"En los tiempos del Dr. Camilo Ponce Enríquez en la Presidencia de la República, se preparaba la XI Conferencia Interamericana y se multiplicaron las obras públicas -arreglos del Palacio de Gobierno, sede para el Congreso Nacional, Hotel Quito, aeropuertos, etc.-, pero también se forjó un marco cultural de primera categoría, confiando a la editorial mexicana Cajica, la publicación de una monumental colección de libros: la Biblioteca Ecuatoriana Mínima. Pasados cuarenta años, en la presidencia del Arquitecto Sixto Durán-Ballén, que igualmente dio gran impulso a las obras materiales, una editorial ecuatoriana, la Corporación de Estudios y Publicaciones, ha emprendido en la reedición de aquella gran colección de obras nacionales, añadiendo algunas correspondientes a autores más recientes y otras que no debían faltar, de épocas antiguas. Ahora podemos encontrar en esta especie de enciclopedia ecuatoriana, desde los remotos cronistas de la conquista y los destacados autores de la Colonia, hasta los historiadores, juristas, economistas, sociólogos, poetas y literatos ecuatorianos del siglo XX. Enorgullece a un patriota contemplar la obra cultural realizada en cinco siglos por nuestros paisanos y presentada con dignidad en los días que corre. Entre estos libros, he leído con especial fruición el dedicado a una selección de escritos del gran polígrafo ambateño, don Juan León Mera. Ya conocía la mayoría de esas delicadas producciones del alma grande, reciamente cristiana y profundamente patriótica, de Mera, y, el volverle a leer significa un impulso nuevo para amar más a la Patria, para entender mejor nuestra cultura enraizada profundamente en el sentido católico de la vida y apreciar las virtudes de la tolerancia, la convivencia pacífica, la amistad sincera, en las que sobresalió el insigne compatriota. Para muchos, esta figura señera casi no es conocida más que por las vibrantes estrofas del Himno Nacional, que revelan un inmerso amor a la Patria a la par que la fe sincera del creyente. Pero Mera, que destaca en la poesía -como en los encantadores versos al río Ambato-, fue notable crítico literario y artístico, destacado historiador, biógrafo y novelista así como apasionado polemista, contundente en los argumentos, aunque siempre respetuoso de las personas y consecuente con los amigos. En la biografía de Pedro Fermín Cevallos no oculta las desviaciones juveniles y los defectos primerizos de la obra de aquel otro notable historiador ambateño; nos hace revivir la apasionante peripecia de la publicación del Resumen de la Historia Nacional, y finalmente relata los años de madurez y la muerte -reconciliado con la religión- de quien estuvo bastante descuidado en la práctica católica, aunque actuó con sentido de dignidad, justicia y bondad, sobre todo en sus últimos años. Modelo de amistades fue ésta que vinculó dos almas elevadas, de muy diversa formación y de tendencias políticas contrapuestas, unidas en el común amor a la Patria. Las cartas a Don Juan Valera, a Manuel Lorente Vásquez y a sus hijos Trabajo y Juan León, dan oportunidad a Mera para desarrollar verdaderos tratados de crítica literaria, de apreciación artística y para dejar en su punto principios de fidelidad a la Patria y a la verdad histórica. En el libro sobre García Moreno se manifiesta el severo juez, que no perdona errores, pero tampoco oculta méritos. La admiración por el que califica de "el más grande de los ecuatorianos" no le impide reconocer las sombras de su vida. El aprecio de la verdad y el amor a la Patria inspiran a Mera las páginas que demuestran la grandeza de quien fue reconstructor y civilizador de la Patria. No faltan en la selección de obras de Mera, algunas poesías y escritos de menor valor, pero todos con el invariable toque de patriotismo y de sincera fe cristiana. Se trasluce en ellos el alma límpida, el corazón sin rencores, la firmeza de voluntad -fuerza indispensable de quien fue un autodidacta-, el amante padre de familia, el ciudadano ejemplar. Ojalá jóvenes y menos jóvenes emplearan buenas horas en la lectura de libros como éste, que dejan el espíritu pacificado y la voluntad enardecida para trabajar, para servir, para amar lo que debe ser amado."1 Juan Larrea Holguín
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