Por esa
época y bajo inspiración del Gral. José María
Urbina, organizó sus
primeras guerrillas para combatir al gobierno, e intervino en el
movimiento revolucionario de mayo de 1865, en Guayaquil, que culminó
con el triunfo gobiernista cuyas fuerzas,.dirigidas
personalmente por García Moreno, derrotaron en Jambelí a los
revolucionarios poniéndolos en fuga.
Alfaro
logró escapar a Panamá donde estableció su residencia y en 1872
contrajo matrimonio con la Srta. Ana Paredes y Arosemena. Durante su
permanencia en Centroamérica se dedicó nuevamente a las actividades
comerciales importando y promocionando los sombreros de paja toquilla
elaborados en Manabí, los que gracias a su esfuerzo lograron fama
internacional, aunque fueron conocidos como «Sombreros de Panamá».
Pudo así acumular una gran fortuna que puso a disposición de la causa
revolucionaria. Por esa época protegió y apoyó -eficaz y económicamente-,
al notable escritor y filósofo ambateño
Juan Montalvo, publicando en
Panamá la primera edición de su célebre obra
«Las Catilinarias»
Volvió
al Ecuador poco tiempo después del
Asesinato de García Moreno ocurrido el
6 de agosto de 1875, e inmediatamente se dirigió al nuevo gobierno
presidido por el Dr. Antonio Borrero solicitándole la convocatoria a
una Convención Nacional. Al no ser aceptada su petición empezó a
conspirar para fraguar una revolución que debía estallar el 5 de mayo
de 1876, pero esta fue descubierta y tuvo que escapar nuevamente para
evitar ser aprehendido.
Durante
cuatro meses permaneció oculto hasta que el Gral. Ignacio de
Veintemilla
se levantó en armas contra el gobierno. Volvió entonces a la lucha y
bajo las órdenes del Gral. Urbina tuvo destacada participación en los
combates de
Galte y Los Molinos, en los que el
triunfo de los revolucionarios sirvió para llevar al poder al Gral.
Veintemilla.
Posteriormente,
y a causa de una publicación titulada «El Ejemplo es Oro», y que
firmada por Montalvo llamaba la atención a las actuaciones de
Veintemilla, éste desató una implacable persecución en contra de los
liberales, por lo que fue capturado y mantenido en prisión durante
largo tiempo, hasta finalmente ser desterrado a Centroamérica.
Allí
permaneció varios años hasta que estalló en Esmeraldas la revolución
del 6 de abril de 1882. Volvió entonces al Ecuador y luego de
participaren algunas acciones de armas en que fue derrotado, tuvo que
abandonar una vez más el país hasta el año siguiente en que regresó
y fue proclamado Jefe Supremo de Esmeraldas y Manabí.
Durante
la campaña de la «restauración» en contra de la segunda dictadura de
Veintemilla, unió sus fuerzas a las del Gral. Francisco Javier Salazar
que avanzaba desde la sierra hacia Guayaquil donde el dictador se había
hecho fuerte, y luego de sitiar la ciudad asistió a todos los combates
que culminaron el 9 de julio de 1883 cuando las fuerzas veintemillistas
capitularon y el dictador huyó hacia el Perú.
Tres
meses más tarde, la Asamblea Nacional Constituyente reunida en Quito
-pese a estar conformada mayoritariamente por sus opositores políticos-,
en acto de verdadera justicia le confirió el grado de General de la República.
El 18 de
febrero de 1884 se inició en el Ecuador el período llamado ( Progresismo,
cuando el Dr. José María Plácido Caamaño -elegido por la Asamblea
Constituyente-, asumió la Presidencia de la República; pero cuando
este, sin considerar que para su elección había contado con respaldo
de los liberales, adoptó una política garciana opuesta a los
principios de la revolución, se produjo la indignada reacción de los
liberales que inmediatamente comprometieren al Gral. Alfaro para que
acaudille la oposición.
Comandó
entonces una serie de conspiraciones y movimientos revolucionarios en
las provincias de Manabi, Guayas y Los Ríos, donde se levantaron las
famosas «montoneras» que fueron perseguidas con ferocidad y dureza por
las fuerzas del gobierno.
Uno de
los episodios culminantes de su campaña en contra del gobierno de Caamaño
fue el célebre
Combate Naval de Jaramijó librado entre
el 5 y el 6 de diciembre de 1884, cuando a bordo del buque
Alajuela enfrentó a las naves
gobiernistas «9 de Julio» y «Huacho». Derrotado en desigual combate,
y después de ordenar que la nave sea incendiada para que no caiga en
manos del enemigo, se arrojó al mar aferrado aun barril y luego de
varias horas pudo al fin llegar a la playa, agotado por el terrible
esfuerzo de mantenerse a flote; pues no sabía nadar. Inmediatamente
tuvo que huir para evitar ser capturado por las fuerzas del gobierno.
«Escapó
soportando grandes penalidades, pasando por Colombia hacia Panamá.
Entonces el Ecuador se dio cuenta que Alfaro era un soñador y
un héroe, y desde ese momento el alfarismo creció rápidamente
en el país, aunque los conservadores intentaron desprestigiarle
llamándole peyorativamente El General de las Derrotas» (A.
Pareja D- idem).
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Alfaro
se radicó nuevamente en Panamá donde permaneció hasta 1888 en que
finalizó el gobierno de Caamaño. Volvió entonces para participar en
la lid electoral, pero a pesar de haber recibido el respaldo
multitudinario de los pueblos de la costa y especialmente de Guayaquil,
el triunfador fue el Dr. Antonio Flores Jijón, por lo que para evitar
nuevas persecuciones por parte de los «progresistas», partió de
inmediato hacia los Estados Unidos, pasando por varios países
centroamericanos en los que tuvo la oportunidad de hacer amistad con
notables personalidades como José Martí y Antonio Macedo, ideólogos y
caudillos de la libertad de Cuba.
A
principios de 1895, al denunciarse La Venta de la Bandera
se desató contra el gobierno del Dr. Luis Cordero una reacción
populara través de diferentes movimientos armados suscitados en todo el
país, que luego de la renuncia del presidente culminaron en Guayaquil
-el 5 de junio- con el triunfo de la
Revolución Liberal y su proclamación
como Jefe Supremo de la República.
Al
recibir en Managua, Nicaragua, la noticia del triunfo liberal y de su
proclamación como Jefe Supremo, envió al Sr. Ignacio Robles -Jefe
Civil y Militar de Guayaquil-, un expresivo cablegrama en el que, entre
otras cosas, le dice:
«Gloria
a Dios y honra al pueblo ecuatoriano por su elevado civismo...
el programa de mi gobierno será de reparación, nunca de
venganza, nada de resentimientos... Dios y Libertad» (El
Telégrafo, junio 5/49, p. 14, R. Rites M.). Pocos días
después -el 19 de junio- llegó a Guayaquil donde fue recibido
apoteósicamente.
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Inmediatamente
hizo un llamado a la paz y la concordia nacional, pero el Dr. Vicente
Lucio Salazar -Encargado del Poder ante la renuncia del presidente
Cordero-, no hizo caso de sus requerimientos y por el contrario se
preparó para enfrentar con las armas al movimiento liberal, encargando
el mando del ejército al Gral. José María Sarasti, quien a más de su
gran experiencia militar contaba con superiores recursos en armas y
hombres. A pesar de estar en desventaja, Alfaro avanzó con sus fuerzas
hacia la sierra y venció a las gobiernistas en los célebres combates
de
Chimbo, Gatazo y Socavón, pudo entonces
entrar triunfalmente en Quito el 4 de septiembre de 1895, donde fue
recibido entre aclamaciones por el pueblo y las personalidades más
representativas de la ciudad.
El
primer gobierno de Alfaro se desarrolló en
dos etapas definidas muy claramente: La primera como Jefe Supremo, desde
su proclamación en 1895 hasta que se reunió la Asamblea Constituyente
en octubre de 1896; y la segunda como presidente Constitucional elegido
por dicha asamblea, y que se extendió desde el 17 de Enero de 1897
hasta el 31 de Agosto de 1901.
Como
hombre, Alfaro era accesible a todos, cualquiera ganaba su confianza; de
caracter sencillo y atrayente, pero firme en el cumplimiento de la
palabra dada, era de todos reverenciado y admirado.
En los
primeros días de su gobierno atendió personalmente a todas las
personas que llegaban hasta él, especialmente a los pobres a quienes
dedicaba algunas horas. Hombres, mujeres, ancianos, desvalidos, indios,
enfermos, todos pedían verle y a todos recibió, menos a los borrachos.
Odiaba la embriaguez como el peor de los hábitos. Sus amigos y
colaboradores le hacían notar la pérdida de tiempo que eso
significaba, pero él respondía:
«Yo,
para todo me alcanzo; no es ocupación despreciable enseñar a
nuestros compatriotas infelices que todos tenemos iguales
derechos. Quizás nunca hablaron con el presidente las personas
que ahora se agolpan por hablarme». Y daba por sí mismo y por
medio de otros abundantes limosnas en dinero» (Roberto
Andrade.- Vida y Muerte de Eloy Alfaro).
|
Durante este
mandato se preocupó de manera especial por la reorganización política
del Estado. Impulsó y financió la construcción del ferrocarril
Guayaquil-Quito y dictó los decretos por medio de los cuales se suprimió
la tributación indígena. Decretó además la libertad de cultos, la
libertad de prensa y la hermandad de todos los ecuatorianos. En lo político-militar
tuvo que combatir a las fuerzas organizadas por el Dr. Vicente Lucio
Salazar, que derrotadas y dispersas por todo el territorio ecuatoriano
continuaron asediando y procurando desestabilizar al gobierno: Ricardo
Cornejo por el norte; Pedro Lizarzaburu, Melchor Costales y Pacífico
Chiriboga por el centro; y los coroneles Antonio Vega Muñoz y Alberto
Muñoz Vernaza por el sur, lo hostilizaron constantemente sin darle un
solo minuto de reposo. A todo este se sumó la tenaz resistencia que le
opusieron el clero y los obispos ecuatorianos acusándolo de ateo e invitando
al pueblo católico a la rebelión Sólo la sabia intervención del clérigo
e historiador Monseñor Federico González Suárez logró poner fin a
las diferencias entre la Iglesia y el gobierno.
Desarrolló
también una intensa actividad destinada a mejorar la educación, para
lo cual creó en Quito el Instituto Nacional Mejía, el Instituto Normal
Manuela Cañizares para mujeres y el Normal Juan Montalvo para varones,
el Conservatorio Nacional de Música, la Escuela de Bellas Artes, y por
decreto del 11 de diciembre de 1899, el colegio militar que hoy lleva su
nombre.
Antes de
finalizar su mandato convocó a nuevas elecciones, pero basándose en la
filosofía de que
«No
podemos perder con papelitos
lo que hemos ganado con fusiles» (E. Muñoz B. ob. cit. (1) p.
261),
|
respaldó
la candidatura del Gral. Leonidas Plaza Gutiérrez para que éste
ascienda al poder. Finalmente y a pesar de los problemas militares,
políticos religiosos y sociales que debió enfrentar, su gobierno
terminó, de acuerdo con la Constitución, el 31 de agosto de 1901.
Poco
tiempo después surgió el distanciamiento entre Alfaro y Plaza debido a
varias circunstancias de orden ideológico y político, y sobre todo
porque se había descubierto cierta relación que comprometía a Plaza
con los conservadores, por estas razones, Alfaro prefirió permanecer
alejado de toda actividad política o militar, más aún cuando supo que
Plaza había ordenado mantenerlo estrictamente vigilado.
Al
finalizar su gobierno el Gral. Plaza convocó nuevamente a elecciones
presidenciales, y sin considerar la opinión del Gral. Alfaro respaldó
y llevó al poder al Sr. Lizardo García, quien asumió la primera
magistratura del país el 1 de septiembre de 1905.
Sólo
cuatro meses duró el gobierno del Sr. García, pues en la noche del 31
de diciembre, mientras en la casa presidencial se celebraba el
advenimiento del nuevo año, el Gral. Emilio María Terán, jefe de la
guarnición militar de Riobamba, envió un telegrama al presidente en
los siguientes términos:
«Sr.
Lizardo García: Saludo a usted y le deseo un feliz año nuevo,
comunicándole, a la vez, que la guarnición de Riobamba está a
mis órdenes, porque acaba de proclamar Jefe Supremo de la
Nación al señor general Eloy Alfaro» (E. Muñoz B.- ob. cit
(1), p. 271).
|
«La
revolución encabezada por Alfaro desde Guayaquil, en donde se
encontraba bajo vigilancia, era realidad. Muchas quejas tenía
don Eloy contra su antiguo Ministro de Hacienda de 1895, entre
otras, de haberle traicionado, de haber «pactado» con los
conservadores, y sobre todo que el presidente, llevaba al
derrotero de un fracaso irremediable la obra del ferrocarril del
sur. Burlando la vigilancia de la policía de Guayaquil, marchó
el Viejo Luchadora , Riobamba donde se le había proclamado, el
1 de enero de 1906, Jefe Supremo de la República» (E. Muñoz
B.-ídem).
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Las
fuerzas leales al gobierno intentaron
sofocar el movimiento alfarista, pero unas pocas acciones militares
libradas por el propio general, especialmente en los campos de
Chasqui, acabaron con la
resistencia gobiernista y le permitieron, el 17 de enero de 1906, entrar
una vez más aclamado y triunfante- en la ciudad de Quito.
A los
pocos meses convocó a une nueva Asamblea Constituyente que se instaló
en Quito el 10 de octubre de ese año. Esta asamblea expidió -el 23 de
diciembre-, la Constitución No, 12 de la República, y lo eligió, ese
mismo día, Presidente Constitucional para un segundo mandato.
Alfaro
asumió el poder el 1 de enero de 1907, iniciando un período que se
caracterizó por el intenso clima de agitación y violencia política
que azotó al país. Diariamente los principales periódicos
-especialmente de Quito-, se llenaban de ataques contra el gobierno, y
obedeciendo a dichas consignas, el 23 de abril una enorme multitud
acudió al palacio de gobierno para protestar ante el presidente por el
indebido proceder de algunos altos militares. Dos meses más tarde -en
Guayaquil-, el 17 de julio se llevó a cabo un violentísimo motín en
el cual inclusive se intentó acabar con su vida. Afortunadamente el
intento criminal fue descubierto a tiempo y los principales cabecillas
fueron capturados y fusilados.
1908 fue
un año de relativa paz y sus esfuerzos por unir la costa y la sierra se
vieron premiados el 25 de junio, cuando en la estación de Chimbacalle
el pueblo quiteño, entre vivas y aplausos al presidente, vio llegar por
fin el primer tren a la ciudad de Quito.
Negros
nubarrones cubrieron el cielo ecuatoriano a mediados de 1909, cuando se
empezaron a producir presiones y roces internacionales relacionados
con el problema limítrofe que el Ecuador mantiene -desde los primeros
años de su vida republicana-, con el vecino país del sur, los mismos
que a principios de 1910 tomaron proporciones alarmantes.
Ante
la presencia de tropas peruanas que amenazaban con mancillar el
territorio nacional, Alfaro asumió personalmente el mando del
ejército, y marchó hacia la frontera sur mientras la voz de
«Túmbez, Marañón o la Guerra»
se hacía escuchar por todo el país. La patria toda reaccionó
indignada ante la felonía peruana y el llmo.
González Suárez, en esos momentos de terrible peligro, arengó a los
soldados y al pueblo con su histórica proclama:
«Si
ha llegado la hora de que el Ecuador desaparezca, que
desaparezca; pero no enredado en los hilos de la diplomacia,
sino en el campo del honor, al aire libre, con el arma al brazo;
no lo arrastrará a la guerra la codicia, sino el honor».
|
Sólo la
imponente presencia del Gral. Alfaro y el coraje y determinación de los
ecuatorianos pudieron detener las aspiraciones expansionistas de los
peruanos, pues en esa época, la única superioridad que tenía su
ejército era numérica, y esa no era suficiente para frenar el valor y
la bravura del soldado ecuatoriano.
Convencido
de que el país había sufrido mucho con los gobiernos militares, y que
debía ser gobernado por un civil, al acercarse la fecha en que
terminaría su mandato constitucional convocó a nuevas elecciones
presidenciales, y presentó para el caso la candidatura del Sr. Emilio
Estrada, que lógicamente resultó elegido.
Poco
tiempo después Alfaro descubrió que Estrada sufría de una grave
dolencia cardiaca que no le permitiría cumplir adecuadamente con sus
funciones presidenciales, pues la altura de Quito y el tener que viajar
constantemente a Guayaquil podrían afectarlo peligrosamente. Ante esta
situación trató de que Estrada se excuse, pero éste supo afirmarse en
sus propios atributos, y apoyado por sus coidearios y simpatizantes se
negó rotundamente a renunciar. Este intento de Alfaro y la reacción de
sus opositores que lo aprovecharon para soliviantar y arengar al pueblo
en su contra, provocaron un levantamiento militar que culminó con su
derrocamiento el 11 de agosto de 1911, cuando sólo faltaban veinte
días para que cesara en sus funciones. Se asiló entonces en la
legación de Chile donde firmó su renuncia antes de abandonar el país.
«El
11 de agosto de 1911 se iniciaría el comienzo del fin para el
liberalismo radical. La errada elección del guayaquileño
Estrada a la Presidencia de la República y el tardío
arrepentimiento de Alfaro, fermentaron una situación preparada
con gran antelación. El conservadorismo y el ala placista se
fusionarían prácticamente a nombre de un falso
constitucionalismo, creando las bases para la destrucción
física de Alfaro y sus más estrechos seguidores» (R.
Andrade.- ob. cit. tomo I, p. 35).
|
Cuatro
meses después de asumir el gobierno y tal como Alfaro lo temía, el
presidente Estrada murió violentamente, víctima de un paro cardiaco
que le sobrevino mientras viajaba a Guayaquil.
Inmediatamente
asumió el Poder el Presidente del Senado Dr. Carlos Freile Zaldumbide,
y en la misma noche el Gral. Leónidas Plaza recorrió los cuarteles de
Quito, acompañado del Ministro de Guerra, para asegurarse la lealtad de
los mismos.
Esta
actitud de Plaza ocasionó en la ciudadanía un gran malestar, que se
agravó pocos días después cuando se publicó en Quito su candidatura
presidencial. Las reacciones en su contra se levantaron en varias
ciudades, especialmente en Esmeraldas y Guayaquil donde se proclamaron
las jefaturas supremas de los generales Flavio Alfaro y Pedro J.
Montero, respectivamente
Ante
esta situación la guerra civil pareció inevitable, por lo que los
liberales llamaron a don Eloy -exiliado en Panamá- para que venga a
tomar el mando de su ejército.
El
viejo y cansado general llegó a Guayaquil el 4 de enero de 1912. Su
arribo
«conmocionó
al país, todos se imaginaban que asumiría el mando y que, como
en 1906, el ejército de todo el país se pasaría a su comando;
mas Alfaro no asumió el mando, sino que se presentó como
mediador, promoviendo un gobierno civil» (E. Muñoz Vicuña.-
ob. cit. (2), p. 58).
|
Un día
después de su llegada, y buscando el reencuentro y la paz del país,
expuso un documento en el que entre otras cosas decía: «Hoy más que
nunca deben posponerse las aspiraciones personales ante la necesidad de
unificar la acción patriótica de cimentar la paz de la República...
En el desgraciado caso de encenderse la guerra civil hasta el punto de
ir a los campos de batalla, elementos le sobran para triunfar a la
jefatura suprema proclamada en esta ciudad. Esto está en la conciencia
pública, pero el patriotismo, la humanidad, el buen nombre de los
ecuatorianos y los altos intereses del país, exigen que se procure a
todo trance una solución pacífica a la par que decorosa para todos...
Procedamos con la cordura que las circunstancias reclaman y no sólo
daremos una prueba de civilización, sino que escribiremos una bella
página en la historia ecuatoriana».
La
propuesta de Alfaro no fue escuchada por Freile Zaldumbide, quien por
alguna obscura razón puso al Gral. Leónidas Plaza al mando del
Ejército Nacional, para que enfrente
de inmediato a los alfaristas.
Mientras
el Viejo Luchador buscaba portados los medios la forma de evitar las
trágicas consecuencias de una nueva guerra civil, las tropas de Plaza
avanzaban presurosas hacia la costa para iniciar la lucha, por lo que
Montero y Flavio Alfaro tuvieron que salir a su encuentro para evitar
que éstas lleguen a Guayaquil. Los dos ejércitos se enfrentaron en los
campos de Huigra,
Naranjito y
Yaguachi,
donde en sangrientos y epopéyicos combates -en los que ambos bandos
lucharon con valor, coraje y heroísmo, dejando los campos de batalla
cubiertos de sangre y gran número de muertos-, las fuerzas alfaristas,
al no poder resistir la inmensa superioridad del ejército regular,
fueron finalmente derrotadas.
«Entonces,
en plena derrota, con el ejército enemigo ya en Duran, frente
al puerto, por un acto de ejemplar heroísmo y con el anhelo de
lograr todavía un arreglo pacífico, Eloy Alfaro, el anciano
fatigado de setenta años, aceptó la responsabilidad de ser
designado director general de la guerra. Un ambicioso
cualquiera hubiera tomado la única decisión lógica:
Abandonar el campo; salir del país» (A. Pareja Diezcanseco.-
ob>. cit. (1) tomo II, p. 213)
|
La
paz se acordó el 22 de enero por medio del Tratado de Durán,
que firmado por los generales Pedro J
Montero, por los alfaristas, y Leonidas Plaza, por los gobiernistas,
garantizaba la vida y bienes de los generales vencidos y de todas las
personas -civiles o militares-, que hubiesen tomado parte en el
movimiento revolucionario.
Al
caer la tarde los generales alfaristas se retiraron a sus hogares a
Guayaquil, situación que fue aprovechada por el Gral. Plaza para
capturarlos uno a uno sin la menor resistencia. Consumada la
traición se ordenó el enjuiciamiento militar del Gral. Montero, quien
fue cobardemente asesinado durante el proceso, en la tarde del 25. Al
caer la noche, de acuerdo a lo planeado, los otros prisioneros fueron llevados
a Durán a
bordo de una pequeña embarcación, y luego, en el mismo ferrocarril que
Alfaro había construido con tanto sacrificio y esperanza, fueron
enviados a Quito, al altar de la inmortalidad.
En
las primeras horas del día siguiente el fúnebre convoy inició su
macabro viaje; viaje que había sido cuidadosamente planeado para que el
pueblo quiteño tuviera los ánimos exaltados en contra de los
prisioneros. Primero llegaron a Quito los soldados placistas con sus
muertos y sus heridos; y luego, cerca del mediodía entraron los
generales vencidos, y entre gritos, vejámenes e insultos proferidos por
los cobardes, malandrines y asalariados de Freile Zaldumbide y su
gobierno títere, fueron conducidos al
Panóptico y encerrados en celdas
individuales.
«El
coronel Alejandro Sierra, con su batallón y más un piquete
despachado por el Ministerio de Guerra, condujo a los presos
hasta la penitenciaría misma. Los entregó al director contándolos:
Uno, dos, tres, cuatro, cinco, y este último, Eloy Alfaro, seis. A
ese mismo coronel se le atribuyen estas palabras pronunciadas al
salir, y dirigiéndose ya al populacho
vociferante que llenaba el atrio del sombrío y pétreo
edificio.
-Yo
ya he cumplido con mi deber: lo demás es cuestión de ustedes»
(O. E. Reyes.- ob. cit. tomo II, p. 256)
|
Inmediatamente
comenzó la sangrienta faena. La barbarie, el sadismo, el crimen y la
venganza se dieron la mano con el pueblo quiteño en el horrendo festín,
y juntos escribieron una de las páginas más vergonzosas de la historia
del Ecuador. El pueblo, arengado por los politiqueros, gobernantes y
oportunistas, asaltó el presidio e inició la inmolación de los mártires.
«A
Eloy Alfaro, un desalmado cochero, después de ultrajarle con
palabras soeces le descargó un garrotazo, tendiéndolo en el
suelo y rematándolo después con un tiro de rifle, para luego
ser precipitado por matones a la planta baja entre puntapiés y
griterías» (J. Pérez Concha.- ob. cit. p. 425)
|
Uno
a uno todos fueron asesinados, y sus cuerpos, mutilados y
ensangrentados, precedidos por prostitutas, matarifes, clérigos y
cocheros, fueron arrastrados por las calles de Quito hasta El Ejido.
Ahí estaban tomando parte del festín: José Cevallos,
José Chulco, la Pacache, la Piedras Negras y Las Potrancas; los
hampones y los canallas; mientras en algún rincón de la casa de
gobierno, Freile Zaldumbide simulaba ignorar lo que estaba sucediendo.

«El
espectáculo superó a las palabras. Sencillamente fue
inenarrable, en el más auténtico sentido. Prostitutas y
matarifes, hampones y chiquillos desaprensivos, mujeres
sedientas de sangre y paroxismo iniciaron el itinerario que
debía conducir los cadáveres a El Ejido para su incineración.
Los orientadores, los impusadores, los solemnizadores, no
aparecieron en parte alguna. Tampoco asomaron los fieles
servidores del régimen, los beneficiarios del crimen, los que
imploraban justicia y los que pedían venganza. Menos aún
aparecieron por allí los escritores de la oposición, los
ideólogos, los malos consejeros de los vencidos. Lo que es más
cruel, no apareció ningún defensor» (G. Cevallos García.-ob.
cit. (1)tomo2,p. 190).
|
«Cuando
los despojos humanos de don Eloy y su plana mayor llegaron a El
Ejido, el salvajismo y la barbarie adquirieron caracteres
plásticos de una escena dantesca.
Rociaron los cadáveres con gasolina y los incineraron mientras
ese enjambre de rameras y gandules, danzaban grotescamente en
torno de la pira en contorsiones hiperbólicas, que reflejaban
instintos bestiales liberados en su primitivez repugnante»
(C. De La Torre.- ob. cit. (2) p. 608)
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Perpetrado
el Asesinato de los Héroes Liberales, el pueblo, los homicidas, los
gestores del crimen, todos se retiraron pacíficamente a sus casas
como si nada hubiese pasado mientras en El Ejido los martirizados
cuerpos eran consumidos por el fuego de
La Hoguera Bárbara.
Fue
el 28 de enero de 1912.
+ en

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