el gusto moderno de las amables modas, no puede carecer de él una Señora como yo, del mayor esplendor, una Niña sin apoyo, y que merece sin duda un trato muy diverso del de las antiguas riobambeñas. Las cosas están en su lugar; pero no equivoquemos los nombres y los oficios. Cortejo puede ser Vargas decentemente; y lo es mío, sin pecado venial; pero eso de Amasio no le sería en la palabra, por vida mía. Basta que nuestro amable Darquea no quisiese ser alcalde ordinario de esta villa, por solo que lo había sido Vargas, reparando en que no tenía la cara prieta, como este, para su sucesor. Cepeda, en esto parece que no tuvo mucha razón; pero ellos se juntan, se aman y se defienden: el Diablo que los entienda. Viniendo a mi inocencia, digo que tampoco entiendo, como ella está oprimida. Yo vivo en mi casa, como en ella, y en ella duermo con toda libertad, extendiendo bien el cuerpo, como si fuese soltero. No dejo de reir algunos momentos, y otros tomo el caballo rosillo, y marcho alegre para Guano. Temo, de cuando en cuando, que me lleven a un monasterio, y temo otras ¡guales adversidades mientras que no pienso en ti. Luego que vienes tu a mi consideración, y luego que me acuerdo que tú dices: que si alguno de mis opresores quisiere ofenderme, tenga entendido que él se habrá buscado, por su mano, los golpes que le has de dar, me lleno de seriedad, y tranquila paso del temor a la amable seguridad. Básteme, pues, tener en mi favor ese tu brazo fuerte, constante y poderoso para que mi inocencia no se llamara oprimida. ¿Hay algún vasallo, que debajo la inmediata protección de su Rey se halle oprimido? Y habrá Manuelita Monteverde con toda su inocencia oprimida, cuando hay en el mundo Marcos Papeles? Y cuando tú protestas que les has do enseñar moderación y buena fe a todos los que componen la cabala unida contra mi? Vaya, pues, que por este principio, ya no está mi inocencia oprimida. Si acaso se llama así, porque mi marido me ha dejado, esto más parece vivir libre y sin opresión. Mucho tiempo hace que vivo así, y que se separó mi vida, no pudiendo sufrir pacientemente mi inocencia. Si esta me dice oprimida, por lo que habla el vulgo, y hecha a mal las buenas acciones, ya no me da de esto mucho cuidado. La fama mala no es una opresión, antes sí es un principio seguro de amable libertad. La buena reputación sí, que es una tortura del gusto, y la cadena en cuyos eslabones gime la sociedad. De allí han venido tantos atroces delitos ocultos, y el mayor de ellos la hipocresía. Rota esta cadena, ¡ay qué dulce goce de albedrío! Así, mi dilectísimo Perote, deja, deja que Ciro triunfe en lograr la sentencia de divorcio. Será mi beneficio, que él la consiga, si tú al mismo tiempo obtienes que yo quede con libertad. En lo demás, no te mates por tu vida. Acá ya van entrando mis paisanos en la ciencia de conocer cuál se llama la inocencia oprimida, y hallan que no es rara en la provincia esta inocencia. Todo está en no dar a las cosas los significados modernos. Nosotros que los comprendemos, hablamos de otra manera, y con propiedad, que es lo mismo que decir caritativamente. Los demás ignoran este idioma literato, como lo vas a ver por el siguiente suceso. El clérigo Rolando dio las mejores muestras de su gran juicio, el año pasado, en días semejantes a éstos. Reía sobre los desconciertos de los hombres, y otras veces los lloraba noche y día; llegó a aborrecer a su madre con justicia; rompió papeles públicos en el cabildo; no dormía y gritaba toda la noche; no comía del todo, o engullía de más a más, y hacía otras acciones, que los demás hombres no hacen. Pero admira la picardía de estos crueles  riobambeños, que viendo estas operaciones del mejor juicio, dieron en levantarle al pobre Doctor Rolando el testimonio de que se había vuelto loco. Ya no había otra voz, ya no corría otra fama, en los corrillos, en las tertulias, en la lengua de la nobleza, y el pueblo: loco, loco, loco es Rolando. Pero Dios que vela en la conservación de la buena fama de todo mortal, aunque sea pródigo de ella, y la bote ventana abajo, suscitó tres excelentes protectores de la del clérigo Rolando, que fueron: Cepeda, Vallejo y Vargas. Lugar como éste, decían ellos, no se ha de ver tan falto de caridad. Que insolencia, clamaba Copada, llamar locura los perpetuos gritos de Rolando! Esto no es más que ensayar la voz para ejercer el oficio de predicador. Qué picardía, continuaba Cabrera, juzgar que la multitud de especies disparatadas, que profiere Rolando, manifiesta el desconcierto de su razón, cuando eso no es más que poner en acción la memoria y apurarla, para que en los casos urgentes, socorra con oportunidad y con presteza. Así la ejercito yo, y esto me vale en las tertulias. Hay tal tontera, añadía Vargas, hacer loco a Rolando porque corre por las calles? De esa manera, nadie más loco que yo, que he corrido tanto mundo, y he sido liebre corrida. Como Riobamba es tan frío. Rolando sale corriendo por las calles a calentar los pies. No he visto hombre más juicioso, replicaba Cepeda. No he tratado sacerdote más cuerdo, reponía Cabrera. No he experimentado juicio más honrado, razón más ordenada, ni inocencia más oprimida, decía mil veces mi Vargas; y todos juntos trataban de que el Doctor Rolando volviese por su crédito, y ocurriese a tu amparo, a tus arbitrios, y a tu jurisprudencia, mi dilectísimo Perote; mucho más cuando a este loco le habían hecho esas coplas que te incluyo, y en las que te ofrece, mi inocencia oprimida la esperanza de ser algún día, de una vez con toda el alma, Tu Maliciosa. 


 

*foto:  http://icci.nativeweb.org/

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