Escrito de Vicente Rocafuerte.


De la libertad de los antiguos, comparada con la de los modernos.

La organización social de los pueblos antiguos, muy diferente de la que tienen las naciones modernas, los conducía a apetecer un género de libertad muy distinto del que ahora se desea, pero antes de señalar las causas de esta diferencia, es necesario hacerla conocer bien, fijando el sentido que a la palabra libertad daba un griego o un romano, y lo que por ella entiende un inglés, un angloamericano, un francés y un español. En el mundo moderno un hombre se cree perfectamente libre cuando no está sujeto sino a las leyes, y sabe que no puede ser detenido, preso, condenado a ninguna clase de castigo por efecto de la voluntad arbitraria de uno o de muchos individuos; cuando puede manifestar sus opiniones en las materias que la ley no se lo prohíbe, escoger el género de vida que quiera, ejercer la profesión o la industria que le acomode, disponer a su antojo de su propiedad, siempre que en nada de esto cause perjuicio a los demás, cuando no se le impide ir, venir y establecerse donde guste, ni se le obliga a dar cuenta de los motivos de su conducta, sino en los casos que la ley establece para el orden y bien de todos; cuando no se le estorba reunirse a otros individuos, sean pocos o muchos, para conferenciar sobre sus intereses, o para ocupar su tiempo de la manera más análoga a sus inclinaciones o a sus caprichos, ni se le sujete a otra vigilancia que a la de la ley; cuando puede influir sobre la administración pública, ya sea ejerciendo la censura sobre los actos del gobierno, ya dirigiéndole representaciones y peticiones, en una palabra cuando tiene el derecho de hacer y decir todo lo que no se oponga a una ley expresa, y sobre todo está seguro de que la autoridad no le ha de molestar sino en este caso, y que le ha de proteger contra los que atenten a este su derecho: esta convicción íntima se puede decir que es el alma y la esencia de la libertad individual.

Veamos ahora la idea que de ella tenían los antiguos. Entre ellos la libertad consistía en ejercer colectiva, pero directamente, muchas atribuciones de la soberanía; ya deliberando en la plaza pública sobre la paz o la guerra, ya ajustando tratados y alianzas, ya votando las leyes y pronunciando sentencias, ya examinando !as cuentas y los actos de los magistrados, a quienes se citaba y juzgaba en pública asamblea, y al mismo tiempo que a esto llamaban libertad, admitían como compatible con ella la más completa sujeción del individuo a la autoridad del todo. Las acciones privadas estaban sujetas a una severa vigilancia, y ni en la manifestación de las opiniones, ni en el ejercicio de la industria, ni en el libre uso de la propiedad, se tenía cuenta con la independencia individual, pues en todo hasta en las relación  que a esto llamaban libertad, admitían como compasocial, y violentaba la voluntad de los particulares. Ferpandro no pudo impunemente añadir una cuerda a su lira; a un joven lacedemonio no se le dejaba visitar libremente a su nueva esposa, los censores romanos escudriñaban los secretos más recónditos de las familias; en fin las leyes fijaban las costumbres, y como nada hay que no esté enlazado con las costumbres, las leyes lo fijaban todo.

De esta comparación resulta, que entre los antiguos, el individuo, soberano casi habitualmente en los negocios, públicos, era esclavo en sus relaciones privadas; que como ciudadano decidía de la paz y de la guerra, y como particular se hallaba atajado, observado y comprimido en todos sus movimientos; que como porción del cuerpo colectivo juzgaba, sentenciaba, e imponía toda clase de penas, aún a sus magistrados y superiores, y como sometido a este cuerpo colectivo, podía ser privado de sus bienes y dignidades, desterrado o llevado al suplicio por la voluntad arbitraria del todo de que hacía parte. Entre los modernos por el contrario, el individuo es independiente en su vida privada, y no es soberano, aún en las repúblicas, sino en la apariencia; su participación de la soberanía es limitada y casi siempre está suspensa, y si en determinadas épocas la ejerce rodeado de trabas y de precauciones, no es sino por un momento, y para abdicarla en seguida.

Examinemos las causas de esta diferencia esencial . Las repúblicas antiguas, tenían un cortísimo territorio, y por una consecuencia necesaria eran  belicosas, pues su seguridad, su independencia y aún su existencia misma dependía de la guerra, que era el interés constante, la ocupación casi habitual de los ciudadanos, resultando de este estado, que todos los pueblos libres tenían esclavos, a quienes ocupaban exclusivamente en los ejercicios mecánicos y aún en las profesiones industriales .

El mundo moderno ofrece hoy un espectáculo muy diferente, pues los menores estados de nuestros días son mayores que Esparta y que Roma en sus cinco primeros siglos. Las divisiones territoriales, gracias a los progresos de las luces, son por otra parte más aparentes que reales, pues en lo antiguo cada pueblo formaba una familia aislada, enemiga natural de las demás familias de su especie, y hoy los europeos con diversos nombres, y bajo diferentes gobiernos, componen una sociedad homogénea por su naturaleza, demasiado fuerte para no temer otra invasión de bárbaros, y bastante ilustrada para no querer la guerra, y para hacerla del modo menos gravoso. La atención uniforme a la paz trae consigo la tendencia general al comercio, pues no siendo la guerra y el comercio, sino medios diferentes para llegar a un mismo fin, que es la posesión de lo que se desea, desengañados los hombres de que el empleo de la fuerza contra otra fuerza los expone a pérdidas ciertas y a ganancias dudosas, han adoptado al fin un medio más dulce y más seguro, cual es el de empeñar el interés de los unos a que condescienda con lo que conviene al interés de los otros. Debía, pues, llegar una época en que el comercio sucediese a la guerra, y nosotros estamos ya en ella; pues aunque los antiguos no desconociesen el comercio, éste estaba unido con el espíritu guerrero, y era por otra parte tan limitado como una navegación que se hacía sin brújula.

De esta situación tan diversa de los pueblos antiguos y modernos, resulta claramente: primero, que siendo la importancia política del individuo en razón de la extensión del estado de que hace parte, el ciudadano más obscuro de Esparta o de Roma tenía infinitamente más representación pública que el de cualquier país libre de Europa, en los cuales la influencia personal en el gobierno es un elemento imperceptible de la voluntad social; segundo, que la abolición de la esclavitud quita a la población libre todo el tiempo que necesitan los trabajos que hacían los esclavos, sin los cuales no hubieran podido 20 mil atenienses pasar todo el día deliberando en la plaza pública; tercero, que el comercio por la atención que exige, y por los goces que proporciona, no deja en la vida del hombre los intervalos de ocio que lleva consigo la profesión de las armas, intervalos que los antiguos tenían que ocupar con el perpetuo ejercicio de los derechos políticos y con los movimientos y agitaciones civiles; siendo igualmente cierto, que el comercio inspira a los hombres un grande amor a la independencia individual, socorriendo sus necesidades, satisfaciendo sus deseos, y procurándoles nuevos placeres sin necesidad de la autoridad, cuya intervención causa siempre incomodidad y violencia.

A las naciones modernas, a quienes la extensión de sus territorios, la muchedumbre de sus individuos, la falta de esclavos, el espíritu de un comercio universal, los progresos de la civilización y otras causas constituyen en un Estado muy diferente del de los antiguos, no podía, pues, acomodarles la libertad de éstos, cifrada en la participación constante y activa del poder social, ni les era tampoco posible ejercer continuamente estos derechos políticos. He aquí lo que dio origen al sistema representativo, que proporciona a los modernos la libertad que desean, y que reúne las garantías que necesitan, como haremos ver en otro artículo. (Miscelánea de comercio, política y literatura) (1).

 

Fuente: Este articulo fue tomado de la Colección Rocafuerte, Volumen X, Rocafuerte y la República de Cuba editada en Quito, Mayo 17 de 1947. Vale hacer notar que es un reproducción del No. 17 de "El Arcos" Periódico político, científico y Literario del Jueves 5 de Octubre de 1820. Caratula donde se tomó el texto.

Notas:

Esta nota de Neptalí Zuñiga.

1 Este interesante artículo se relaciona con las ideas que las desenvuelve Rocafuerte en su obra Ensayo Político....., Editado en Nueva York en 1823.

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