La estatua parlante de Menmon se descomponía en sutiles vibraciones si la bañaban los rayos del sol. Cuántos de nuestros sentimientos, ignorados hasta de la propia conciencia, poseerán misteriosa aptitud para producir cadenciosos acordes y gratas armonías, que, difundiéndose por el orden de los seres morales, los pondrían cercanos de la perfección a que aspiran; sentimientos que tienen de enervarse o morir, porque no sabemos hacer llegar, hasta su oculto santuario, los efluvios de luz que se desprenden de las buenas enseñanzas y los mejores ejemplos.En el acto solemne que presenciáis, cuya iniciativa corresponde al Plantel educacionista que lleva por distintivo el nombre del preclaro varón, causa motivadora de aquel, ¿no encontráis, decidme, el oasis que, apartando vuestra mirada de las fatigas cuotidianas, hace reflorecer, ante vosotros, por medio del recuerdo, una época de la historia que os embriaga con el perfume de lo ido? No veis en él la lumbre escitilante, que, penetrando en hilos invisibles hasta los repliegues de vuestra alma, la estremece suavemente, moviéndola a sensaciones, si indescifrables, llenas de sinceridad?El mejor modo de educar el espíritu social, de elevarle por encima del nivel de lo vulgar y prosaico, consiste en poner a la vista del pueblo los hechos de los hombres que, en mayor o menor grado, fueron el origen de las instituciones en que se ha encarnado su vida, para que sepa y conozca el camino que debe seguir, sino quiere empañar el brillo que se hubiere conquistado.Oficio mío va a ser, en estos cortos momentos que me cabe la honra de dirigiros la palabra, ocuparme en una de las más insignes glorias nacionales, cuyos resplandores alumbran a la América entera. Qué hermoso es, Señores, encontrar que reposa en lo íntimo del corazón humano el sentimiento de gratitud hacia los que, con su inteligencia, ilustración y carácter, contribuyeron a la obra del común perfeccionamiento. El hombre es grande, no sólo en razón de sus propios hechos, sino también en cuanto justiprecia y aquilata las virtudes de sus semejantes; pues, entonces, parece que se le comunica algo de la magnificencia de aquello que contempla. A la vez que admiramos los haces de luz que, descendiendo en suaves ondulaciones, se difunden por el universo y le ponen repleto de vida y de belleza, nos maravilla la inquieta pupila que recibe tan inestimable beneficio; lo cual obedece a la simpática y amorosa correspondencia que echamos de ver entre el orden general del mundo y el que se refiere a la persona individual; correspondencia que es necesario conocerla para saber hasta qué punto puede señalar esta última la trayectoria que han de recorrer los astros de verdad encerrados en aquel.La sombra de José Mejía se levanta, ante nosotros, augusta y venerable; en torno de esa sombra, podemos decir que se hallan congregados, en espíritu y en verdad, todos los que componen la Nación Ecuatoriana, a fin de hacer ostensible, por medio de la sencilla inscripción grabada en esta lápida, que no se borra de su memoria el recuerdo de quienes vieron la meta de sus aspiraciones, en labrar la grandeza y prosperidad de su Patria; por lo cual viene en ser mi desautorizada palabra, el eco débil, cierto, pero fidedigno de la voz de todo un pueblo.Corría el año de 1776. El destino había señalado, en las revueltas fojas de su misterioso libro, el momento en que debía aparecer sobre la tierra uno de esos hombres que separan las diferentes etapas de la evolución humana; y ese momento llegó. El 19 de marzo del año en referencia, fecha del nacimiento de Mejía, ocupará lugar distinguido entre los acontecimientos faustos de la ciudad de Quito, a la que cupo la suerte de ser la cuna de tan preclaro varón. Dotado de talento enciclopedista, no quiso, no pudo contener los vuelos dé su ingenio adentro de los límites de una ciencia particular, sino que ambicionaba saberlo todo, dominarlo todo: las ciencias especulativas y las concretas o prácticas; como quien conoce, por una especie de revelación interna, que para defender eficazmente la justicia, se debe tomarla en la armonía universal de la existencia.Observador constante de todo lo que encuentran sus ojos, pudo adquirir mucho conocimiento del corazón humano; y pues en este se halla la fuente de la vida, en la plenitud de sus manifestaciones, sin riesgo de incurrir en nota de inexactitud, cabe afirmar que dio con el centro de donde parte la incesante transformación que alimenta la sociedad. Hay en sus ideas los detalles de la filosofía del porvenir; y en sus sentimientos, aquella dulzura y sublimidad que les viene de haber brotado al calor de ideales inmaculados. - No quiero hacer mención de los triunfos que obtuvo mientras durara su carrera estudiosa, porque requeriría nimia prolijidad de todo punto impropia para estos momentos. Si en Mejía admiramos al excelso hombre de estado, que no al orador solamente, a qué hablaros de ese privilegio suyo por medio del cual sabe dar con la idea feliz que ha de servir al triunfo de su causa? A qué hablaros de su facilidad para la réplica, de su primoroso acierto en conexionar los argumentos, de suerte que compongan un todo homogéneo que ha de aplastar al adversario? De lo preciso de su razonamiento que fluye ligero en el ritmo sonoro de sus palabras, y, al modo de un navio, rompe las desencadenadas olas de la impugnación que le sale al paso, convirtiéndola en leve espuma, apenas digna de humedecer la roca?Estamos en presencia de un espíritu superior: por la audacia de sus concepciones, por la energía para traducirlas al lenguaje de la realidad, es el engendro de la revolución eterna que verifica en el mundo la ley inflexible del progreso. Sobre sus labios vibra la palabra del profeta, como una exacta interpretación de las secretas melodías que, en orden armonioso, se coordinan allá, en: lo más profundo de su alma; palabra que condensa el acento de cien generaciones y que, como en un rayo de temblorosa luz, lleva la simiente de aquellas verdades sociales para cuyo triunfo no se ha reparado en que se constituya el altar del sacrificio cerca de el de la Libertad, siempre que en este último se rinda culto a las instituciones que son la expresión de aquellas.Sin ningún género de duda, la Asamblea congregada en la Isla de León el 24 de setiembre de 1810, a virtud de la convocación que se hizo en 1809 es una de las más notables en la Historia Política europea. Lo brillante y florido de la aristocracia intelectual española concurrió a dichas Cortes, en la persona de sus representantes. Qué problemas no iban a resolverse allí, en esos momentos de ruda prueba para el Estado, mientras se le veía zozobrante al impulso de los encontrados vientos que soplaba la política internacional. Mejía, ejerciendo un derecho y cumpliendo un deber, acude presuroso por guardar esos intereses a los cuales sentía vinculada su existencia: y así como Héctor se despide de Andrómaca para ir a defender los muros de la ciudad de Troya, Mejía se desprende de los brazos de América y se presenta en la península, a fin de que su pecho colmado de civismo sea la roca donde se estrelle el golpe alevoso del conquistador. ¿No habría de proceder de ese modo quien recibió con la existencia la misión de promulgar el santo derecho de los Pueblos, violado por las usurpaciones de la fuerza? En medio del estruendo bélico que ensordece la Europa, deja oír clara y distintamente los anatemas de su orgullo nacional herido por la espada que había hecho quebradizos los cetros de los reyes. Cuando las discusiones más violentas y agitadas tienen indecisos a todos sobre la resolución que conviene adoptar para mantener la integridad de la Monarquía, al propio tiempo que las prerrogativas del Poder legítimo; cuando Fernando VII, tembloroso y vacilante, deja caer a los pies de Napoleón la corona con que le consagraron los pueblos depositario de la Autoridad; vuelve por los fueros de la Patria ofendida el mismo que vino en ¡llamarse el último de los ciudadanos, y, pues, su exaltación elocuente le hace ver la silueta de quien buscaba el oprimirla, para él tiene estas palabras que son la epopeya de su grandeza: "Si rodeado de sus armados satélites el soberbio Bonaparte sacase su amenazadora cabeza, con la misma serenidad, y acaso con más valentía, le dijera: coronado Maquiavelo, tiembla sobre tu enorme pero vacilante trono; cuando el último de los españoles te habla así, ¿qué te queda esperar de la Nación entera?"; y después concluye encareciendo la medida más heroica que puede sugerir el patriotismo henchido de santa indignación.Si arrebata su entusiasmo la suerte del Estado, no le cautiva menos la de la especie humana, e implora que se la reconozcan sus inalienables derechos. La historia del mundo es la historia de la libertad, dijo un escritor. Habiendo combatido el mercado de los pueblos, no podía consentir en el de los hombres; por lo cual pide que se estipule con la Gran Bretaña, cuyos intereses estuvieron identificados con los de la Humanidad, el modo de redimir al hijo del África del vergonzoso tráfico que durante mucho tiempo sostuvieron los europeos, fundándose en la preeminencia que gozan, en orden a la cultura, los hijos del día, respecto de los hijos de la noche, haciendo propia la expresión de Carus. El espíritu moderno dice al esclavo: levántate y anda; y el que fue esclavo puede acercarse a comulgar junto con su señor, el pan incorruptible de la idea, en la sagrada mesa de la igualdad social.Si vais a desempolvar las actas de las Cortes españolas, encontraréis que las más importantes reformas que se realizaron por esta época en la contitución del Reino, son debidas a la infatigable labor del benemérito americano. La palabra, la prensa, esta voz de la humanidad que trasmite su pensamiento con la rapidez de la sensación, son consideradas desde entonces en toda la importancia de su digno magisterio: se las reconoce libres. Amplio es el cerebro, como los dilatados horizontes en que divaga nuestra vista; profundo como los senos del mar: quien pretenda encerrarlo entre límites definidos, de antemano señalados por él, o convertirse en arbitro de sus aciertos, podrá también encerrar en estrecho nimbo la cúpula azul del firmamento, y regular las sacudidas interiores del Océano.
| FUSILAMIENTOS DEL 2 DE MAYO DE GOYA |
| Mario es más grande por haber abatido el Poder de la aristocracia en Roma, que por haber subyugado a los Cimbrios; Mejía es tan grande, si aboga por la democracia al defender la libertad de Imprenta para lo político y religioso, como cuando, con la fuerza indómita de quien estuvo presente en la jornada del 2 de mayo, rechaza al Emperador Bonaparte, quien empeñado en formar a cañonazos la Historia y la Geografía de los pueblos, se convierte de rechazo, permitidme decirlo, en el pálido sacrificador de su propia gloria. |
El obrero de la civilización no hubo de contemplar impasible ese penacho de humo que, después de servir de alimento a los ídolos aquí en la tierra, subía, en lúgubres espirales, a perderse en la soledad infinita de los cielos; como para denunciar la suerte deparada a los que no tienen otro crimen que resistirse a besar la cadena que subyuga los vuelos del espíritu."Apenas nació este tribunal, dice en el discurso que pronunció para obtener su abolición, cuando vimos a varios príncipes despojados de sus Estados, no porque fuesen herejes, sino porque, como dicen historiadores fidedignos, no protejían la Religión del modo que quería la Corte de Roma". Y después continúa: "se deduce de aquí que sería muy mala política para el bien del Estado, el que por una apariencia de religión se sostuviese a un Tribunal que con tanta facilidad abusa de su autoridad, tanto que no habido dignidad ni persona que no haya sido perseguida por él". Señores: la sangre de Vanini y de Giordanno Bruno quie había dejado tintos los campos de Flora, no debió ser infecunda: llegó el momento de volcar por el suelo las cátedras de los sofistas; y el Tribunal de la Inquisición, ebrio de venganza y de muerte, cruje en sus cimientos, bambolea y cae: su estruendo repercute en los espacios, y el pensamiento celebra sus angustas nupcias con la ciencia. Desde entonces el dogma no arrastrará al sabio hasta los dinteles de una iglesia para que confiese el error de haber descubierto una verdad; y... la tierra se mueve, a pesar de la Escritura.Tales hechos bastan, por si solos, para circundar de resplandeciente aureola la frente de quien fue el elegido de la gloria. Crece su renombre si descendiendo a lo íntimo de su pecho, sorprendemos la más ciega idolatría por la causa americana, a cuyo favor dirige, casi siempre, el ímpetu de sus discursos. "Sin pensarlo me hallo en mi patria especial, dice en uno de ellos. Pero, cómo he de olvidarme del lugar de mi nacimiento? ¡Cuan lamentable es su estado! Actos hostiles y sangrientísimos; escenas tan trágicas e irreparables, como el dos de mayo de Madrid, ejecuciones horribles en personajes que no ha mucho eran sus ídolos". Prevaliéndose de la cautela adquirida por quien conoce el sitio en que ha de librarse el combate, abona el terreno donde debía regarse el grano de la independencia de su amada patria, para la que prefiere la suerte de la Atlántida o de la isla de Délos, antes que verla arrastrada por el carro del vencedor. Pues es evidente que sólo cuando el respeto a la justicia preside las relaciones de los pueblos, pueden éstos recorrer el eterno círculo del progreso, sin chocar mutuamente; antes bien, equilibrando el movimiento universal, de donde se desprenden las fuerzas sociales que, combinadas según el designio psicológico de las naciones, empujan a la humanidad por el camino que la conduce a la síntesis de sus aspiraciones y tendencias.Para la filosofía de la historia, los acontecimientos desarrollados en la sucesión de las épocas, no son una masa informe sin más ley que su coexistencia material en el tiempo y en el espacio, ni otra norma que la voluntad ciega de la suerte, no. Al través de ellos, descúbrase un nexo lógico que explica su concatenación misteriosa y el modo con que recíprocamente se condicionan. Igual cosa sucede tratándose de los que se sienten inflamados por magníficas inspiraciones: todos sus actos son dirigidos hacia un punto final, donde resplandece la estrella que les guía por el desierto de la vida. Oh! si les faltara esa estrella, caminarían a tientas, indiferentes a los paisajes que la naturaleza extienda ante sus ojos, ahogados en un mar de tinieblas, cuyo pavoroso silencio concluiría matando los gérmenes de verdad y de bien que estaban encerrados en lo recóndito de su ser. La Arqueología ha interrogado a las ruinas, a los jeroglíficos, a los desechos de los organismos primitivos que ha respetado la planta destructora de los siglos; y, con sus enigmáticas respuestas, reconstruye la olvidada civilización del hombre prehistórico. Mas, ¿no es cierto que si conocemos el ideal de un hombre o de un pueblo, podemos internarnos en su conciencia individual o social para mejor interpretar sus radiaciones sobre la esfera de lo sensible? Al hombre y al Pueblo les conoceréis por sus ideales: el valor de sus obras les viene del objeto que persiguen. Sabéis que el triunfo de la causa americana fue el ideal del ínclito Mejía; qué nos resta sino admirar religiosamente esta llama que se eleva ligera hacia los cielos, desafiando al sol y aún superándole, por cuanto en dicha llama ha puesto un hombre su inteligencia, su voluntad, sus esperanzas, es decir, todo lo que hay de humano y de consciente; mientras que en el otro, a pesar de toda su luz y de todo su calor, no vibran sino las prístinas manifestaciones de la vida que comienza.Muy rápida fue su peregrinación por el mundo. El año de 1813, antes que viera surgir los frutos de sus reformas, cuando apenas contaba treinta y seis años, encontró en él una víctima más la peste que, por entonces, diezmaba la ciudad de Cádiz; y partió para ese hemisferio a donde va el hombre sin la esperanza de regresar. Que indecible dolor el suyo al verse próximo a rodar en el abismo de la muerte, sin que le fuera dado estrechar contra su pecho a esta América que había amado como una prometida visionaria, y que principiaba a ataviarse para celebrar la fiesta de su emancipación.Pasó! A la naturaleza, madre solícita y fecunda que en virtud de su prodigiosa alquimia, imprime formas innumerables a los seres que brotaron al conjuro de su voz, pertenecen los despojos de su cuerpo, esos andrajos de carne que cerraron el molde donde se asiló su espíritu. Mas, este espíritu pertenece a la humanidad; porque ella le había infundido su soplo creador, ella la sibila que lo había hecho constantemente sus revelaciones; y como la humanidad es eterna, su espíritu es inmortal. Feliz el hombre que al tiempo que busca el bien de sus semejantes es el autor de su perpetua supervivencia; feliz le que ha regado sanas ideas, principios justos, dogmas verdaderos, mientras duró su prematuro tránsito; porque ése tendrá su puesto escogido en el banquete intelectual de los vivientes, entre quienes se encontrará, no como el Comendador de la leyenda, sino real y efectivamente, ungido por la mística santidad de sus ideales. El yo humano es indestructible para la Filosofía del siglo XX; puesto que el Genio no es una sombra que flota dispersa en lo vacío, en lo insondable, no: es la idea viva que se infiltra en los seres que fueron acariciados por sus alas, es la palabra que repercute eternamente, sin ahogarse jamás en el silencio. Pasó! Su alma luz voló a unirse can aquellas de igual esencia que componen el nimbo resplandeciente de la historia; y desde el trono de marfil que en esta le corresponde, envía sobre nosotros las fulguraciones de su pensamiento altamente patriótico y humanitario.Ecuatorianos: como él, sed siempre los celosos centinelas de la libertad; como él, preferid que vuestra Patria desaparezca de la escena de la historia, a ver marchita sobre su frente la corona que simboliza las conquistas de la democracia. Petrarca aprendió a modular en la Biblia el acento de sus sentidas inspiraciones. También nosotros tenemos una Biblia: allí está la palabra de Dios, porque está la palabra del pueblo; allí, el origen de nuestros sentimientos heroicos y generosos. Sabéis cuál es esa biblia? La Constitución. Abrazaos de ella, morid por ella, que la muerte en esos casos, es el principio de la inmortalidad. |