Día de la Madre


Madres ecuatorianas.

DISCURSO

PRONUNCIADO POR MANUEL CABEZA DE VACA EN EL TEATRO BOLÍVAR,

EN HOMENAJE AL DÍA DE LA MADRE.   19361

Señor Jefe Supremo de la República,

Señores Ministros de Estado,

Honorables Miembros del Cuerpo Diplomático,

Señoritas que componen el Comité de el Día de la Madre,

Señores, señoras.

Bien quisiera que mis palabras, al conjuro de una milagrosa transfiguración, tuviesen la virtud de devolver a vuestros oídos, en la augusta serenidad de este instante, el eco de vuestras propias emociones y llevasen adentro de su corteza inerte la palpitación viva de vuestros sentimientos, en su acendrada sinceridad. Quisiera que mi voz suavizada de la aspereza que pudo haber dejado en ella el diario afanar de los acontecimientos, elevaráse sobre su propio ritmo y tradujese la sutil y deleitosa armonía que en este instante desgranase silenciosamente en lo más hondo de vuestras almas.

Al llegar hasta ese santuario donde, en místico florecimiento, se agrupan anhelos y recuerdos, acercose temeroso de incurrir en una como profanación del inviolable asilo. Porque es ley de naturaleza que, mientras más íntimos nuestros afectos, en esa misma medida rehúsan entregarse a la palabra frágil y volandera, y mas bien, aférranse a su propia vida interior, plegándose sobre si mismos en el intento de que nada interrumpa su perenne comunicación con la fuente universal de la vida y la esperanza. En sumiso reconocimiento de estas limitaciones, seré como el humo que en sus alas opacas lleva a la excelsitud de las esferas la fe simbólica, la esperanza bendecida, el amor que se nutre de infinito; pero lleva también el secreto purificador del fuego sagrado, a cuya quemante ondulación confiara el creyente la santidad del rito.

Muchos habréis observado que si se hacen vibrar las cuerdas de dos violines, ellas tienden a tomar el unísono. No es extraño que algo semejante ocurra en el mundo moral, y que, por lo tanto las vibraciones de la sensibilidad, en recíproca determinación, se coordinen integrándose en un acorde común.

Fundidas de esta suerte nuestras almas, ante la sublimidad del símbolo que nos congrega, pudiera yo repetir con verdad aquella expresión de la Iglesia primitiva: mulitudo credentium erat, cor unum et anima una. Los creyentes eran una pluralidad, una multitud, pero uno solo eran el corazón y el espíritu.

Un solo espíritu, un solo corazón, para ofrecérselo, en ablución votiva, a la que es todo corazón y nos entregó su espíritu. Nombradla cada uno de vosotros, que ello os lo dictan vuestros sentimientos inefables. Fue para mi una alegría trunca. Su recuerdo cruza por el légamo profundo de mi memoria como un mensaje de despedida; como rumor de remos que moviendo aguas obscuras de amarga quietud, empujase una barca de contornos imprecisos hacia ignoto puerto; como voz de angustia, desgarrada por la separación arcana, insondable. En el ritmo de lo existente, la aurora que se va vuelve en la floración de un nuevo día, vencidas las tinieblas que la tuvieron aprisionada en su ciega inmensidad; y es así como en un nuevo amanecer encontré que la madre ausente habíanseme restituido a la plenitud de mi corazón, encarnándose en nueva forma sensible; transfundiéndose en quien, si materialmente no me había trasmitido la existencia,  volvía a dármela en la frescura de cada instante, por la infinitud de su afecto, por su abnegación, diríala suprasensible, por la renunciación sincera de si misma en beneficio de mi felicidad. Retorno prodigioso que rectifica por el amor y la virtud la cruel indiferencia del destino, en una reconciliación de las fuerzas que actúan sobre el Universo.

Porque es este un laboratorio de aparentes divergencias, que llevaríamos a la dispersión del caos, si cada una no tuviese inscrita en lo mas recóndito de su esencia, una predeterminación de armonía y de equilibrio. El polo positivo y el negativo; la fuerza centrípeta y la fuerza centrífuga; la atracción y la repulsión; los procesos de germinación y decadencia en el reino vegetal; la triunfal trayectoria de los astros, seguida en veces de su desaparición y aniquilamiento; coordinase entre si por un lazo de armonía como en un beso nupcial, revelándonos la unidad maravillosa del conjunto.

De igual modo las miserias y quebrantos que afligen a la humanidad, las que, contempladas desde la cumbre del orden objetivo apuntan una interna contradicción de si misma y su destino, vienen a fundirse en armonía superior de fines y de esfuerzos, cuando llega hasta ellos un hálito bienhechor de solidaridad, y los manantiales de simpatía y benevolencia que brotan de corazones generosos, descienden en límpido raudal de refrigerio, a la raíz misma del dolor humano, para enjugarlo solícitamente, sino es posible extinguirlo en absoluto. Admirable, comprensiva unidad que, por serlo es también el misterio de todos los misterios. Sentimos su radiación benéfica cuando nos adentramos en la interpretación del mundo, incorporándonos a él espiritualmente en un anhelo de fusión con los seres y las cosas; integrándonos corno parte esencial di vasto drama que inicia su preludio en el mar, en las rocas, en las flores, para coronarse de una espuma de fuego en la radiante constelación de las esferas. El poeta, el inmortal Byron ha dicho:

Are not the mountains waves and skies a part

of me and of my soul as I of them?

 

Las montañas, las olas y los cielos

no son de mi y de mi alma parte

como yo soy de ellos?

El hombre sería una mentira de si mismo si pudiese permanecer indiferente al dolor de sus semejantes, como quien no escucha el sordo rumor de sollozos y plegarias que, en redor suyo forman la historia del presente, de su presente, del en que se mueve y respira: historia que es tan real, más real que la historia del pasado. Porque el pasado es petrificación irrevocable, velada por un fragmento de eternidad: allí se está, en la lejanía de lo acontecido, sombra de sombras, esquivando con su silencio marchito, la respuesta que de él esperábamos, cuando nos aventuramos a interrogarle sobre las verdades que encierra. El presente es entraña viva, palpitante, Ora rebelde, ora plástica a nuestros deseos, hállase en potencia propincua, de asirnos en su armadura de combatiente, en el primer caso: o de someterse a nuestra soberanía, en el segundo: en uno y otro, conviértese en carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre.

Uno como vértigo invade nuestra civilización. Al ver el grado en que se muestran de irreconciliables las antítesis originarias que sirven de fondo a la tragedia humana, inquiérese si acaso agoniza ya la luz del occidente, entre los resplandores siniestros que enrojecen el horizonte. Es que va a naufragar toda la selección de valores espirituales que dejaron los siglos que nos han precedido como caudal de experiencia atesorada en un proceso de sutiles y delicadas transformaciones? Pero cual es la nueva aurora que esplenderá sobre su crepúsculo? Cuál la estrella que ha de guiarnos hacia la verdad nueva, verdad que signifique no sólo amortiguamiento, sino supresión de las dolencias del presente; que lo purifique de sus contradicciones; sea bálsamo de quietud para los anhelos del espíritu y encierre la respuesta a su enigma interior?

En primer término lo que ha menester el pensamiento para encontrarse a si mismo es anegarse en sinceridad. Las verdades sinceramente proclamadas llevan dentro de si, por misteriosa comunicación con el mundo de los imponderables, el secreto de seguras aunque lentas realizaciones. Infortunada condición la de una sociedad en la que el ser sincero sea también ser heroico: que exija el desdoblamiento de nuestra personalidad: la una exterior que va en pos del éxito inmediato: la otra ínfima y secundaria como la humilde cenicienta de la leyenda, que se recata en la reclusión del silencio para no ponerse en contradicción con lo que el mundo aprueba y reclama.

Solo cuando el hombre vive como siente y siente como piensa, puede llegar a la plena realización de si mismo. Solo bajo tan propicias condiciones se vivifican los ideales de mejoramiento, afirmándose su fe en la utilidad de su esfuerzo y en la colectividad de que forma porte.

La simpatía universal será la ley de las sociedades futuras; pero a tan alta cima de perfección, que sea como el vivir de uno en los demás, y de los demás en uno, no habrá de llegar la humanidad sino por un ascender lento y penoso. El progreso moral se forja en la disciplina de sí mismo y de las instituciones que constituyen el medio natural y propio para el desenvolvimiento de nuestras facultades. Es integración paulatina, por la  acción combinada de las influencias de diverso género, que cual limo fecundante, se depositan en nuestra conciencia, tan lejos como extiende su línea borrosa el horizonte del recuerdo; se fortifica en la vida de familia, suelo rico en elementos para hacer germinar las mas delicadas excelencias del alma, y se fija y se trasmite en la noble calidad de patrimonio de las generaciones.

Como la naturaleza suminístranos el aire de que han menester nuestros pulmones y el oxígeno que enriquece nuestra sangre; así el hogar es la atmósfera impalpable bajo cuya comba diáfana nútrense de vigor y lozanía los postulados fundamentales de la moral humana: laboratorio de solidaridad; ánfora que guarda los secretos del porvenir en la rica y exultante floración de sus vastas posibilidades; jardín de selección donde brotan los sentimientos primarios de orden y justicia, los cuales, en la gran economía del universo, son los hilos invisibles por donde discurre la savia que alimenta las más complejas organizaciones en que se encarna nuestra sociabilidad. Soñar con una patria próspera que lo sea no sólo por sus haberes materiales, sino por la presencia de su espíritu, cuando aquellos hilos invisibles por donde se precipita el fluido de la vida colectiva, decaen o se quebrantan es febril sueño de impotencia, frágil alucinación que se deshace al soplo de la realidad.

De cierto, la sociedad es un equilibrio: ajustada coordinación de fuerzas materiales y espirituales; sistematizada interdependencia de los instintos, para que estos, en ley de recíproco encadenamiento, no destruyan la vitalidad del vasto organismo.

Pero todo ello no sería sino equilibrio ficticio e inestable donde faltase la frescura de aquellos manantiales consistentes en sentimientos de personal desinterés y sacrificio, cuyo riego ha de fertilizar el que de otra suerte sería yermo subsuelo del afanar colectivo..

El hogar es la filosofía compendiada de nuestro destino; nos complementa y enriquece espiritualmente, invitándonos a mirar con optimismo las incertidumbres del futuro. Pero el hogar es la esposa, es la madre que lo edifica entre himnos de amor y de esperanza, convirtiéndolo en santuario de felicidad, pero también elevándolo, sublimizándolo como ara de sacrificio, el que es inseparable del cumplimiento de los augustos deberes que impone.

Vivía en Roma una aristocrática y hermosa dama llamada Cornelia. Hubiera podido casarse con un rey, pero prefirió ser la esposa de un ciudadano romano, y fue la madre de los Gracos. Un día recibió la visita de una elegante patricia que le habló de las joyas y riquezas que poseía. Añadió que había oído de las joyas que Cornelia guardaba en su palacio, las cuales, de seguro, serían de raro primor y singular belleza, requiriéndola para que las mostrase. Cornelia convino en lo que se le solicitaba; abandonó la estancia y regresó luego trayendo de la mano a sus dos hijos, diciendo a su elegante amiga: estas son las únicas joyas que posea, y de qué seguramente os han hablado.

Este episodio dísenos en su severa simplicidad, el poema condensado del amor materno, y se repite a menudo, cambiándose los personajes, los ciclos históricos, las latitudes y sustituyéndose tal vez con otro más modesto el majestuoso escenario desde el cual la grandeza romana de los tiempos de la República proyecta fulgores de inmortalidad sobre lo que, en siendo noble y digno, ocurriera dentro de los muros de la ciudad dominadora.

En el fondo del agro romano alzáronse las figuras de Tiberio y Cayo Graco, defensores de las libertades populares: Roma reconoció que debieron a su madre su heroicidad y su justiciero espíritu, y en vida de la egregia matrona erigiéronle una estatua con esta inscripción "A Cornelia madre de los Gracos".

Hay en la mujer tesoros inexhaustos de abnegación y de virtud que llévanle a identificarse con la desgracia ajena, para aliviarla, uniéndose con ella en la dulzura del consuelo. Lo que en , nosotros, sin perder su calidad de ternura y simpatía es quizás en primer término, poder raciocinante, en veces la vivisección de un estado social que quisiéramos se rectificase de sus imperfecciones: es en ella sentimiento delicado y puro, fibra íntima de su ser donde pone las palpitaciones de su propio corazón. Kant ha visto muy bien que el carácter femenino tiene por objeto la cultura moral de la sociedad humana y su refinamiento. Su influencia ha mejorado las costumbres, y donde ella hiciera abdicación de estos atributos, la sociedad decaería en la barbarie. De allí el significado profundo que ha tenido en los destinos de la civilización el símbolo que usaban los antiguos cuando representaban a la diosa de la belleza desarmando al dios de la fuerza.

En la mujer ecuatoriana esas cualidades perfilánse con relieve inconfundible, porque ella recibió de la cultura ibérica el sello de su estirpe. Aun cuando se observe que la civilización española al penetrar en América experimentó la refracción del nuevo medio donde se desarrollaba, ello no puede referirse a sus direcciones fundamentales ni a las cualidades permanentes, inscritas en el fondo de la raza.

Dando pábulo a tan elevados sentimientos el grupo selecto de damas que forman el comité para la celebración del día de la madre, pide a la sociedad ecuatoriana deposite su pensamiento en quien, a la sublimidad propia de su misión, añade otra sublimidad la de su lucha con la fortuna que se le ha mostrado esquiva, en ocasiones cruel. Cual podría ser una mejor manera de honrar a la madre, símbolo idealizado del amor universal al igual que su encamación más pura y desinteresada, que volver la mirada a quien sufre el sino de su destino en un doble sacrificio?

Ella querría acudir a su pequeñuelo, en devota solicitud, rodeándole de todos los cuidados que demandan su frágil existencia para labrarle de las acechanzas de la enfermedad y de la muerte; querría también que, en oprimiéndole contra su seno, no trasmitirle otro estremecimiento que el de una bienhechora confianza en el día de hoy, en el que advendrá mañana; y que la quietud de sus ojos, mensajeros de una ultra realidad de ensueño y de infinito, copie como primera impresión, de todas, la imborrable, la imperecedera, un paisaje riente de tranquilidad y de ventura. En contraste con este anhelo, levántase la espera muralla de su impotencia, condenándole al más cruel de los suplicios.

Imaginémonos por un instante su tragedia interior, y para ver como ésta se multiplica y tomar todas las tonalidades del sufrimiento, no habemos sino de evocar los cuadros de desolación y de miseria que ofrece por doquier la vivienda desheredada, los que se dibujan en las calles de la urbe, en los pórticos, en donde quiera que hace su cita el enjambre humano, completándolos con aquellos otros que resuman la misma o más intensa amargura, pero que no hacen su aparición en la plaza pública.

Es evocación dolorosa: me abstendría de hacerla si el pasarla en alto, sirviese de beleño a las dolencias que es deber nuestro aligerarles, ya que en el estado actual de la evolución de nuestros recursos económicos sería difícil suprimirlas por completo.

El silencio, en este caso, sería algo así como inducir a la sociedad a que se aplique a si misma el sedante que apacigüe y aduerme, en vez de reconocer su confortante vigilia, a cuyo favor, sintiendo la unidad de su destino, entona la idealizada sinfonía de sacrificios y de esfuerzos, que en vibración generosa, emerge de lo más hondo de su ser.

Interpretando el veredicto público permítaseme rendir un tributo de admiración y de justiciero encomio al Comité de el Día de la Madre, por la meritísima labor a que ha consagrado todo su entusiasmo y su fe, volcando los tesoros de su exquisita y delicada sensibilidad, en una obra que a la par de humanitaria es singularmente útil. Su inteligente y discreta iniciativa ha encarnándose en la organización de un taller que funciona en un edificio lleno de paz y de sosiego, en donde las madres de familia que a él concurren encuentran la prolongación del hogar y una equitativa remuneración a su trabajo.

Lo que al pueblo llega en oleadas de amor y de justicia llega al corazón de la nacionalidad: es anticipo de germinaciones nuevas: soplo espiritualizado que deposita en el cáliz de las almas el polen de milagrosas fecundaciones. La caridad es la virtud maternal por excelencia. Evocarla con el ejemplo: infiltrarla en nuestra aspirabilidad: hacerla vivir en nuestras acciones, es evocar el recuerdo de todas las madres, en sublime idealización que hiende los límites del tiempo y del espacio, porque anhelo suyo es inmaterializarse en su posteridad, sobrevivirse por la abnegación y el sacrificio: sus corazones unidos en la verdad de una sola palpitación, forman el corazón del mundo.


1 FUENTE Manuel Cabeza de Vaca, Discursos y Conferencias Edit. Casa de la Cultura , 1963 pág 218, 226

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