No sé por qué, he vuelto a ponerme muy triste,
a mirar el mundo con ojos de huérfano
acurrucado en medio de los desconciertos.
En el piano ya no suenan dos teclas.
Los zapatos, los libros y los sueños están viejos.
Las menudas ambiciones
embarcaron en un tren que ha descarrilado.
He mirado, muy largo el gesto de las cosas
manchadas de sufrimiento, llenas de arrugas.
Yo no sé que les pasa
a la luz de este foco
y al somier de esta cama:
se enmohecieron de ausencia.
Al fondo de las cómodas
la soledad ha puesto larvas.
Tres veces me he mirado en el espejo roto,
para ver que me dicen mis ojos.
Hoy he descubierto
que intentaron decirme que estaba loco.
Tres veces me he asomado a la ventana,
y ya no puedo sentir la ilusión de las calles,
los alegres enjambres
o los sombríos tropeles de los pobres.
La helada me ha hecho más daño
que un arbusto,
congelando ese hilillo de agua
que de lejos buscaba mi silencio.
Y ya cristalizada mi savia
no me importa saber en qué forma
germinarán las posibilidades de los otros.
.
Este clima muy frío y recluido,
este tiempo sin sol y sin lluvias
convalece las cosas íntimas.
Quizá por eso, en este cuarto,
huésped de tantos vientos,
refugio de crisálidas:
me he pasado levantando las tablas del piso,
buscando las monedas y los broches perdidos.