Extracto:
A pesar de los grandes
servicios a la Patria, de los soldados de la Libertad, estos debían
ceder a las fuerzas de la democracia, que en el caso de 1845, debió
ser por revolución, un proceso gestado desde el asesinato de Antonio
José de Sucre, hasta su cumbre en los niveles de intolerancia
que llevó al militarismo a degenerar en despotismo y corrupción
incompatibles al sentir popular y para la intelectualidad
económica, política de la época; claras fueron las palabras guías
de la proclama de la revolución:
"...dar el raro ejemplo de amar
en igual grado la libertad y el orden y de probar a los ojos del
mundo que una justa revolución no es una rebelión, como la llaman
los amigos del poder absoluto y los cómplices de la ambición."
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J. J. Flores
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El 6 de
marzo debe ser entendido como la continuidad de la
revolución octubrina de 1820. Nuevamente a la ciudad,
provincia y su pueblo, se los convocó para la lucha.
Otra vez de aquí salió el camino de la revolución. Se
renovaron la consigna y grito de guerra contra la
tiranía y la opresión. Otra vez, "¡Guayaquil por la
patria!", fue el grito de combate. Desde aquí se inició
la insurgencia que terminó con la corrupción floreana y
el despotismo militar que pretendía entronizarse en el
gobierno del naciente Ecuador.
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En 1844 la situación
de pobreza, especialmente en Guayaquil, era terrible, sumada a la
fiebre amarilla que aquel año mató a miles de guayaquileños. La
caída de la producción del cacao en toda la provincia ahondaba
gravemente los males. En muchos lugares habían aparecido algunos
brotes de resistencia violenta.
La gran mayoría de la
élite guayaquileña y del país estaba en contra del régimen y se
aprestaba a derrocarlo. Esta subversión día a día ganaba más
adeptos. Flores estaba al corriente. Llegó a su conocimiento que
Vicente Ramón Roca hacía de cabeza de los complotados entre quienes
se contaban numerosos militares de los distintos destacamentos de la
provincia del Guayas. En un intento de impedir que el movimiento
tomase más cuerpo, cometió el error de ordenar el arresto de Roca,
que no condujo a ningún resultado. El 24 de febrero fue sofocado por
el general Tomás C. Wright, un movimiento en Guayaquil. El coronel
Ayarza. jefe del batallón de artillería, fue relevado de su mando
por sospechas dé estar comprometido en la conspiración.

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J.
J. Olmedo
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La
revolución civilista y de reivindicación nacional
estalló en Guayaquil el 6 de marzo de 1845. Es quizá la
única vez que en el Ecuador se produjo un estallido
revolucionario de carácter verdaderamente general. El
coronel Ayarza, con su ascendiente sobre la oficialidad
y tropa del cuartel de artillería, que habían sido de su
mandó por sospecha obtuvo su soporte contra el
gobierno. Con el respaldo de este contingente militar,
las fuerzas vivas de Guayaquil, proclamaron general en
jefe a Antonio Elizalde, y mediante una comisión
convocaron una asamblea popular. Esta publicó un acta de
desconocimiento al mandato de Flores, y designó un
Gobierno Provisorio presidido por José Joaquín
Olmedo, con Vicente Ramón Roca y Diego Noboa como
vocales.
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Estos hombres, con
entereza y decisión dirigieron el llamado Movimiento Nacionalista,
Civilista y de Reivindicación Patriótica. Los tres, dice
Juan León Mera,
"eran hombres de valía. Olmedo era la inteligencia y la pluma que
defendían y justificaban la revolución, Roca, el impulso y la
sagacidad que guiaban, y Noboa, la honradez que la dignificaba".
Dominada Guayaquil, y
antes de, incursionar en el resto del país, los generales Wright y
Elizalde acordaron el "olvido absoluto de todo lo pasado; nadie
será perseguido ni, molestado por sus compromisos con la
administración de Flores, que el pronunciamiento popular
desconocía".
Este proceso nos dejó
de lección que Guayaquil es la sede histórica de los procesos
insurgentes que reivindican los intereses de la nación.
Además, le dijo al
militarismo floreano y a los tiranos de otros tiempos que
Guayaquil es la cuna del civilismo y su reducto insobornable.
Ciudad que siempre ha estado y estará contra cualquier tiranía
militar. Así lo ha probado en la historia.
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