Humberto Fierro
| | No matarás a nadiey no matarás nada ...
Ya que él átomo es algo y sus dos componentes penúltimos al menos son dos, como los seres que se aman, que deben ser sólo uno y cuando se separan pueden causar el fin de todo un mundo, pues no mates al átomo para matar a nadie ni para matar a nada.... "No matarás" nos dice aquel gran Mandamiento, no matarás a hierro ni matarás de hambre nunca jamás a nadie por guardar lo supérfluo... No matarás al padre ni a la mujer, ni al ave que navega en el cielo... No matarás de pena tras de tus propias puertas (clavando tus crueldades mentales, intangibles) al temeroso, al tierno, ni a la que te amó mucho y ahora te tiene odio porque le infundes miedo... No matarás los pájaros trinos de oro del día pero si tu crueldad dicta prisión perpetua peor mal que la muerte que después siempre llega es preferible que pienses en este cuento: Había unos cipreses siempre verdes y esbeltos, llenos de sol en Julio y de nieve en Enero, hasta que llegó a verlos un fratricida de esos que se disfraza a veces de humilde jardinero y a los hermanos árboles los escogió, sabiendo que estaban indefensos, clavados por raíces en el fragante suelo... (Habrían preferido ser echados al fuego en vez de que su forma natural, que ascendía ondulante en el viento, fuera cambiada toda por aquel jardinero...) Sin embargo, sus manos podadoras, cortaron esas ramas en vuelo y ahora son sus formas simplemente geométricas cuadriláteros, triángulos, esferas, polïedros... Pero, a mayor crueldad llegaste, jardinero, y hoy cortas los cipreses y le das formas de águilas que flotan en el viento, als siempre extendidas en actitud perpetua de emprender un gran vuelo... No sabes lo que haces hermano jardinero.... Los tienes sometidos a martirio perpetuo. Tú vives cometiendo un fratricidio horrendo con los hermanos árboles del santo Poverello... Has planeado cuidarlos para tu amo terreno, complacer sus miradas sin premeditar esto... Y, sin embargo, ellos, los cipreses eternos, los de Julio y Enero, te siguen perdonando dentro de su prisión de águilas en vuelo y te perdonarán hasta la última hora en que te alejes tú y tu amo del huerto, en donde ellos nacieron, y ascienda por sus ramas intactas, hacia el cielo, toda es sangre verde que fecundan los soles en su fragante suelo. Carlos Doudebés
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