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Independencias

El Primer Grito de la Independencia: Quito, 10 de agosto de 1809

En la madrugada del 10 de agosto de 1809, un grupo de criollos quiteños depuso al presidente de la Real Audiencia e instaló una Junta Soberana. Aquel gesto, sofocado a sangre y fuego, abrió el ciclo de las independencias del actual Ecuador.

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Monumento a los Héroes del 10 de Agosto de 1809 en la Plaza Grande de Quito
Monumento a los Héroes del 10 de Agosto de 1809 (inaugurado en 1906), Plaza de la Independencia, Quito. — H3kt0r — Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0

La madrugada del 10 de agosto de 1809, Quito amaneció con un gobierno nuevo. Un grupo de criollos —marqueses, abogados, clérigos y militares— destituyó al presidente de la Real Audiencia, el conde Ruiz de Castilla, e instaló en su lugar una Junta Soberana presidida por Juan Pío Montúfar, marqués de Selva Alegre. No hubo batalla ni sangre: bastaron una noche de conjura y un oficio de destitución entregado al amanecer.

La historiografía ecuatoriana llama a aquel episodio el Primer Grito de la Independencia. El nombre exige matices —la Junta juró fidelidad al rey cautivo Fernando VII—, pero captura lo esencial: por primera vez, el gobierno de Quito pasó de las autoridades coloniales a una junta criolla que se proclamó soberana. Lo que siguió fue el fracaso, la prisión y la masacre; y, a la larga, un ejemplo que recorrió el continente.

La crisis de la monarquía y la conspiración quiteña

El detonante vino de Europa. En 1808, Napoleón forzó en Bayona las abdicaciones de Carlos IV y Fernando VII y sentó a su hermano José en el trono de España. Ante el vacío de poder, los españoles peninsulares formaron juntas de resistencia que gobernaban en nombre del rey cautivo. La pregunta cruzó de inmediato el Atlántico: si Sevilla o Asturias podían darse juntas soberanas, ¿por qué no América?

En Quito, la respuesta comenzó a tramarse temprano. El 25 de diciembre de 1808, un grupo de notables criollos se reunió en la hacienda de Chillo, propiedad de Juan Pío Montúfar, en la llamada conspiración de Navidad: allí se discutió por primera vez la formación de una junta para el gobierno de la Audiencia. El plan fue delatado en marzo de 1809 y sus cabecillas, procesados; la causa se cerró por falta de pruebas, pero dejó a los conjurados advertidos y al gobierno, alerta.

El terreno venía abonado desde antes. Una generación atrás, Eugenio Espejo había sembrado en sus escritos la crítica ilustrada al régimen colonial y muerto preso por ello en 1795; varios de los conjurados de 1809 se habían formado en su círculo.

La noche del 9 de agosto y la Junta Soberana

La conspiración se rehízo durante 1809 y culminó la noche del 9 de agosto, en el centro de Quito, en casa de Manuela Cañizares, donde los comprometidos afinaron el golpe. Cuando algunos vacilaron ante el riesgo, la anfitriona —según la tradición recogida por los cronistas— los increpó: «¡Cobardes, hombres nacidos para la servidumbre! ¿De qué tenéis miedo? ¡No hay tiempo que perder!». Esa misma madrugada los conjurados actuaron.

El 10 de agosto, el doctor Antonio Ante, secretario de la conjura, entregó al conde Ruiz de Castilla el oficio que le comunicaba su cese. La Junta Soberana de Gobierno quedó instalada con Juan Pío Montúfar como presidente y el obispo de Quito, José Cuero y Caicedo, como vicepresidente; Juan de Dios Morales asumió el despacho de Negocios Interiores, Manuel Rodríguez de Quiroga el de Gracia y Justicia y Juan Larrea el de Hacienda. El coronel Juan Salinas recibió el mando de la fuerza militar, la Falange, y el cabildo y los barrios de la ciudad juraron al nuevo gobierno.

El acta fundacional, firmada esa madrugada, definió con precisión el carácter del movimiento: una junta que gobernaría

a nombre, y como representante de nuestro legítimo soberano, el señor Don Fernando Séptimo.

Acta de instalación de la Junta Soberana de Quito, 10 de agosto de 1809

La fórmula —soberanía criolla bajo máscara de fidelidad monárquica— era la misma que ensayaban las juntas peninsulares, y en los manifiestos de la Junta se justificó por la necesidad de salvar «los sagrados intereses de la Religión, del Príncipe y de la Patria» ante el avance napoleónico. Pero el hecho mismo de deponer a las autoridades reales convertía la lealtad declarada en revolución efectiva.

El fracaso: cerco, capitulación y prisión

La Junta quiteña quedó sola casi de inmediato. Los virreyes de Lima y de Santafé la declararon rebelde y movilizaron tropas; Guayaquil, Cuenca, Popayán y Pasto se mantuvieron fieles al orden colonial, cerrando el cerco económico y militar sobre la sierra norte. Sin recursos, sin aliados y con sus propias filas divididas, el gobierno criollo se desmoronó en menos de tres meses.

El 24 de octubre de 1809 se negoció la capitulación: la Junta se disolvió y Ruiz de Castilla reasumió el mando con la promesa de que no habría represalias. La promesa no se cumplió. Llegadas las tropas de Lima, el gobierno restaurado abrió juicio a los patriotas; decenas fueron encarcelados en el Cuartel Real de Lima y en el presidio, y el fiscal pidió la pena de muerte para los cabecillas.

El 2 de agosto de 1810: la masacre

El desenlace llegó un año después. El 2 de agosto de 1810, grupos de quiteños asaltaron el Cuartel Real de Lima y otros puntos de la ciudad para liberar a los presos antes de que se ejecutaran las condenas. El asalto fracasó, y la guarnición recibió la orden de disparar contra los prisioneros: Juan de Dios Morales, Manuel Rodríguez de Quiroga, Juan Salinas, Juan Pablo Arenas y otros próceres de 1809 fueron asesinados en sus celdas, muchos de ellos engrillados.

La represión se extendió a las calles y barrios de San Blas, San Roque y San Sebastián. Las estimaciones históricas sitúan las víctimas de aquella jornada en torno a trescientas personas, cerca del uno por ciento de la población de Quito. La noticia de la matanza recorrió América y radicalizó a los movimientos juntistas: el propio Simón Bolívar la invocaría entre los agravios que justificaban la guerra sin cuartel contra el poder español.

En Quito, lejos de extinguir la revolución, la masacre la reavivó: en septiembre de 1810 se instaló una segunda junta, presidida luego por el obispo Cuero y Caicedo, que en 1812 llegó a darse una constitución propia antes de ser aplastada por las armas realistas.

Luz de América

La junta quiteña de 1809 fue uno de los primeros gobiernos autónomos criollos de la América española, anterior a la gran ola de juntas de 1810. Por ese carácter precursor, y por el precio de sangre que pagó, la tradición dio a Quito el título de «Luz de América»: la ciudad que se atrevió primero e iluminó el camino de las demás.

La independencia efectiva tardaría todavía trece años y vendría del sur: la revolución de Guayaquil del 9 de octubre de 1820 reabrió la guerra, y la victoria de Pichincha, el 24 de mayo de 1822, selló la libertad de la antigua Audiencia. Pero el 10 de agosto quedó fijado como la fecha fundacional de todo el proceso emancipador ecuatoriano: es hoy la fiesta nacional del Ecuador, y sus protagonistas —los próceres de 1809— ocupan el primer lugar en el panteón cívico del país.

Preguntas frecuentes

¿Qué pasó el 10 de agosto de 1809 en Quito?

Un grupo de criollos depuso al presidente de la Real Audiencia de Quito, el conde Ruiz de Castilla, e instaló una Junta Soberana de Gobierno presidida por Juan Pío Montúfar, marqués de Selva Alegre, con el obispo José Cuero y Caicedo como vicepresidente. La Junta asumió el poder invocando la fidelidad a Fernando VII, cautivo de Napoleón, y desconoció a las autoridades españolas impuestas.

¿Por qué se llama Primer Grito de la Independencia si la Junta juró lealtad al rey?

Porque, aunque el acta proclamó fidelidad a Fernando VII, el movimiento arrebató por primera vez el gobierno de Quito a las autoridades coloniales y lo entregó a una junta criolla que se declaró soberana. La historiografía lo considera el punto de partida del proceso que condujo a la independencia definitiva en 1822, aun cuando en 1809 la ruptura formal con la monarquía no estaba todavía en el programa.

¿Qué fue la masacre del 2 de agosto de 1810?

Fue la matanza de los patriotas presos en Quito. Ese día, un intento popular de liberarlos asaltó el Cuartel Real de Lima; la guarnición recibió la orden de ejecutar a los prisioneros, y próceres como Juan de Dios Morales, Manuel Rodríguez de Quiroga y Juan Salinas fueron asesinados en sus celdas. En los combates murieron alrededor de trescientas personas, cerca del uno por ciento de la población de la ciudad.

¿Por qué se llama a Quito «Luz de América»?

El epíteto recuerda que la junta quiteña de 1809 fue uno de los primeros gobiernos autónomos criollos de la América española, anterior a la ola de juntas de 1810 en Caracas, Buenos Aires, Bogotá o Santiago. Su ejemplo, y el escarmiento brutal que sufrió, circularon por todo el continente y alimentaron los movimientos que sí desembocaron en la independencia.

Fuentes consultadas

  1. El Universo — «10 de agosto de 1809: ¿independencia o autonomía?», Análisis historiográfico con fragmentos del acta de la Junta
  2. El Telégrafo — «¿Qué pasó el 10 de Agosto de 1809?», Composición de la Junta Soberana y cronología del movimiento
  3. Fuerza Aérea Ecuatoriana — «10 de agosto, Primer Grito de Independencia»
  4. Primicias — «La historia de la masacre de los patriotas de la Primera Junta de Gobierno»