Comentario a una Fábula


Comentario de una fábula 1

Juan León Mera

A los jóvenes ricardo, augusto Y anacarsis martínez

Mis QUERIDOS PRIMOS

La luciérnaga y el sapo.

En el silencio de la noche oscura

sale de la espesura

incauta la luciérnaga modesta,

y su templado brillo

luce en la oscuridad el gusanillo.

Un sapo vil, a quien la luz enoja,

tiro traidor le asesta,

y de su boca inmunda

la saliva pestífera le arroja.

La luciérnaga dijo:

"¿Qué te hice yo para que así

 atentaras a mi vida inocente?"

Y el sapo contestó: Bicho imprudente,

siempre las distinciones valen caras:

no te escupiera yo si no brillaras.               

hartzembusch

Creo que existe la Civilización, pues la veo y la siento llena de vida, luchando en todas partes por establecer su reino. 

Creo que Dios ha dado a esta hija suya perfecto derecho sobre la sociedad; pero creo también que ha consentido que en el seno de la misma sociedad engendre el soplo de Satanás la oposición al reinado de aquel vástago divino. Hasta cuándo dure indecisa la lucha -algo peor que indecisa, con caracteres favorables a la odiosa enemiga- difícil es de averiguar.

La Civilización, con toda su legitimidad y todo su bien fundado derecho, aún no pasa de ser pretendiente.  Es el Enrique V o el D. Carlos de la sociedad.

Esta la llama a voces y tiende a ella los brazos en actitud de deseo y súplica;  pero hay contradicción permanente e inconcebible entre su justo anhelo por erigir el trono de la civilización y su inercia en combatir la fuerza satánica que viene cavando el abismo de la barbarie.

Hay errores, y falta empeño en buscar la verdad que debe conjurarlos.

Hay convicción respecto de los beneficios del estudio, y no obstante se vive en fraternal compañía con la ignorancia.

Hay malas pasiones, y en vez de apagar su incendio con la prudente dirección de los afectos del alma, se sopla sobre él y se le echa abundante combustible.

La fe religiosa se apaga, la soporífera indiferencia cunde, las tinieblas que rodean el alma y la inteligencia se condensan, y, sin embargo, pensamos más en divertimos que en oponer el menor obstáculo a tamaño mal.

  Los vicios, la corrupción, la prostitución van subiendo en ondas espantosas como las del diluvio, nos ahogan; y con todo, andamos harto remisos en labrar el arca de la virtud y el honor en que nos salvemos.

La corona del reino social se desbarata antes de ceñir las sienes de la celestial Pretendiente, y gran parte de la culpa la tienen sus mismos partidarios; de ellos será también la pena mayor.

Una de las fases más repugnantes de nuestro estado social es la caracterizada por el egoísmo y la envidia, activos agentes del bando enemigo de la Civilización.

Fotografía de esta fase es la fábula de Hartzembusch, La Luciérnaga y el sapo;  pero téngola por incompleta, falta que iluminarla, por decirlo así, con la pintura de los que presencian la iniquidad con estúpida indiferencia, de los que oyen el grito de angustia de la luciérnaga y la carcajada de triunfo del sapo, y se pasan de largo quizás con la sonrisa en los labios.

En la diaria contienda de la civilización y la barbarie, los pérfidos golpes del egoísmo y de la envidia a la virtud, el honor y el mérito, desalientan a los jóvenes y despechan y entristecen a los viejos. Son muy pocos los que, resguardados, por filosófica imperturbable calma, siguen llenando su destino social, cobrando fuerzas a las veces de los mismos tiros que se les asesta. Sí, muy pocos son los capaces de tanto heroísmo.

He allí un joven que ha recibido de Dios admirables dotes de corazón y de inteligencia, y que, unos y otros cultivados con esmero, se prepara a hacer su estreno en la sociedad;   tiene alas y quiere encumbrarse, tiene luz y quiere brillar, novel soldado de la civilización, desea veteranizarse para continuar sirviendo en sus santas guerras; su pecho hierve en noble entusiasmo; sus ojos iluminados por mágica luz ven los futuros triunfos de su causa;  su frente, espejo de su alma, no tiene mancha ninguna. Pero detrás de él está un enemigo a quien los vicios han dejado sin alas para volar, sin luz para lucir, sin valor para las gloriosas lides de la civilización;   su pecho hierve de entusiasmo sólo por los vicios, sus ojos están abiertos sólo para los impuros gozos de la materia, en su frente resaltan las impurezas de la conciencia..... Es el sapo que hincha la boca de pestilente baba y la arroja sobre la luciérnaga. ¡Cómo ha de tolerar que el alado insecto se levante y brille como una estrella, cuando él yace arrastrándose en el fango! -Joven iluso, joven imprudente, ¡abajo! ¡cae, apágate, perece!

He allí un viejo que cuenta sus desengaños y penas por el número de sus días.   Los bancos del Colegio y la Universidad le vieron emplear los mejores años de la juventud en el asiduo estudio;   los libros le han visto coronarse de canas y surcar su frente hondas arrugas; las vigilias le han visto sacrificar su salud en la silenciosa meditación;  el error no se ha atrevido a penetrar en su inteligencia, ni el vicio a profanar el santuario de su corazón;   su vida llena de méritos ha estado siempre consagrada a la patria, la humanidad y la civilización; y, no obstante, ese hombre ha encontrado en su camino en vez de manos que le coronen, garras que le han destrozado las entrañas;   en vez de flores que le recreen, asquerosas sabandijas que le han escupido al venerable rostro. ¡Cómo han de tolerar que ese anciano descienda a la paz de la tumba con su virtud y honra ilesas, cuando ellos -los que le rompen el corazón y le arrojan baba inmunda- han sido impotentes para competir con él!  -Viejo, ¿para qué fuiste ilustrado y bueno? ¡muere infamado!

Y el joven mantiene dentro de sí lucha terrible de afectos encontrados:   tiéntanle y arrástranle por una parte los halagos de la vida social, un porvenir lleno de luz, la gloria, mayor y más querida mientras mayores los obstáculos vencidos en su conquista; acobárdanle y detiénenle por otra los tiros de la envidia y la maledicencia que ha comenzado a sufrir y cuyo dolor siente en lo íntimo del alma.

Y el viejo se reconcentra, conversa con su alma, hace prolijo examen de todos sus recuerdos, y al ver cuan mal pagados han sido sus méritos, llega a dudar si habrá acertado en haberlos buscado a costa de tantos sacrificios, para verlos a la postre corroídos por el veneno de la maledicencia y la envidia;   y al considerar que si hay justicia y rehabilitación, serán tardías, serán después que haya bajado a la tumba entre la risa y la mofa de sus infames enemigos, quizás, quizás le abrace la sangre el fuego del despecho y le acorte el plazo de la vida.

Cuando visito un cementerio, pienso siempre en la juventud que yace allí sin haber sido nada por culpa de los sapos que la escupieron, cuando pudo haber sido mucho si se la hubiese dejado brillar con el fuego que le dio naturaleza y atizó el estudio; y pienso en la vejez que sucumbió, más que al peso de los años, ahogada en el torrente de amargura que fue recompensa a sus virtudes y a sus servicios a la patria.

En el sepulcro de la juventud, que es el de la esperanza, me inclino y lloro por la gloria perdida; en el de la vejez, me postro y medito sobre la gloria mancillada y sobre la miseria de las pasiones humanas.

No sé lo que pasa en otras sociedades; pero acaso la fábula de Hartzembusch tiene aplicación universal.  En la  nuestra no conozco, en el orden intelectual y moral, una sola luciérnaga que no tenga su sapo: ¿hay quien se eleve sin que manos indignas traten de hacerle descender? ¿hay quien brille sin que labios maldicientes le arrojen pestífera saliva? ¡Muéstreseme un ejemplar, uno sólo!

La doctrina práctica de nuestros sapos se encierra en pocos artículos:

1° Te aborrezco, porque eres más que yo. 

2° Te aborrezco, porque puedes más que yo.

3° Te aborrezco, porque gozas más que yo.

4° No consentiré que seas, que puedas, que goces más que yo: te perseguiré, te infamaré, te mataré; quedaré sobre ti, sino porque yo suba, a lo menos porque huelle tu cadáver.

Y ¡qué satisfacción deben de gozar aquellos reptiles cuando hacen su obra\ Satisfacción igual a la que gozó la serpiente después de su triunfo sobre la inocencia.

La imprenta les ha venido a pedir de boca a los sapos de la sociedad: sírveles de instrumento explosivo para arrojar a grandes distancias los fragmentos de la honra ajena envueltos en inmunda ponzoña.  Esos fragmentos caen en manos de gentes extrañas, quienes al verlos piensan menos en condenar la iniquidad del victimario, que en buscar culpabilidad en la víctima para acusarla también y reducir, si es posible, aquellos fragmentos a polvo.

Pero ¡qué! ¡si la victima no encuentra frecuentemente socorro ni de parte de la amistad! y esto es lo que la envenena más que la saliva de los reptiles.  La llaga que causa esta saliva puede curarse;   la indiferencia de los amigos, la cobardía de los buenos, producen heridas que no tienen remedio.

¡Ay, de la sociedad donde la virtud y el honor de sus hijos ilustres son arrastrados por el lodo por las manos de la maledicencia, y no hay quien los ayude a levantarse, y no hay quién los conforte con una palabra de amistad, y no hay quién se indigne contra la maldad y clame justicia! Esa sociedad está a cien leguas de la civilización, puesto que ha reñido con la moral y se ha divorciado de todo sentimiento de nobleza.   Si los hombres que durante una larga y laboriosa vida han acumulado caudal de aquilatados méritos, son hijos de la civilización y al mismo tiempo sus obreros; ¿qué diremos de los que tratan de arrebatarles ese caudal para aniquilarlo? ¿qué de los que escupen sobre esos obreros y los emponzoñan? ¿qué de los que presencian indiferentes estos actos de salvajismo? ¿qué de la conciencia humana que no se despierta cuando suenan junto a su almohada el rumor del vicio y del crimen que atacan, y el gemido de la virtud y la honra que sucumben?

Si a cada acto de iniquidad, si a cada tronido de la prensa difamadora, tronara también la voz de los buenos contra ella y en defensa de las víctimas inocentes, ¿quién duda que iría alejándose de nuestra sociedad la plaga de los sapos envidiosos en vez de cantar sus triunfos, adoloridas sus cabezas con los golpes de la opinión sensata, enmudecerían y se esconderían en sus tenebrosas cavernas. El mismo resultado benéfico daría esta opinión si se levantase enérgica en apoyo de los que, movidos de noble indignación, alzan el pie para asentarlo sobre esos maléficos reptiles;   pero chillan éstos, y su chillido es escuchado con lástima, y a sus actos de ruindad es asimilado el acto de justicia de quien los pisa. No se distingue lo inocente de lo criminal, ni lo justo de lo injusto, ni lo honroso de lo vil, y la voz de la indignación contra lo malo y perverso, suena en ciertos oídos ni más ni menos que la voz de la maldad y la perversidad. ¿Publícase un libelo? os encendéis en santa ira: contestadle; mas no esperéis que vuestra contestación sea apreciada por la justicia que encierra y por la energía de la verdad con que abrumáis a vuestro enemigo: lo será porque el peso de la justicia y el irresistible empuje de la verdad, causarán en el lector el mismo efecto que la audacia de la mentira y la desvergüenza del libelo.

Acontece a las veces que la infamia de un libelo indigna a la generalidad del pueblo que conoce la inocencia y los méritos de la víctima, o que aplaude a ésta, si se ha defendido con acierto. En el primer caso hay quienes derraman su cólera a presencia del injuriado y calumniado, y echan pestes y maldiciones contra el autor del libelo;   en el segundo caso, allá van descargas de felicitaciones por la magnífica defensa; en ambos casos no faltan protestas de amistad sincera, manifestaciones de aprecio y respeto, efluvios de cariño, quizás muestras de justa gratitud por antiguos favores;  pero ¿qué importan estas flores y estos sahumerios, si al cabo son hijos de una opinión vergonzante y cobarde, en tanto que el libelo habla a la opinión pública? Las heridas del cuerpo se han de curar en los hospitales, bien está; mas la del honor en público han de recibir su reparación, o de nada valen las medicinas de las atenciones amistosas y de las protestas que los buenos hacen entre cortinas y bastidores.

-¿En público? ¡oh! no, dice este amigo;  sería imprudente.

-¿En público? ¡oh! dice aquel otro, ¡bueno estoy para mezclarme en tales danzas!

-Yo, añade el de más allá, con mucho gusto protestaría contra esa infamia; pero ¡sí, tengo amistad con el autor del libelo! y ya ve Ud... En fin, es también amigo, y...  -En verdad, interrumpe el de acullá, infamia es y me ha indignado; mas ¿de que le serviría al amigo Fulano que yo le defendiese? El se basta: dejémosle en la arena.

Y esas prudentes, esos que no pueden mezclarse en la defensa de la víctima, esos que prestan igual amistad a esta y al que la persigue e infama, esos que escudados de fingida modestia la dejan sola en la prueba a que la ha obligado la maldad, ¿no caen en la cuenta de que a esta contribuyen al encerrarse en su egoísmo? ¿no saben que el egoísmo, una de las más repugnantes enfermedades del alma, no tan sólo daña ajenos intereses, sino que es también detrimento de los del mismo egoísta? ¿no temen que a ellos se les niegue mañana el apoyo y defensa que hoy niegan al amigo injuriado y oprimido?  Ellos, que no han querido ahora aplastar la casa del sapo, quizá sean luego luciérnagas.....

Oh jóvenes queridos, a quiénes he dirigido estas líneas como quién acerca una lámpara a una de las faces del mundo para que la conozcáis, ahora que os acercáis a él;

¡oh jóvenes! yo que tantas veces os tuve niños en mis brazos; yo que he respirado el ambiente de vuestro hogar como el del mío propio;  yo que os he visto crecer y formaros aleccionados por la moral y el honor, apasionados de todo lo bueno, escrupulosos en el cumplimiento de vuestros deberes y animados de nobles aspiraciones;  yo, identificado con vuestros padres por la sangre, los afectos, los recuerdos, los combates de la vida, y las amarguras y los dolores; yo que voy dejando atrás medio siglo, y para quien la Providencia ha puesto en cada día una enseñanza, así en los beneficios de que me ha hecho larga merced, como en los golpes con que ha abatido mi orgullo;  yo sentado ahora en mi retiro, cual después de la borrasca se sienta el marinero en la orilla del mar, triste, muy triste, pero satisfecho de no haber abandonado la maniobra sino cuando se sumergió la barca;  yo ¿no tendré derecho de dirigiros un consejo prudente, una palabra de aliento, un ¡alerta! salvador? Sí que le tengo y os digo:

¡Oh jóvenes sed lo que es preciso que seáis, sed hombres.   Estudiad el significado moral de este nombre y aprended la ciencia de la vida. Ser hombre no es buscar las comodidades, los placeres y el sibaritismo, no es encumbrarse en alas de la ambición para brillar un día, no es servir a las pasiones materiales, no es adherirse a la tierra y olvidarse del cielo. Ser hombre es comprender a Dios, comprenderse a sí mismo y conocer el humano destino; ser hombre es estudiar sus deberes y saber cumplirlos con inquebrantable rectitud;   ser hombre es amar la virtud y practicarla, fundar en ella y en la ilustración el mérito personal, cerrar el corazón a la miserias del mundo y levantar el alma cien codos sobre el fango de la corrupción social; ser hombre, en fin, es parecerse lo menos posible a lo que el mundo en su alterado e incorrecto lenguaje llama hombre.

¡Oh jóvenes! vuestros principios son buenos:   ¡ánimo! Estáis en camino de ser hombres: ¡adelante! No os acobarden lo sapos que se os atraviesen en vuestro camino: ¡adelante! ¡levantaos y brillad! Dejad que la envidia roa sus propias entrañas, dejad la bajeza a los bajos, dejad la miseria a los miserables, dejad su charquetal a los sapos, vosotros alzaos y brillad: ¡sed hombres! ¡sed hombres!

J. León Mera.

Marzo, 15 de 1881. Latacunga: imprenta del Colegio, por M. Cmz.

1 Folleto editado en Latacunga, Imprenta del Colegio, 9 pp., 1881

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