El montuvio en la literatura 1

Por : José de la Cuadra.

En cierta zona geográfica de la actual literatura ecuatoriana -la literatura es, ciertamente, un país-, ha obtenido carta de naturaleza el montuvio, al punto y extremo de desplazar, ya que no de excluir, a los otros personajes, quedándose a ocupar preferente sitio.
Adviértase este predominio de los temas campesinos en la producción última de la intelectualidad guayaquileña.
El dolor del montuvio, sus amores, sus odios, sus ansias rijosas, sus atorbellinados instintos, la tragedia de su vida de explotado secular, todo lo que a él alude o atañe invade la literatura reciente, manifestándose en ella con el idioma de los protagonistas.
El arribo del montuvio, su ingreso franco entre los seres literarios, marca una etapa trascendental y de gran valor en nuestra literatura. Señala el principio de esta época el tiempo en que se le reconoció al montuvio su categoría humana; se le estudió entonces, trayéndole, sin bufonadas, al campo literario. Tenía, de antiguo, un mensaje que decir y sólo ahora se le ha permitido pronunciarlo. Antes su figura fue exhibida caricaturizada, en bufonadas, en farsas, ridiculizado, como un muñeco para diversión de ciertas gentes. Como a un mono de jaula se le hacía gesticular ademanes ridículos, propiciadores de la carcajada; falseado, contrahecho, cosa inservible a no ser para juguete animado, andábase vergonzante, arrebujado en su pocho, colgando el machete como rabo de perro atemorizado, por entre las páginas de libros barrocos.

No creo que en los autores que de tal modo desfiguraban al montuvio hubiera la intención personal y consciente de injuria definitiva, de empequeñecerlo, de inutilizarlo. Más aún; pienso que tales escritores lo amaban a su manera. Su amor, sin embargo, no hundía raíces en el conocimiento pleno que el amor requiere para serlo de veras. Amor es conocimiento. De cierto. Y esos literatos ignoraban; de buena fe, pero ignoraban. Se les haría quizás dolorosa la constatación de las realidades ambientales. Su liberalismo sencillo, que daba el tono a todas sus expresiones, sin exceptuar la literaria, por supuesto, pugnaría con la revelación flagrante de la horrorosa verdad campesina. Y entonces fabricaban un montuvio cabotino, cuyo rol apayasado no escondía siquiera el consabido drama íntimo del clown que llora risas y sonríe lágrimas.

Su montuvio, el de ellos, era un hombrachón macizo, bien alimentado, limpio de cuerpo y alma; miserable pero satisfecho; sin ambiciones, contento de su sino, en paz con la vida, tranquilo y sereno; y el cual, a mayor abundamiento, hablaba una jerga enrevesada y pintoresca, de lo más apropiada para el chiste por contraste.

Este Adán agreste, tan próximo a los días del paraíso, respetaba las cosas hechas, sentía el tabú religioso y se conformaba con el orden blanco. Hacia el porvenir, avanzaba de espaldas, con el rostro vuelto a un pasado que ni siquiera era suyo.
¿Cabía encontrar más adecuado engendro para los fines de una literatura que sin ser aún metrópoli pretendía ya de colonizadora?
Los autores del hallazgo experimentaron hasta agotarlo a este tipo de su creación, cuya novedad, por lo demás, no es del todo aceptable; pues no se vacilará en afirmar que posee un frondoso árbol genealógico con entronques en los varios sectores del campesinado español.
Literatura sin malicia la de aquellos escritores, podría salvarse por eso, si no fuera demostrable que, aunque aparentemente espontánea, obedecía en lo profundo a una línea directriz de la lucha social que incidía tan alma adentro del escritor, tan en lo abisal de la subconsciencia, precisamente donde libra sus escaramuzas iniciales la conciencia colectiva en gestación, ora sea de grupos mayoritarios, ora de grupos minoritarios, que ni el propio escritor se daba cuenta exacta de que era, no más, peón de ajedrez, pieza movida, sujeto a voluntades ajenas a la suya que reputada de libérrima... Esto en un porcentaje elevadísimo.
Literatura sin malicia, infería, empero, mal de tarda reparación.

Literatura sin malicia, resultaba deletérea. En su atmósfera moría una realidad y nacía, concebida en veneno original, una mentira convencionalizada.

El montuvio auténtico perecía ahogado en la marea literaria; pero la literatura, como el mar los despojos, devolvía recreado un montuvio distinto, hecho tan a lo extraño que nadie de los suyos lo habría reconocido si hasta ellos hubiera llegado con su existencia imaginaria de protagonista, con su sangre de tinta de imprenta. Pero nuestro campesinado no sabía leer. Y no ha aprendido todavía.
Aquellos escritores de la invención montuvia, respondían con su modalidad a una acción de influencia, ni declarada ni obvia, pero no por ello menos poderosa, de la organización estatal vigente.

Siempre los escritores son exponenciales, y esos no se diferenciaban del común.
Por medio de ellos respiraba el humus de los estratos sociales donde se elaboraba, a la sazón, como ahora, el proceso de mantenimiento, el sistema de estabilización en acuerdo con las orientaciones deseadas por las oligarquías dominantes.
El autómata montuvio desarticuló movimientos, para recreo y solaz barato del lector ecuatoriano noventa por ciento, durante largo tiempo.
Es de suponer que acabó por creerlo como vivo y como real o, cuando menos, como simbólico. Ese muñeco revestía las formas más sugestivas, encuadradas dentro de las normas establecidas. Dejábasele en ocasiones remontarlas, justamente para gozar la victoria de regresarlo a sus mesuras. Consentíasele, con frecuencia, ser un tanto individualista y un tanto anárquico (anarco-individualista), pero era para saborear el gusto agridulce de tomarlo en chanza.

Facultábasele el escuderaje, mas no la caballería. Sucedía con él lo que con esos toros a los cuales se enrabieta agitando delante de sus ojos trapos de colores, sin jugarles suerte alguna. Abandonábaselo a situaciones desairadas ante el presunto civilizado, cuya civilización presunta vencía siempre (¿y cómo no?) a la presunta barbarie. Su experiencia se derrotaba frente a la ciencia (?) patronal y, cuando conseguía algún triunfo, así fuese insignificante, lográbalo a costa de amarguras insólitas, trasegadas en vaso de burlas...
Mientras su malhado doble literario derivaba hacia todos los rumbos, el auténtico montuvio continuaba, como hasta hoy, arrastrando una existencia de lo más próxima a la animalidad elemental.

Claro está que su advenimiento verdadero, su venida tal como es, y nada menos que tal como es, a una literatura sincera, no lo ha redimido; pero, en cambio, lo ha descubierto en su integridad humana y lo ha mostrado como irredento.
Y esto sólo bastaría para justificar toda una literatura...

Se ha querido ver en esta literatura un mero movimiento tendencioso. Tendencioso, no más. Ni siquiera, por algunos, se le concede una beligerancia ancha; reduciéndolo a la mezquindad de guerrilla de francotiradores en la campaña por la sociedad nueva.
Leal o velada, el arma que esgrime para desprestigiar dicho movimiento anuncia, sin duda, en quien la emplea, una posición de lucha, voluntariamente adoptada en contra de aquel. Por ventura, la estrategia es vieja, se delata a primera vista y no entraña un peligro considerable. El desacreditar para combatir es modo que se ha desacreditado a su turno. Nadie se aflige por eso.

Sin embargo, tienen parte de razón quienes atacan al movimiento, alegando su tendenciosidad. Sólo que esta calidad le es inherente y, bajo cierto criterio, constitutiva: lo busca deliberadamente, con ánimo esencial de hacer revolucionarismo. Habrá escritores en quienes no habrá el propósito. Por lo general, lo está. Pero donde alienta su fuego es en el contenido mismo. En la cuestión tratada. En la materia prima. Sin afán propagandista, la simple exposición de la verdad campesina entraña la denuncia y llama a la protesta.

(No discuto que, en determinados respectos, eso concluya en consecuencias más radicales aún. Es cierto también que, para algunos espíritus, más que un manifiesto dialéctico antibélico, pesa una fotografía del campo inmediatamente después de la batalla).
La peligrosidad, pues, reside, como si dijéramos, no en el escritor, sino en aquello sobre qué escribe.

Nadie negará que para la literatura revolucionaria no es indispensable el montuvio. La literatura revolucionaria puede existir sin el montuvio. Lo que ocurre es lo contrario: que el montuvio no puede vivir, literariamente, fuera de la literatura revolucionaria.
En 1936, escribe De la Cuadra un breve ensayo, "El montuvio ecuatoriano", donde resume el conocimiento general que ha adquirido de su país y de la vida montuvia:

"Podríamos decir que la zona montuvia es aquella regada por los ríos litorales y sus inextricables afluentes, muchos de los cuales confluyen en el Golfo de Guayaquil.

"...De buena tierra tropical a veces jamás cultivada, virgen o casi virgen, refrescada de agua pura corriente, mojada de aguaceros, la fertilidad de la zona es asombrosa.

"...El cacao, el caucho, la tagua, etc., se encuentran silvestres.
"...La costa tenía cacao: su "cacao Guayaquil", preferido para las elaboraciones de lujo, suplicado por Suiza e Italia.
"...En 1915, cuando la producción de cacao rebasaba el millón de quintales, apareció la enfermedad de la "la monilla", a la que, años después, sigue la "escoba de la bruja". ...Por su causa la producción de cacao ha rebajado hasta el cuarenta por ciento, y aún menos todavía, de lo que antes era... Si a esto añadimos que la cotización en sucres ecuatorianos ha descendido, y que el sucre se ha depreciado, se verá mejor el alcance de la crisis sufrida por el Ecuador, con tremenda incidencia en la zona montuvia...

"La prostituta montuvia, cuando lo es de veras, se enorgullece de serlo y reclama una posición de machismo donjuanesco: Ella es quien elige. La mujer montuvia, cuando está en el agro no busca en la prostitución salidero a su mala situación económica. Sacada de su ambiente, en las ciudades, sí busca ese salidero. Acude a la prostitución como una cura de hambre: los burdeles citadinos costeños, en especial los de Guayaquil, consumen mucha carne montuvia, reclutada máxime entre las domésticas traídas desde las haciendas por sus patronos, prostituídas por estos y abandonadas después...

"Menos densa que la serrana, la populación litoral no se concentra en ciudades. Es predominantemente aldeana y rural. La única agrupación urbana de primer orden es Guayaquil."

1: Artículo publicado por José de la Cuadra en el número 115, Noviembre de 1933, en "La Revista Americana de Buenos Aires". Éste es por tanto un texto anterior al extenso ensayo sobre el montuvio, que el autor publica en 1936.


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