En alas del recuerdo —genio tutelar que vigila y guarda el sagrado depósito de las tradiciones— rasguemos el espacio que nos divide de los comienzos de nuestra vida política; surquemos el fragmento de eternidad que se dilata entre la generación de hoy usufructuaria de los altos bienes de la Libertad y de la Democracia,y las generaciones que se ofrecieron en holocausto para que esos bienes desciendan sobre nosotros; y, entonces, habremos de confundirnos, en respetuosa admiración, con aquellos momentos épicos que tienen toda la grandiosidad de lo sublime, ora se anuncien por las dianas de la victoria, ora signifiquen las convulsiones de titánicas luchas, o las sombrías incertidumbres que dejan en los ánimos más bien templados los reveses de la Fortuna o la suerte inconstante de las armas.No eran tiempos aquellos —y falta aún mucho para que advengan en toda su plenitud— tiempos propicios a que el derecho, por la sola virtualidad de su contenido, pudiese proyectar sobre todos su sombra protectora y benéfica; ni cabía se barruntase siquiera una forma de organización apta para que se cumpla la justicia y todos los intereses se hallen representados, y la personalidad humana obtenga cabal e inequívoco reconocimiento. Qué utilidad tendría la conquista, sin las encomiendas, opinaban los juristas que aconsejaban a la Corona, lo que equivale a decir: ¿de qué sirve el poder, sin la esclavitud que se forja entre sus tentáculos de acero? ¿de qué la fuerza, si no es omnipotente en sus caprichos?, ¿de qué la superioridad de la raza, de la cultura, de la inteligencia, si no conduce al señorío sobre los débiles, los atrasados, los rezagados en el arduo peregrinaje humano?.El triunfo del espíritu sobre las pasiones; de la democracia sobre el despotismo; de la libertad sobre la servidumbre, compendia y traduce la obra de la civilización; mas ese triunfo no llega a su apogeo sin la abnegación y a veces el martirio de quienes por sentir intensamente su misión providencial de guías y conductores de pueblos, danse por entero al servicio de tan augustos fines.El héroe lo es tal, no sólo por las hazañas que realice, ni por el éxito que obtenga en sus empresas; lo es principalmente por el ideal ético, de justicia, de solidaridad que va como diluido en todas y cada una de sus empresas, aromatizándolas con el movimiento excelso que les comunica su alma fundida en el crisol de los altos destinos.Anhelos incontenibles de libertad; nobles rebeldías ante los excesos de la administración de los delegados coloniales; protestas viriles que turbaban el indiferentismo metropolitano, suscitando la lección homicida de las represalias y toda suerte de medidas violetas que se enderezaban a destruir en su cuna los conatos de emancipación; de antiguo habían prendido no sólo en el corazón de los quiteños sino en todos los núcleos sobre los cuales levantarían en el futuro su pedestal de gloria las jóvenes nacionalidades. La luz de la filosofía humedecida en las lágrimas románticas de Rousseau vibraban en la enseñanza de los precursores, y por medio de ellos había penetrado en lo íntimo de las entrañas ciudadanas, no en forma de discusión retórica, no en apariencias de raciocinio que discurriese fríamente por las severas líneas de la dialéctica, sino como un movimiento instintivo de resistencia; como ansia de expansión hacia formas de vida más altas y humanas, ansia que tarde o temprano rompería los muros de la ciudad indiana para hacer ondular sobre sus derruidos bastiones el evangelio anunciador de los derechos del hombre.Nariño en Nueva Granada, Miranda en Venezuela, Espejo en Quito, tienen la visión profética del continente americano: por sus venas discurre un impulso de redención que salvadas las épocas y las distancias es el mismo que otrora guió a los comuneros españoles a demandar el respeto a sus inalienables fueros, y empujó a la plebe romana desde las llanuras del Lacio a las cumbres del Aventino, para contemplar desde arriba despectivamente a sus tiranos. Las insurrecciones caen despedazadas unas tras otras; mas el intento persiste, porque traduce una necesidad de la evolución humana; la sociedad generará luego sus instrumentos providenciales; irá atesorando en su fecundo laboratorio, poderes ocultos de creación, fuerzas incontrastables para tallar por su medio, en la ruda roca del pasado, la patria moderna, la que aspira a fundarse sobre la igualdad y la justicia.Los héroes auténticos, si aparentemente denuncian una antítesis con el medio que les engendra, en realidad hunden las raíces de su persona en la arcilla de la colectividad que les diera el ser, constituyéndose y, cabalmente por eso mismo, en sus más leales y vigorosos intérpretes Por esta comunión sustancial con el grupo, por éste nutrirse de la misma savia, ellos han el poder de encauzar el rumbo de los torbellinos humanos, los cuales de buen grado siguen la huella que les abre su planta luminosa. A favor de esta identidad de anhelos y esperanzas, de visiones y de instintos supremos, ensayan remover las lindes que amojonan y circunscriben el pensamiento de sus contemporáneos, haciéndoles coincidir con las que les descubre su pupila audaz de lectores del Universo y escrutadores infalibles de los destinos que se mueven en sus arcanos insondables. La vida al ascender a las formas excelsas de los ideales, no pierde su originalidad ni los distintivos que le corresponden; y más bien se diría, que esos ideales son el instinto popular depurado y transigurado a imagen pensamiento —flor purísima de la vida individual— que sin embargo lleva en su composición íntima el secreto de las emociones primarias de nuestro ser.Bolívar fue el genio representativo de nuestra independencia. Su alma turbulenta y apasionada le advierte muy luego de la misión histórica que está llamado a desempeñar: a lo más recóndito de su reino interior llega la voz de las generaciones desaparecidas, como un mandato sagrado de redención. En su fantasía de luchador heroico, fulge el centelleo de todas las epopeyas que ilustraron la historia del poderío español. Inevitable escalar sus breñas de granito, cruzar la selva frondosa y bravia si la gran epopeya debía llegar a feliz y unitario desenlace.Quien sino Sucre era el predestinado a tomar sobre sus hombros tan gigantesca y arriesgada empresa, por su pericia y denuedo en las campañas; su sagacidad de Jefe; su visión sintética y magnífica de las contingencias de la guerra, hábil en domeñarlas y convertirlas en siervas sumisas de sus planes estratégicos? ¿Quién sino Sucre podía responder a tan augusto llamamiento, identificado como él estaba con el pensar y el genio del Libertador? Así lo comprende Bolívar y con visión segura decide la marcha del abnegado General, a continuar la campaña del Sur. Guayaquil recíbele con ardoroso entusiasmo, aclámale con frenesí propio de su patriotismo, y de quién ostentaba sobre su frente los laureles inmarcesibles de Octubre: entrégale el inmortal tesoro de su juventud; las riquezas de su pueblo laborioso; las joyas de sus cofres, su abnegación, su valor y su energía.El ínclito soldado que había acreditado su 'arrojo y su destreza en los años de servicios prestados a la revolución desde 1810, combina todos los elementos de que dispone, en planes de combate que hacen honor a la ciencia militar. Después de triunfar en Yaguachi y Riobamba, dirige sus huestes aguerridas a enseñorearse de la antigua capital del reino del Quito, librando la más bella jornada de la Homérica Colombia, la jornada de Pichincha.Inmensa es la deuda de gratitud que nuestro pueblo tiene contraída para con el invicto Mariscal. El es su progenitor heroico; los acentos de agonía con que sucumben las víctimas del Año Diez cruzan el ambiente inflamado por 12 años de luchas y sacrificios convirtiéndose, al conjuro de su voz, en himno de victoria. Al evocar el nombre egregio de este soldado de la democracia, la admiración y el amor se entrecruzan y confunden: admiración que suscita el fuego de los volcanes; amor que despiertan las innúmeras virtudes que, como en alcázar propio anidaron en su corazón, que lo fue también de nuestra patria, en flujo y reflujo de afecciones que hicieron del uno la prolongación de la otra. Nunca se ahondará lo suficiente en el Universo moral que llevaba en sus adentros nuestro Libertador, porque hay allí veneros inexhaustos de virtudes, de bellas cualidades morales que hacen de su vida un acorde inefable, trasunto de las excelsas supremacías de la especie, fundidas en aquella armonía superior que fue el sueño de los pensadores griegos. Vencedor, hizo gala de generosidad con los vencidos: recuérdese cómo se condujo con los prisioneros españoles en Cartagena; como respetó en la capitulación de Pichincha el decoro de sus adversarios. Recuérdese el tratado sobre regularización de la Guerra, celebrado el 25 de noviembre de 1820, que hizo exclamar a Bolívar, el biógrafo eximió del General Sucre: "Es digno —el tratado— del alma del General Sucre; la benignidad, la clemencia, el genio de la beneficencia lo dictaron; él será eterno como el más bello monumento de la piedad aplicada a la Guerra; él será eterno como el nombre del Vencedor de Ayacucho".Aquí en Quito, el más alto testimonio de sus glorias, fundó su hogar, rindiendo sus laureles a las castas, inefables emociones de esposo amantísimo; y entre los muros de esta casa deslizáronse sus bellos ensueños de paz y de ventura, como sonriente promesa de felicidad a discernirse el día en que cumplidos los deberes para con la Patria, pudiera restituirse a la santidad de los afectos familiares, único galardón que él ambicionaba por sus servicios en pro de la Independencia. Porque de todos los Generales de Colombia, cuando muchos deslumhraban el brillo de sus hazañas con el vaho de malsanas ambiciones, él pasó por el escenario en que le cupo actuar sin que se empañe la pulcra nitidez de su conciencia de estadista. Ante su elevada estatura moral, la venganza perdía su acento enloquecedor de sirena del mal y del delito, y nada pudieron los dorados y falaces hilos de la intriga frente a la rectitud inquebrantable de sus procedimientos.Grande en el pensamiento y en la acción. Grande en la virtud; Grande inmarcesible en el recuerdo que la gesta heroica de su vida dejó inscrito en el corazón de la América Española. Por su grandeza, y en fuerza de ella, la perfidia afiló sus puñales en la sombra; buscó la complicidad de la montaña para desgarrar el corazón de América en desgarrando el de uno de sus hijos más • preclaros.Oh epílogo inconcebible para una vida consagrada por entero al servicio de sus semejantes. El, que tantas veces perdonó a sus , enemigos sus intentos homicidas, y se sobrepuso a la ley, sólo para protegerlos a pesar de la ley misma; que cediendo a los impulsos de su generosidad, convirtió en ciudadanos a quienes quisieron asesinarle, verificando esa transformación que sólo el poder de la Clemencia, en asocio con la austera virtud republicana pueden realizar, no encontró manera de que se le perdone su grandeza.Cuando el crimen tuvo su consumación siniestra, caen en el silencio de la selva un hombre y una patria: el mismo puñado de tierra cubrirá sus restos venerandos. La bandera de Colombia, hecha girones, será el sudario que envuelva los despojos de una entidad política que se fundara en el prestigio de los héroes que la soñaron, la presintieron, la adivinaron quizás, y el cuerpo del Abel de América. Resultado fue más bien que principio de la descomposición que desintegraba el vasto organismo sobre el cual no alumbraba ya la estrella de Bolívar, que hundía sus últimos fulgores en las soledades de Santa Marta.Al ponerse el último sol de la centuria que presenció atónita la perpetración del crimen, paréceme que se alza allá lejos en la encrucijada de Berruecos su noble figura de patricio en ademán de perdón para sus enemigos. Paréceme que se ofrece como símbolo de expiación a la culpa de una época que tuvo toda la inocencia de la tragedia, cuando camina a ciegas el destino; paréceme que nos dejara un testamento de unión, un mandato de armonía que se apoya más que en las frágiles y deleznables formas que mantienen las estructuras políticas, en la comunidad de tendencias, en la irresistible atracción de afinidades que juntaron manos y heroísmos: aspiraciones y recuerdos, himnos y plegarias en las lejanías de la historia, denunciando la unidad invisible que los dictaba con soberano imperio.El Comité "4 de Junio" que me ha honrado sobremanera, al darme el encargo de dirigiros la palabra en esta ocasión, cree interpretar el sentimiento público colocando esta lápida en la casa que habitó el ilustre General Sucre con la sencilla inscripción que ella ostenta, para recuerdo de todas las generaciones.En la conmemoración luctuosa del Centenario de su muerte las Repúblicas Bolivarianas y las demás naciones de América vienen a presentar su homenaje de adhesión a la memoria del vencedor de Pichincha. Oh! manes augustos del invicto Mariscal. Ante vosotros desfilan reverentes las banderas del nuevo mundo en conmovedora peregrinación de hondo y sincero afecto. En cada una de esas banderas adivínase un corazón nacional, que palpita en ella y por ella, y de cada corazón mana una fuente inexhausta de admiración, de patriotismo, que viene a rociar con piedad filial el lugar que os sirvió de asilo después de la victoria emancipadora.Confúndanse hoy nuestras banderas ya que antes se confundieron nuestras espadas: unidas como rayos de una misma luz irradiarán perennes auroras de concordia, vibrarán en un sólo pensamiento americano que sea el reflejo y la síntesis de los pensamientos patrios; puesto que la naturaleza unió los destinos de estos pueblos, no los separe nunca la obra artificiosa de los hombres.He dicho.4 de Junio de 1930 |